martes, 10 de octubre de 2017

¿Condenado al sedentarismo?


Foto: Tomada de Internet
 Ya no se puede correr en el estadio de Trinidad. Ayer me disponía a hacerlo, como acostumbro dos veces a la semana por belleza, salud y liberar cargas. El estadio de béisbol de Trinidad —derruido, abandonado, árido y pestilente— es la meca del ejercicio físico en el pueblo. Hombres fuertes, atléticos, famélicos y gordos, mujeres fuertes, atléticas, famélicas y gordas, niños grandes, pequeños y ancianos van todos por allí. Hay tubos que salen del suelo para los muchachos sacar pectorales y las niñas glúteos. Hay gradas para cuclillas, y el inmenso terreno donde corro mientras muchos de todos colores, tamaños y olores practican pelota, fútbol o artes marciales. Nadie quiere ir a un antro horrible como el estadio municipal —donde los pocos juegos de la Serie Nacional* no se transmiten en la TV por razones obvias— pero no hay otro sitio donde ejercitar el cuerpo, al menos para simples mortales como yo. Y un día llegas y no te dejan pasar. ¿Por qué? Pregunto incrédulo. “Porque mira cómo ha quedado este lugar, es un peligro”, dice el portero mientras señala los trozos de zinc que caen desde el techo hasta el suelo doblados como la tapa de una lata de sardinas, desde que Irma comenzó sus estragos en Cuba. “Si quieres venir a correr ven entre las 4 de la mañana y las 4 de la tarde”, me dice desde una lógica que le entra a bofetadas a mi título de licenciado. Me ofusco, debo haberme puesto rojo. Mi inteligencia ha sido cuestionada desde el punto en que alguien me hace creer que se preocupa por mí y olvida toda ley física que dice que los trozos de zinc me pueden afectar a cualquier hora del día. Aun así nadie los ha venido a recoger. Pero me percato de que el portero, producto de algún noble plan de la ACLIFIM**, fue puesto allí a trabajar y solo repite lo que alguien más le dijo. Así que tras ripostarle, le ofrezco disculpas y le digo que siga haciendo su trabajo. Un hombre que escuchó todo, me da luces en el asunto. “Eso fue que el otro día un niño le dio un pelotazo a una gente que estaba corriendo, y la gente reclamó. Por eso no van a dejar que la gente corra a esa hora, pa' que los muchachos entrenen”. Eso tiene más sentido, le digo. Él se encoge de hombros. Entonces yo, nacido y criado en un país socialista que dice que el deporte es derecho del pueblo, me dirijo hacia la carretera de Casilda, claro de que aquello no me va a arruinar mi tarde de ejercicios, pero con la cautela de ponerme un solo audífono para advertir los carros que pasen. Hay que evitar accidentes. En el camino paso por uno de los muros del estadio y, en efecto, los muchachos entrenaban béisbol. Me sentí contento por ellos, porque podían desarrollar sus habilidades, y acaso porque eran inmunes al despiadado peligro del zinc caído.

martes, 3 de octubre de 2017

Cuando el mal es de bordar, la necesidad no entiende de prejuicios

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig
Adier Zaballa habría comenzado a bordar desde niño, cuando se escapaba después de las clases a ayudar a su abuela. Hizo un técnico medio en servicios gastronómicos, pero nunca ejerció el oficio. Sentarse con una tela tensada en un aro y puntear con aguja e hilo, además de dinero, le dio placer.

—Aquí en Trinidad somos muchísimos los hombres artesanos de la randa y el bordado, pero te confieso que cuando empecé lo hacía escondido.

—¿Te daba pena?

—Un poco. Pero el tiempo me dio confianza, total, aquí ya se ha vuelto normal. Se pueden ver hombres que les encanta bordar en la calle, cuando en otro lugar de Cuba los mirarían con cara de espanto. A los turistas les llama la atención, les resulta gracioso.

Sonríe cuando explica el fenómeno. Recuerda todavía, cuestionando si aquello era o no una broma, cuando un hombre extranjero le propuso “eso que te imaginas que me dirían por ponerme a hacer randa en la calle”.

Verlo trabajar a plena luz del día denota lo seguro que ya está de su oficio como sustento del bolsillo y de su satisfacción personal, sobre todo en Trinidad, ciudad con un arraigo importante en estas artes que provienen de las tradiciones hispánicas femeninas. Aquí también hay compradores seguros.

martes, 26 de septiembre de 2017

Conversación con la soledad

Foto: Alba León (El Toque)
La loca está sentada en un quicio frente a la casa. Una casa enorme de un solo portón que al principio fue ventana. En realidad, es el resquicio de un hogar de clase media que la precariedad convirtió en tres casas de familias diferentes. Esta, la de la izquierda, aún conservaba cierto aire de plenitud cuando la loca la habitaba.

La loca mira el portón, a veces. La mayoría del tiempo sus ojos están perdidos en el vacío, como los de todo loco que se respete. Manotea, señala objetos imaginarios, se levanta en posición de firme frente alguna pared cercana. Por momentos se le ve conversando, disertando en el extraño mundo que solo las cabezas “idas” conocen. A saber si allá adentro, en lo más recóndito de sus pensamientos, existe una racionalidad más intacta que la nuestra aquí. A saber…

A la loca la conocemos todos. Desde hace dos días, cuando volvió a aparecer por los contornos, se han activado las alarmas del vecindario. “Nunca pensé que llegara a ese punto”, comentan algunos. “Está como rondando la casa otra vez”, balbucean otros que ni la miran. Mi madre se ha compadecido: “Le voy a llevar algo para que se alimente, la veo como deshidratada, lleva dos días aquí y nadie viene a buscarla”.

martes, 19 de septiembre de 2017

16 días sin corriente


Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig
Al final de la tormenta viene la calma, nos habían repetido en aquella tarde tempestuosa de julio de 2005, cuando el huracán Dennis, convertido en un monstruo categoría 4, le echó el ojo a Trinidad desde menos de 20 kilómetros al sur del puerto de Casilda. La calma, sin embargo, nos duró demasiado.

16 días, para ser exactos.

Cuando digo calma hablo de una penumbra cerrada, donde los mosquitos azotaban y un hilo de sudor venía a recordar que aún no nos cocinábamos en nuestro propio calor. Donde dice calma, también puede leerse tedio. Donde hay penumbra, calma y tedio, lo que hay es un apagón.

Después de prender velas por cada ráfaga fuerte de viento, después de ver volar puertas y ramas abrir techos enteros, después de notificarse algunos fallecidos y tener que mirar el destrozo alrededor, después de ver una desvencijada ciudad museo del caribe que había perdido la pérgola del parque central, resquebrajado una de sus edificaciones de antaño y ver ahogarse sin piedad a la iglesia católica de Casilda y medio centenar de casas pesqueras… lo demás que tocaba era esperar. Y aguantar.

martes, 14 de marzo de 2017

Consejos útiles para aspirantes a periodistas



A cada rato se me acercan adolescentes para hacerme preguntas relacionadas con la carrera de periodismo, a lo que siempre respondo: si te apasiona, tómala, no te va a defraudar; si solo te gusta un poco, si estás levemente interesado(a) ni lo valores, jamás caigas en su trampa.

“¿Por qué?” Me inquieren siempre, a lo que yo correspondo con una serie de argumentos a manera de tips para aspirantes a periodistas, que trataré de condensar aquí:

martes, 7 de marzo de 2017

Diferencia y respeto


El ser humano, por naturaleza, es dado al respeto más que a la confrontación. Así pienso. Aun bajo diferencias culturales, políticas, religiosas, mientras no esté envenado por campañas emanadas desde los poderes nacionales, el hombre (y la mujer) prefiere el entendimiento y el raciocinio a la violencia. Cuando uno es parte de un negocio de renta de habitaciones a extranjeros, las posibilidades de encontrar similitudes y diferencias en todo el mundo tocan a la puerta de la casa, literalmente. De hecho, el desfile de personas llegadas de todas partes del mundo permite corroborar una vez más que el ser humano comparte más semejanzas que cualquier otra cosa. No existe un día en que me haya sentido inferior o superior a nadie. He sentido, eso sí, sana envidia de quienes tienen acceso a recursos y oportunidades que quizás mi contexto me ha negado; también me he sentido aliviado cuando son otros los desfavorecidos porque el contexto les ha privado de cosas con las que a mí me ha premiado.

martes, 21 de febrero de 2017

Le da igual


Antes, al más mínimo asomo de desdicha, solía retorcerse en la ansiedad. Se convirtió en alguien de nervios, de sustos, encontraba el problema donde no lo hubiese. Había noches en que se sumergía entre las sábanas a escuchar sus pensamientos. Tan altos que no le dejaban dormir. Tan estridentes que le quitaban el sueño. Sus pensamientos le intentaban abducir hasta un futuro que muchas veces no pasaba de ser meras pesadillas imaginarias. Por entonces, cuando se preocupaba en demasía por todo: por su carrera, por sus sentimientos, por su vida amorosa y social, por su familia, por sus amigos, por su religión, por su cuerpo, por su mente, por sus virtudes, por sus defectos, por su nombre, por su vida, por su muerte, se decía a sí mismo: “no debes coger lucha con las cosas. No así. Un día vas a terminar enloqueciendo”. Sin alcanzar las tres décadas ha creído vivir mucho y ha creído no haber vivido nada. De hecho, tiene la certeza de que ha vivido demasiado de lo que no ha querido vivir, golpes en la vida tan fuertes, yo no sé. Ha reído tanto como ha llorado, solo que la risa tiende a ser más hermosa en público. Ha leído a Borges: “En mi secreto corazón yo me justifico y ensalzo./ He atestiguado al mundo; He confesado la rareza/ del mundo./ He cantado a lo eterno: la clara luna volvedora y las mejillas/ que apetece el amor./ He conmemorado con versos la ciudad que me ciñe/ y los arrabales que se desgarran./ He dicho asombro donde otros dicen costumbre”. Sin embargo, hoy, por fin, cuando ha aprendido a tomar distancia de las cosas que afectan, se cuestiona. Ha aprendido, por ejemplo, del egoísmo. Su madre le habría repetido siempre que el egoísmo es el secreto de la larga vida: no provoca estrés. Lo que le pasa a él, ahora mismo, es que tantas cosas le dan verdaderamente igual. La piedra nunca le ha parecido tan cercana como ahora. Pero se cuestiona. Se descubre a veces perdiendo el sueño porque no sabe si quiere convertirse en esa persona nueva que ha visto en el espejo. El tipo de persona que avanza por senderos en línea recta sin importar las flores que aplasta con los pies. Personas que giran la cabeza ante la petición de ayuda. Personas que anteponen sus triviales problemas por encima de la necesidad general, por encima de las verdaderas aflicciones del otro. Personas que llegan a vivir sin algún mea culpa. Ya ha orado fuertemente porque ello no ocurra, y acaso el fantasma del desinterés sigo buscando poseerle. No entiende que sufriendo por quien no quiere ser, es porque simplemente nunca va a ser. A la vuelta de la esquina ha terminado padeciendo las mismas desdichas de siempre.