martes, 14 de marzo de 2017

Consejos útiles para aspirantes a periodistas



A cada rato se me acercan adolescentes para hacerme preguntas relacionadas con la carrera de periodismo, a lo que siempre respondo: si te apasiona, tómala, no te va a defraudar; si solo te gusta un poco, si estás levemente interesado(a) ni lo valores, jamás caigas en su trampa.

“¿Por qué?” Me inquieren siempre, a lo que yo correspondo con una serie de argumentos a manera de tips para aspirantes a periodistas, que trataré de condensar aquí:

martes, 7 de marzo de 2017

Diferencia y respeto


El ser humano, por naturaleza, es dado al respeto más que a la confrontación. Así pienso. Aun bajo diferencias culturales, políticas, religiosas, mientras no esté envenado por campañas emanadas desde los poderes nacionales, el hombre (y la mujer) prefiere el entendimiento y el raciocinio a la violencia. Cuando uno es parte de un negocio de renta de habitaciones a extranjeros, las posibilidades de encontrar similitudes y diferencias en todo el mundo tocan a la puerta de la casa, literalmente. De hecho, el desfile de personas llegadas de todas partes del mundo permite corroborar una vez más que el ser humano comparte más semejanzas que cualquier otra cosa. No existe un día en que me haya sentido inferior o superior a nadie. He sentido, eso sí, sana envidia de quienes tienen acceso a recursos y oportunidades que quizás mi contexto me ha negado; también me he sentido aliviado cuando son otros los desfavorecidos porque el contexto les ha privado de cosas con las que a mí me ha premiado.

martes, 21 de febrero de 2017

Le da igual


Antes, al más mínimo asomo de desdicha, solía retorcerse en la ansiedad. Se convirtió en alguien de nervios, de sustos, encontraba el problema donde no lo hubiese. Había noches en que se sumergía entre las sábanas a escuchar sus pensamientos. Tan altos que no le dejaban dormir. Tan estridentes que le quitaban el sueño. Sus pensamientos le intentaban abducir hasta un futuro que muchas veces no pasaba de ser meras pesadillas imaginarias. Por entonces, cuando se preocupaba en demasía por todo: por su carrera, por sus sentimientos, por su vida amorosa y social, por su familia, por sus amigos, por su religión, por su cuerpo, por su mente, por sus virtudes, por sus defectos, por su nombre, por su vida, por su muerte, se decía a sí mismo: “no debes coger lucha con las cosas. No así. Un día vas a terminar enloqueciendo”. Sin alcanzar las tres décadas ha creído vivir mucho y ha creído no haber vivido nada. De hecho, tiene la certeza de que ha vivido demasiado de lo que no ha querido vivir, golpes en la vida tan fuertes, yo no sé. Ha reído tanto como ha llorado, solo que la risa tiende a ser más hermosa en público. Ha leído a Borges: “En mi secreto corazón yo me justifico y ensalzo./ He atestiguado al mundo; He confesado la rareza/ del mundo./ He cantado a lo eterno: la clara luna volvedora y las mejillas/ que apetece el amor./ He conmemorado con versos la ciudad que me ciñe/ y los arrabales que se desgarran./ He dicho asombro donde otros dicen costumbre”. Sin embargo, hoy, por fin, cuando ha aprendido a tomar distancia de las cosas que afectan, se cuestiona. Ha aprendido, por ejemplo, del egoísmo. Su madre le habría repetido siempre que el egoísmo es el secreto de la larga vida: no provoca estrés. Lo que le pasa a él, ahora mismo, es que tantas cosas le dan verdaderamente igual. La piedra nunca le ha parecido tan cercana como ahora. Pero se cuestiona. Se descubre a veces perdiendo el sueño porque no sabe si quiere convertirse en esa persona nueva que ha visto en el espejo. El tipo de persona que avanza por senderos en línea recta sin importar las flores que aplasta con los pies. Personas que giran la cabeza ante la petición de ayuda. Personas que anteponen sus triviales problemas por encima de la necesidad general, por encima de las verdaderas aflicciones del otro. Personas que llegan a vivir sin algún mea culpa. Ya ha orado fuertemente porque ello no ocurra, y acaso el fantasma del desinterés sigo buscando poseerle. No entiende que sufriendo por quien no quiere ser, es porque simplemente nunca va a ser. A la vuelta de la esquina ha terminado padeciendo las mismas desdichas de siempre.

martes, 14 de febrero de 2017

Días en Trinidad (II). Basura y desidia, dones que no son del cielo



“A Trinidad hay que verla como un municipio especial”, rezaba a la grabadora de un colega el director municipal de Comunales mientras explicaba, lamentos mediantes, cómo la rigidez de la planificación presupuestal no permitía una mayor cobertura para enfrentar el más reciente de los escollos en la llamada Ciudad Museo del Caribe: la basura.

Los extranjeros que transitaron por la ciudad —sobre todo— en los meses de diciembre y enero, debieron pegarse muecas de desconecto en el rostro a juzgar por las diferencias entre la pulcritud de las postales y la vida real. O quizás pensaron que las latas, los vasos desechables, las bolsas de basura frente a las casas y los vertederos, cual guardianes de esquinas, aguardaban también como testigos de las vidas pasadas. Basura patrimonial de tiempos decimonónicos, habrán pensado…

martes, 7 de febrero de 2017

Días en Trinidad (I): Carta a un amigo extranjero imaginario


Foto: Internet

 Trinidad, 7 de febrero de 2017

Querido amigo:

Desde las cumbres borrascosas de los Alpes suizos, la ventisca de la torre Eiffel de París, las brumas en la rivera del Támesis, la bulla del puente de Brooklyn, el estruendo de las Cataratas del Niágara, las muchedumbres de Beijing o la ceremoniosa Plaza Roja de Moscú, me has preguntado cómo es la vida cotidiana de Trinidad, el villorrio que me ha dado nombre y alma.

Me imagino que la historia de esta ciudadela en el centro sur de Cuba ya la sabes; que ya suman 503 años de fundación, que le debemos este encanto colonial a la permanencia de un esplendoroso negocio de plantación azucarera en los albores del XIX, pero que su otra parte, la miseria más desbordante, logró mantener intacta la ciudad durante todo el siglo XX. Por ahí anda la esencia de lo que somos hoy, amigo mío, cuando de nuevo respiramos aires de prosperidad.

martes, 24 de enero de 2017

Poeta



He vuelto a leer mis poemas de la adolescencia. No se si son buenos, pero son míos. Escribía con una pasión deliberada cuando a mis 16 años me había enamorado dos veces sin remedio ni correspondencia, y las noches en los ruinosos albergues del IPVCE Eusebio Olivera se tragaban el palpitar de un corazoncito púber como el mío. Cientos de bocetos de versos poblaban mis libretas de Matemáticas, aunque a la postre rescaté de la basura poco más de una docena que ahora tengo frente a mí. Por aquel entonces era capaz de componer versos como estos: “¿Podrá ser el amor/ Un parque, un banco, un árbol,/ Tres días, un beso, el viento;/ Un recuerdo, un gorrión, una llamada?/ No se, en fin, es amor, utopía./ Si quieres saber/ Busca en ti, en mí, en algo,/ Tu parque, tu banco, tu árbol,/ Tus días, tu beso, el viento, /Tu recuerdo, tu gorrión, tu llamada.”

Por poco caigo ante las mieles de Buesa y la cercana lírica adolescente de Neruda en sus 20 poemas de amor y una canción desesperada. Pero un día descubrí a la profundidad del verso libre, y Whitman ponía en palabras justas los núcleos de mis ideas respecto a mi cuerpo cuando el sexo iba convirtiéndose en una sensual silueta en la oscuridad de la noche que yo quería tocar. Entonces solía escribir cosas como esta: “Yo no soy sólo cerebro,/ Yo soy también tu lógica;/ Yo no soy el polvo del que vine,/Yo soy del dolor y la herida;/Yo no soy sólo corazón,/Yo soy también del amor./ ¿Viste cómo las botellas rotas/ Acaban siendo oro a mitad de la noche?/ Ya ves, no puedes echarme:/ Yo no soy sólo esto que se alarga/ Entre mi sombrero y mis zapatos”.

martes, 17 de enero de 2017

La política no cabe en la azucarera



El 12 de enero me llamaron llorando para decirme que la Ley de Ajuste Cubano había terminado. Me lo dijeron con el impulso de las emociones hondas. El tipo de impulso que le quita a uno el raciocinio. El tipo de raciocinio perdido que le hace a alguien llamar desde los EE.UU. sin importar los costos. Con un “cálmate” apacigüé las lágrimas, como si quisiera pasar mis manos por sus mejillas húmedas. “Ya no hay forma de que traiga a mi familia”, me dijo quien desde hace poco más de dos años decidiera irse a su sueño americano por mejorar en la vida y punto, porque le dio su reverenda gana. Pero sabe que para alcanzar ese sueño hay que atravesar varias pesadillas: la incertidumbre de cruzar fronteras; la pegatina de inmigrante que llevaba luego, invisible, en la frente; la soledad en una ciudad inmensa, el insoportable dolor de haber cortado de cuajo tantos vínculos, la rara sensación de existir en dos sitios al mismo tiempo. “Hubo una declaración conjunta de Obama y creo que de Raúl en Cuba, y quitaron la ley”, me dice y le cuestiono. Las leyes en los EE.UU. no son abolidas de esa manera. En efecto, el Ajuste Cubano sigue, pero sin algunas prerrogativas, pues liquidaron de un tajo la política de pies seco-pies mojados y el programa de Parole para médicos cubanos. Yo, personalmente, que ni soy médico ni nunca he valorado el riesgo de cruzar fronteras, no le di demasiado bombo al asunto. Pero estaba olvidando que este es un país de dos orillas, que más que migraciones políticas o económicas, Cuba se compone de dos mundos que la hacen una sola más allá de ubicaciones geográficas. Que tener el padre en Miami es tan común como un primo en La Habana. Que para quienes no gozan de ciertos privilegios —los ciudadanos españoles, los adinerados— venderlo todo y lanzarse al mar, o a la selva, era la única garantía del reencuentro. Y ya se ha entronado en nuestro imaginario que los reencuentros saben mejor más allá del mar. Políticamente es un paso de avance, socialmente lo es porque evita el trauma del flujo ilegal, de las presuntas muertes. Pero ya sabemos que la política no cabe en la azucarera. Pies secos-pies mojados no niego que fueron implementos maquiavélicos de los EE.UU., pero para muchos cubanos era la garantía de una válvula de escape. Por eso, aun sabiéndome neutral en el asunto, no pude hacer más que darle razones a quien me llamó al teléfono este 12 de enero: “Hay alternativas, recuerda siempre que es mejor hacer las cosas de manera legal”, le dije, pero ni yo mismo me lo aseguraba. En tiempos en los que Cuba y EE.UU. se dan la mano, la Cuba contenida en los EE.UU. debería sentirse más cercana. Pero por momentos me parece (nos parece) que se aleja.

martes, 10 de enero de 2017

Santa Clara


Foto: Yariel Valdés González


En la televisión corre la Misa Cubana a la Virgen de la Caridad del Cobre, del maestro José María Vitier. Bárbara Yanes canta a viva voz Ave María por Cuba mientras yo, desde el palco privado de mi casa, me sacudo las nostalgias y las riego por la sala, el pasillo, la terraza.

La obra de Vitier me ha hecho recordar mis días en Santa Clara, la muy obscena ciudad que me acogió durante los últimos 7 años y a la que ahora le digo adiós. La recuerdo, por esa fama indiscutible de destilar arte y cultura, como aquella noche en el teatro La Caridad en que fui testigo de tamaña obra.

Santa Clara es una ciudad que se me antoja ahora, y díganme pretensioso. Pero no puedo hacer más por un lugar que se ha robado inescrupulosamente gran parte de mi felicidad. Ahora, cuando regreso a los rincones humildes de mi hogar, cuando mis días andan entre piedras en las calles y hello and wellcomes, las alarmas se disparan otra vez por llegar a esos cambios inesperados que depara la vida. Tal parece que fue ayer cuando escribía, asustado, acerca de mi traslado a esa ciudad.