martes, 21 de febrero de 2017

Le da igual


Antes, al más mínimo asomo de desdicha, solía retorcerse en la ansiedad. Se convirtió en alguien de nervios, de sustos, encontraba el problema donde no lo hubiese. Había noches en que se sumergía entre las sábanas a escuchar sus pensamientos. Tan altos que no le dejaban dormir. Tan estridentes que le quitaban el sueño. Sus pensamientos le intentaban abducir hasta un futuro que muchas veces no pasaba de ser meras pesadillas imaginarias. Por entonces, cuando se preocupaba en demasía por todo: por su carrera, por sus sentimientos, por su vida amorosa y social, por su familia, por sus amigos, por su religión, por su cuerpo, por su mente, por sus virtudes, por sus defectos, por su nombre, por su vida, por su muerte, se decía a sí mismo: “no debes coger lucha con las cosas. No así. Un día vas a terminar enloqueciendo”. Sin alcanzar las tres décadas ha creído vivir mucho y ha creído no haber vivido nada. De hecho, tiene la certeza de que ha vivido demasiado de lo que no ha querido vivir, golpes en la vida tan fuertes, yo no sé. Ha reído tanto como ha llorado, solo que la risa tiende a ser más hermosa en público. Ha leído a Borges: “En mi secreto corazón yo me justifico y ensalzo./ He atestiguado al mundo; He confesado la rareza/ del mundo./ He cantado a lo eterno: la clara luna volvedora y las mejillas/ que apetece el amor./ He conmemorado con versos la ciudad que me ciñe/ y los arrabales que se desgarran./ He dicho asombro donde otros dicen costumbre”. Sin embargo, hoy, por fin, cuando ha aprendido a tomar distancia de las cosas que afectan, se cuestiona. Ha aprendido, por ejemplo, del egoísmo. Su madre le habría repetido siempre que el egoísmo es el secreto de la larga vida: no provoca estrés. Lo que le pasa a él, ahora mismo, es que tantas cosas le dan verdaderamente igual. La piedra nunca le ha parecido tan cercana como ahora. Pero se cuestiona. Se descubre a veces perdiendo el sueño porque no sabe si quiere convertirse en esa persona nueva que ha visto en el espejo. El tipo de persona que avanza por senderos en línea recta sin importar las flores que aplasta con los pies. Personas que giran la cabeza ante la petición de ayuda. Personas que anteponen sus triviales problemas por encima de la necesidad general, por encima de las verdaderas aflicciones del otro. Personas que llegan a vivir sin algún mea culpa. Ya ha orado fuertemente porque ello no ocurra, y acaso el fantasma del desinterés sigo buscando poseerle. No entiende que sufriendo por quien no quiere ser, es porque simplemente nunca va a ser. A la vuelta de la esquina ha terminado padeciendo las mismas desdichas de siempre.

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