martes, 7 de febrero de 2017

Días en Trinidad (I): Carta a un amigo extranjero imaginario


Foto: Internet

 Trinidad, 7 de febrero de 2017

Querido amigo:

Desde las cumbres borrascosas de los Alpes suizos, la ventisca de la torre Eiffel de París, las brumas en la rivera del Támesis, la bulla del puente de Brooklyn, el estruendo de las Cataratas del Niágara, las muchedumbres de Beijing o la ceremoniosa Plaza Roja de Moscú, me has preguntado cómo es la vida cotidiana de Trinidad, el villorrio que me ha dado nombre y alma.

Me imagino que la historia de esta ciudadela en el centro sur de Cuba ya la sabes; que ya suman 503 años de fundación, que le debemos este encanto colonial a la permanencia de un esplendoroso negocio de plantación azucarera en los albores del XIX, pero que su otra parte, la miseria más desbordante, logró mantener intacta la ciudad durante todo el siglo XX. Por ahí anda la esencia de lo que somos hoy, amigo mío, cuando de nuevo respiramos aires de prosperidad.

De política mejor no te hablo, por estos días de festividad republicana en los EE.UU. Cuba no anda demasiado católica en el asunto —a decir verdad, hace unos años que no anda demasiado católica, pero eso mejor te lo explica el Papa— y para hablarte de Trinidad, solo me ciño a cuestiones económico-sociales.

Vivir aquí te hace feliz sin remedio. Fíjate si es así, que después de 7 años en Santa Clara he vuelto a trabajar en el hostal de mi casa, ayudando a mis padres, poniendo frente al acantilado el periodismo que tanto amo. Si escuchas por ahí que dejé mi trabajo allá porque colaborar con medios digitales que son independientes no es bien visto, créelo, pero yo igual te seguiré diciendo que regresé aquí porque amo mi ciudad. Y no es menos cierto.

Trinidad es una ciudad abocada al turismo. Toda clase de turismo, como supondrás tú que en cuanta guía humana o divina habrás leído sobre este país. Trinidad figura como la primera en cada foto, sonriente y con los deditos de los cuernos puestos en la cabeza de algún otro polo turístico de la zona (¿Sancti Spíritus?).

Si un turista viene por dos días a Trinidad, no le bastaría para probar todas sus atracciones. Si viene por más de una semana, se aburriría sin remedio. Los que vivimos aquí ya entendimos que la ciudad está diseñada para estancias cortas.

Aquí no hay funciones de teatro, de conciertos en sus muchas variantes, las exposiciones de artes escasean y los festivales terminan siendo una utopía en los sueños de algún intelectual. Cuando más, el resultado espurio de algo que apenas llega a concretarse.

El grupo de teatro se ha visto tentado varias veces a desaparecer.

Talento hay, por montones: actores, escritores, bailarines, cantantes… Grupos de música tradicional —los que ya se saltan la seguidilla del Cuarto de Tula y la Negra Tomasa—, de jazz y de trova existen, pero amparados por la necesidad de comer, te los encuentras acompañando una sabrosa mariscada.

La semana de la cultura cada vez tiene más de semana y menos de cultura.

Los que vivimos aquí tenemos que bastarnos con saciar necesidades más básicas: comer, beber, comer chatarra, beber alcohol… bailar. Aunque Carlos Marx haya criticado esa tendencia hasta el tuétano. Las noches de los fines de semana se traducen, para jóvenes cubanos, en qué nuevo bar, restaurante o cafetería vamos a tener las mismas charlas de siempre. Y pagar.

A estas alturas de mi vida, nunca he asistido a una función de ballet.

La Cueva continua como la meca para olvidar penas y emborracharse sin remedio. Más ahora que el único rincón donde conglomerarse con todos y para el bien de todos, donde escuchar clásicos de la música tradicional cubana se disfrutaba sin remedios, donde encontrarse con amigos, y existir, ahora cuesta 20 pesos cubanos. Y son, amigo, unas escalinatas al aire libre que por primera vez parecen tener dueño.

Cuando el sector privado fue liberado (la palabra cuentapropismo te la explico a tu llegada, comprende toda una teoría que la respalda) pensamos que la vida de los servicios se iba a diversificar. Pero resulta que la diversidad se va con la moneda nacional, y Trinidad solo trabaja para la divisa. Aquí escasean los gimnasios, los salones de belleza, las florerías, la venta de antigüedades, escasean las librerías y las artesanías se venden mejor al turista. Paladares, cafeterías, hostales… están siempre por doquier.

Si me preguntas el por qué te respondo con una opinión muy mía. Es cuestión de mentalidades, amigo mío. El que piensa como aldeano, aldeano se queda. El que piensa en Trinidad como la pequeñísima ciudad destinada a satisfacer necesidades a turistas, así quedará por los siglos de los siglos, amén.

Cuba tiene una división político administrativa que también es vertical. Tanto así es, que casi parece condenar a los municipios a que poco se desarrollen en el devenir de los años. Si municipio naciste, municipio serás siempre, aunque a niveles macroeconómicos aportes más que la cabecera provincial, aunque se te reconozca por encima de muchas ciudades importantes del país.

Trinidad es el vivo ejemplo de lo que digo. Siendo un polo turístico de importancia nacional, por cuyas calles arriban unos 150 mil extranjeros cada día en temporada alta y, por supuesto, la recaudación de divisa es millonaria, el espacio rural no anda en demasiados aspavientos. Sigue siendo improductiva, como el zángano que ofrece lo que importa de otras regiones, desaprovechando el contacto con lo foráneo sin edificar escuelas de importancia, ni centros universitarios innovadores, sin trazarse la meta de ser la capital de la región central que hace poco más de dos siglos fue.

En su lugar fue capaz de dejarse arrebatar una academia de artes plásticas y, con ella, se dejó resquebrajar la importante tradición pictórica que la definía.

Si por cuestiones de entendimiento se trata, comprendo a quienes no quieren arrebatarle su carácter aldeano. Yo lo descubro cada tarde, cuando el ocaso se colorea de naranja, y si llueve en las montañas respiro el aire con olor a tierra húmeda que brota, impoluto, hacia mi nariz. Si un encanto tiene Trinidad, también puede ser el de aldea… pero corremos el riesgo de ser aldeanos para siempre.

Tú de todas formas ven, que a estos niveles ya veremos cómo hacerte feliz en estos predios humildes. Si turista eres, como turista disfrutarás. Y en grande. Quienes vivimos acá nos toca afrontar las vicisitudes del futuro. O escribir. Me despido sabiéndome con este derecho de hablarte en nombre de la luz y de la sombra de esta ciudad que amo como a pocas cosas en el mundo,

Luis Orlando León Carpio.

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