lunes, 19 de noviembre de 2018

Para viajar el número 2 es bueno


El 28 de marzo de 2017, C. y yo nos preguntábamos qué íbamos hacer —dónde íbamos a estar— el mismo día del próximo año. La reflexión nos la trajo un gran amigo de Santa Clara que vino a despedirse a Trinidad porque viajaba a México, el primero de sus escapes hacia el extranjero.

El café El Mago —ese oasis donde llorar penas, hablar de amores, planear eventos y ser feliz— nos hundía en la conciencia de la maldita circunstancia del agua por todas partes, que no era la soledad, sino la sensación de aislamiento en las que nos sentíamos: el mismo bar, la misma gente, los mismo proyectos, la contención.

Uno no sabe que va a salir de Cuba hasta que planta un pie en tierra ajena. Uno lo intuye, lo trabaja, lo camina, lo aguanta, pero sigue sin creérselo hasta que el avión toca la pista extranjera. Una amiga una vez definió esa sensación como de cárcel (la extrapolación más severa de la sensación de isla, digo yo). Y de ahí el deslumbramiento.

lunes, 22 de octubre de 2018

El día en que me plagiaron


Hace mucho tiempo atrás, un post en este blog del 28 de marzo de 2013, titulado Narciso López y la bandera de Trinidad, sobre el período de gobernación de este personaje en la tercera villa y la bandera resultante de la Conspiración de la Mina de la Rosa Cubana, fue copiado. El 18 de octubre de ese año vi este otro post que a su vez inspiró este artículo en Ecured. Cuando hablé en privado aquella ocasión con el autor (que resultó ser también editor de esta clase de wikipedia cubana), me explicó que, en efecto, se había "inspirado" en mi texto para escribir su artículo. Yo, novato pichón de periodista, lo interpreté como un cumplido —acaso un guiño— a mi trabajo, que por primera vez estaba siendo de alguna forma reconocido. Sin embargo, en el nuevo texto no apareció mi nombre por ningún lado y difícilmente su proceso productivo fue más allá de la "inspiración". Y yo había tenido que investigar bastante, porque el post fue resultado de un trabajo de curso para la asignatura Historia de Cuba, en la universidad. Sinceramente, no creí, ni creo, que el mío fuese el gran trabajo. Quizás por eso en aquella época decidí dejarlo así. Pero gracias a la experiencia que he adquirido en estos pocos años, se que la labor de uno —y, sobre todo, el tiempo empleado para ello— hay que valorarlo y punto, por pequeño que sea. Nadie sabe cuánto hay que caminar, leer e investigar a veces para escribir dos líneas y lo menos que esperamos es que si esas líneas trascienden a uno le reconozcan la contribución.
Traigo a capítulo esta historia porque casualmente una amiga requirió de información referente al tema de mi artículo, y quedó estupefacta cuando le comenté que lo que había descargado de Ecured en realidad lo había investigado yo. Solo así comprendí cuán ingenuo e inmaduro fui en aquel momento. Por eso, este mensaje va dirigido a aquellos periodistas novatos que se aventuran en las redes (terreno fértil para el plagio), estudiantes o recién graduados, para que sepan defender sus contenidos y valoren mucho más su trabajo.

P.D.1 No creo que hubiese malicia en quién plagió, más bien desconocimiento y hasta ingenuidad. Pero incluso eso me parece más peligroso.

P.D.2 Aunque haya descubierto el plagio en el blog Verbiclara, mi amiga Amparo Ballester no tiene nada que ver con el asunto, sino que que ella descubrió primero el otro artículo. Cuando le comenté lo sucedido, tuvo la delicadeza de publicarme el mío también.

martes, 2 de octubre de 2018

El sueño del mono


Ayer tuve un sueño en el que nos convertíamos en seres bípedos, y con nuestra inteligencia creábamos una sociedad muy compleja en el que la familia no solo era para respoducirse, sino que parejas heterosexuales se unían por amor, que a veces hasta decidían no tener hijos. Otros adoptaban los que otros no querían tener o los que habían perdido sus padres. En esa sociedad, superpoblábamos el planeta, al punto de que escasearía la comida y el agua, y la medicina se haría tan avanzada que ya la necesidad de perpetuar la especie por medio de la reproducción no era primordial. Pero luego desperté y me di cuenta de que seguía siendo un mono, en medio de la selva, que se cuelga de los árboles. Mejor sigo oliendo el culo de una mona, ¡me la monto!, a ver cuántos monitos parirá que a su vez harán lo mismo que yo. Ay, mira, un plátano, qué rico...
P.D. En respuesta a los defensores del enfoque biologicista de la familia.

martes, 21 de agosto de 2018

Crece el mercado de las mascotas en Cuba



Gracias a la renta de cuatro habitaciones en el centro histórico de Trinidad, Yaneisi Aroche puede permitirse el cuidado de Lobo, un Husky Siberiano pura raza que ya está entre los sementales más codiciados de la ciudad. Esta mujer de 40 años no escatima en gastos para complacer al que se ha convertido “en el niño de la casa”. Un “niño” que absorbe más de 100 CUC al mes —casi 4 veces el salario promedio del país— en sus necesidades: carne fresca, peines, medicamentos y utensilios para la higiene.

De niña solía tener perros en casa, a los que mimaba y cuidaba, pero sobrevivían con las sobras de la comida y un lazo rojo en el cuello, dice Yaneisi. Ahora, la tenencia de Lobo incluye aditamentos en consonancia con su pedigrí. Y el de la familia.

En la Cuba del siglo XXI el mercado para la crianza de mascotas crece, primero en La Habana y ahora en otras ciudades. Han surgido salones de belleza, entrenadores, tiendas con los más variopintos productos y hasta hostales.

martes, 14 de agosto de 2018

El niño perdido de Trinidad


La religión del Niño perdido es un culto popular a una estatuilla de cinco centímetros que, dicen los que creen, concede milagros a cambio de ofrendas.

Está en un predio de edificios prefabricados, frente a la estación de policía de Trinidad, sin arabescos, sin adornos de ningún tipo, sin doctrina de comportamiento, con trazados en serie. Para llegar al apartamento 6 en el edificio 15, hay que subir por unas empinadas escaleras que quitan el aliento. La numeración es difusa y cuesta trabajo saber cuál es la vivienda-santuario. Una vez dentro, hay muebles desalineados y sopla un aire de descuido. El único indicio de esoterismo está detrás de la puerta: un sonajero en forma de sol, un guano bendito, hojas secas de caimito y un papel con La oración de la mano poderosa, para espantar enemigos.

Purísima Concepción Veliz Gascón tiene 68 años y le dicen Conchita. Recibe a Tremenda Nota. Es la cuidadora de una urna de plata y cristal, bastante pequeña. Adentro está el Niño perdido. A la estatuilla la acomoda una diminuta cuna de oro y una manta de seda. La cuna está resguardada por un letrero fundido en oro que dice “El milagroso…”, símbolos egipcios, reliquias familiares, collares, anillos y algunas otros tributos de procedencia inescrutable.

martes, 7 de agosto de 2018

Defender el diseño original no es denigrar al cubano



— …Eran un par de lesbianas ¡eso es abominación alabado sea el señor!

El hombre, asumo que Pastor, en una iglesia evangélica Los Pinos Nuevos, en Trinidad, vociferaba con vehemencia su sermón del viernes en la noche. Iba de pasada yo cuando noté su voz rasgada de la emoción, con un volumen audible al menos a una cuadra de distancia. El templo es una casa restructurada para ese fin, pequeña, estaba a tope de personas.

El hombre, un señor calvo de más de cincuenta años, sufría de un fervor religioso incontrolable. Estaba rojo, muy rojo, y prefería quedarse sin aire antes que dejar una idea inconclusa. De un momento a otro, hasta temía que fuese a terminar con un infarto del miocardio. Pero, indiscutiblemente, este señor debe ser alguien con mucho poder de convocatoria en las filas de su iglesia, lo cual me es llamativo para un lugar como este, por el que suelo pasar a menudo y que siempre me pareció tranquilo, moderado.

Me detuve en la entrada uno minutos. Comencé a grabar con mi celular.

—Hay una crisis de masculinidad, homosexualitos ahí alabado sea el señor haciendo parte de la iglesia alabado sea el señor. Los veo “arrascándose” las cejas así con el dedito —imita, caricaturescamente, un ademán amanerado—, ¡Aquí no quiero ver nadie “arrancándose” las cejas así! ¡las cejas se “arrascan” con todos los dedos en la frente aleluya macho varón aleluya Gloria a Dios!

Hubo una carcajada, como si en lugar de un pastor y su comunidad, estuviese Limay Blanco en pleno apogeo de un medio tiempo de Tropicana. Con las carcajadas vino una ovación intensa.

El hombre me dispara con la vista cuando nota que grabo.

—Bendito sea el señor, ¡ahora van a aprobar que los homosexuales se casen! ¡Tremenda maldición! Ve a ver por quién tu votas, ve a ver el voto tuyo alabado sea el señor ve a ver por quien tu votas, no vayas a votar a favor del diablo, de la aprobación de cosas de maldición de la igl… de Dios —el hombre trastoca la idea, pero la enmienda rápido. El subconsciente lo traiciona. Aludía al origen de esta maldición que, evidentemente, es de la iglesia, pero en la última fracción de segundo, decidió que sería de Dios— para este país.

El hombre me vuelve a disparar, esta vez con la palabra,

¡Grábalo si te da la gana, yo no “parezco” de miedo, si no de temor a Dios únicamente!

Como, a simple vista, se nota que es una directriz gubernamental apoyar el matrimonio entre dos personas, cualquiera que sea su sexo, el hombre comienza a acusar de ir en contra de Dios a los que obedezcan a las autoridades. El hombre recibe una ovación más fuerte.

Decido terminar de grabar. Era suficiente.

lunes, 14 de mayo de 2018

Cien tonadas para El Gallo


Su voz es el grito de libertad de los esclavos en el palenque, la orden de rebelión hacia el monte. Dicen que canta como un dios africano encadenado en Trinidad, al centro sur de Cuba. Es mulato hasta la médula, símbolo de la mezcla de culturas de esta isla en el Caribe. Con estatura rechoncha de hispano y semblante de negro congo, sus gestos son los de un partido de dominó en la esquina del barrio. Al caminar, tiene la cadencia de un tambor batá: duro y preciso, pese a los años.

“Me llamo Jorge Luis Díaz González, pero me dicen El Gallo. Ese apodo es muy grande. Mama decía que ella tenía un abuelo al que le decían Gallo porque se alzó en un palenque y a esos le decían así, por ser jefe del gallinero. Pero a papa Feliciano también se lo decían porque cuando Ñico Saquito sacó aquel tema Cuidadito, compay Gallo, cuidadito, así como usted me ve, yo tengo mi periquita, busque usted su gallinita, que esas sí son para usted… se quedó con ese apodo. Y bueno, se me pegó mucho más porque me dediqué a la música completamente, al canto. Yo estaba en el coro de Trinidad, en el kokoró, en el folclórico, en las tonadas, y hasta en el grupito de Isabel Bécquer”.

El Gallo habla de la música con la misma sensibilidad que habla de sus siete hijos, de sus padres, de sus amigos, de la ciudad que lo vio nacer y de la cultura toda. Tiene más de 70 años en sus costillas cuando comienza a mirar su vida y obra en perspectiva y se descubre feliz.

El Gallo tiene una sinceridad casi infantil. Habla desde el corazón sin pensar en consecuencias, tanto de su vida y recuerdos felices como cuando libera alguna ráfaga de crítica. Mas, suele ser tremendamente dulce a la hora de referirse a los demás. No parece haber malicia en su lengua, sino humildad. La clase de humildad de un hombre que se ha debatido una vida entera entre mantener las tradiciones musicales de Trinidad, ganarse el pan de cada día por medio del oficio de la plomería y vivir hondas pasiones con el béisbol.