lunes, 28 de noviembre de 2016

Primeras horas


“¡Cumpleaños feliz, Cumpleaños feliz!...” a las 11:59 PM del viernes 25 de noviembre la tradicional canción de cumpleaños arremetió en el celular del amigo que nos dio la noticia. Era una noche trivial de viernes en La Habana. Yo estaba junto a unos amigos de visita en la capital y esperaba entrar al vientre de la Fábrica de Arte Cubano, ese centro nocturno de calado en el mundo cultural capitalino.

“¡Se murió Fidel!” Dijo nuestro amigo desde el otro lado del teléfono, acaso con la certeza de que la felicidad del cumpleaños se le había trastocado sin remedio. La primera reacción fue obvia: “¿Qué? ¿Cómo? ¡No chives, deja eso que con esas cosas no se juegan!” Y negamos, como quien reniega de la concreción de un imposible. “Raúl ha emitido un anuncio en la televisión”, escuchamos y de inmediato comenzamos a contrastar fuentes.

Las llamadas se cruzan. Se cuelgan y descuelgan teléfonos. Sorpresa. Admiración. Asombro. ¡Shock! Una amiga con internet en la casa confirma que las redes están colapsando con la noticia, que la prensa oficial cubana lo está posteando en redes sociales. Las dudas se disipan.

martes, 22 de noviembre de 2016

Prostituto por diversión


La primera vez que le ofrecieron tener sexo por dinero, Andy Portales tenía 21 años y empezaba el segundo curso de su licenciatura, en Santa Clara. En unas vacaciones se había trasladado de Placetas a La Habana con unos amigos que le iban a enseñar la vida de la capital profunda, cuando la noche se mezcla con el día, sin remordimientos.

Fue en un cuarto en el Vedado. Un alquiler. Frente a él esperaba un canadiense que conoció en el malecón. Cuando lo vio desnudo, se dijo a sí mismo que aquel hombre era apetecible. Un rubio hermoso de dos metros estaba dispuesto a pagarle una suma igual de apetecible que él. Una ganga: ¿disfrutar y recibir dinero además? El negocio perfecto, pensaba.

“Yo no me dedico a eso”, es la frase que a manera de ardid entremezcla en sus relatos, en franco recurso no para convencer a los demás, sino para convencerse a sí mismo.

Andy no responde a los clichés de la prostitución masculina. Ni tiene pectorales como piedras incrustadas en el pecho ni un cuerpo que destila testosterona. En cambio, al hablar, manotea delicadamente. Su homosexualidad es visible. Tiene los rasgos de un intelectual amanerado pero en determinados contextos puede pasar inadvertido, engañar si quiere aparentar lo contrario. Su carácter es flemático, lento. Su inteligencia, innata. El mundo de la moda lo seduce y se le nota al vestir.

martes, 15 de noviembre de 2016

Mayorías étnicas


De Donald Trump no me preocupa demasiado su discurso político: ni el muro fronterizo construido para y por mexicanos, ni la minimización del calentamiento global y las tragedias medioambientales, ni su postura frente a Medio Oriente, ni su discurso expreso por congelar de nuevo el deshielo con Cuba. No me preocupa demasiado el que ya sea un hecho su presidencia en los EE.UU. A fin de cuentas el hombre es un demagogo: se encargó de decirle a todos lo que querían oír aunque una vez electo el tono del discurso fuese más sosegado y pacifista. Jorge W. Bush no formó tanta alharaca y fue bastante nocivo al mundo.

Me preocupa, eso sí, que haya tenido que recurrir a un recurso que a la larga resultó efectivo. Dirigió su mirada a quienes permanecen tras bambalinas en la realidad norteamericana, como el monstruo dormido que volvió a despertar. Demasiados años hartos de escuchar en los medios, en las figuras públicas, en escuelas y universidades… sobre esos otros que siguen siendo minoría (los negros, los gays, los latinos, los inmigrantes…).

El hastío provocado por crisis políticas, dicen, le ha dado el voto electoral a Trump. Ese hastío del que ahora se jactan los analistas —y que no previeron antes— como el catalizador para que millones salieran a defender al republicano en las urnas, no es más que el reflejo de lo que EE.UU. es y quiere ser. Y lo que EE.UU. sea o quiera ser, no olvidemos que nos afecta a todos. TODOS.

martes, 8 de noviembre de 2016

Soliloquio de las tardes de noviembre



Si no fuera por las clases de emprendimiento a las que asisto, y a las poquísimas horas de internet de Etecsa que puedo permitirme, y a las lecturas de buen periodismo online cubano y extranjero y a un libro de cuentos del Gabo y al Tambor de Hojalata de GünterGrass y a dos o tres series y películas del Paquete Semanal y a los apuros de los que saco a mis padres en su administración de un Hostal… ahora mismo estuviera arrojado a la dejadez extrema. Como mínimo entregado a una adicción. El aburrimiento es una enfermedad que me mata, peor que una seguidilla de trabajos estresantes, de madrugones o reuniones insulsas. El aburrimiento debería morir. El aburrimiento está sentado a mi lado ahora y lo veo con intenciones de sostenerme las manos para que no escriba. El aburrimiento es un éxtasis enfermizo que pretende hacer mitosis e infectar cuanta acción cubra mis días hoy. Pero si no fuera por esta triste condición freelance a la que me han obligado a ejercer. Periodista de uno que otro trabajo al mes, como para que se atrofien las palabras que tengo contenidas. Palabras buenas malas obscenas pudorosas apologetas irreverentes bien escritas malescritas con sentido sinsentido planificadas fortuitas. Es decir, palabras periodísticas. Yo no tuviera esta desgracia de aburrimiento si no fuera por eso. Suerte la de mi blog y estos arranques. Dice Wikipedia que casi la mitad de los que ejercen el trabajo freelance son periodistas o escritores. Debe haber casi una mitad de periodistas y escritores moribundos de aburrimiento. !Ah, la redacción!, esa melancolía empozada en mis recuerdos, ese oasis donde los chicos (mis chicos) siempre discutían de lo malo que está el periodismo en Cuba (discutían de esos debates en las redes que creemos son el non plus ultra de la opinión pública nacional y solo queda en unos pocos), de quién fue el último que se estrenó en medios alternativos (extranjeros, privados, subversivos, lo que sea), de qué salió en Oncuba, El Estornudo, Periodismo de Barrio, El Toque o Cartas desde Cuba, de si Rasverg esto e Iroel lo otro, de que no hay ni sillas ni buena conexión ni eso parece una redacción, de que si malas coberturas, malas caras, valores noticias, botaron a Pantoja, la Upec nacional, cobertura de Mathew, sotserra , otra vez la dichosa carta… ¡qué linda esta tarde de noviembre, con sus tonos naranja en el crepúsculo y su aire fresco que despeina quien sabe si a Pilar o a la nieta de Pilar! ¡Qué poco agradables estas fuerzas que me arrastran a escribir cosas que mejor debieran quedarse escondidas! Mejor escribir, por ejemplo, de lo que ya ponía, de que las tardes en noviembre son hermosas, de qué bello el sonido del agua ahora que brota de las tuberías, o los pájaros que sobrevuelan por el cielo naranja del otoño al anochecer. De esas cosas es mejor escribir a veces, aunque solo sirvan para alimentar ese triste efecto placebo con que llenamos muchas veces la prensa. Pero al final es una relación de ganar/ganar ¿no? La gente no percibe del todo la realidad de algún problema. El periodista acomoda la zona de confort y alimenta la musa de poesía. O la vanidad personal, la de pensar que ha descubierto una panacea. No todo el mundo tiene que ser mártir, ni escribir un reportaje al pie de la horca. Lo demás que quede en una pasajera tormenta de ideas. Como esta.

martes, 1 de noviembre de 2016

Limones Cantero (II)



De los secaderos de café en el campamento de Limones Cantero, en un punto rural de Trinidad, me acuerdo un día de agosto de 2016, mientras marcho en un carro y dejo atrás esos predios. Decía que es domingo, y me muevo hasta Santa Clara dentro de un auto hermético, a salvo de las llamas a las que conocen como calor de agosto.

Los secaderos eran el sitio simbólico donde no apilaban el café recién colectado, sino a nosotros en plan infantería. Sin embargo, en la noche trasmutaban hacia un mundo diferente. El mundo donde se hacía esencial la escuela al campo o, llegado el caso, donde recordábamos por qué, a pesar de todo, nos gustaba estar ahí, por qué habíamos accedido a vivirlo en vez de fingir una enfermedad o desgarrarse en llanto el primer día para dar media vuelta y no volver jamás.

Los secaderos, de noche, eran la vida misma de la escuela al campo. El parque G de Limones Cantero, la discoteca de turno, el burdel, el escenario de artistas, el mirador de nuestras vidas. Después de las 8 de la noche no se veía nada, no podíamos entrar en los albergues, donde yacía la única luz adecuada. Por eso empacábamos linternas y colchones, y nos tirábamos en grupo a mirar al cielo ¿Acaso hay un cielo estrellado más hermoso que el de una noche otoñal de la ruralidad cubana?

martes, 25 de octubre de 2016

Limones Cantero (I)


Un domingo, a las tres de la tarde, desde la ventanilla del auto que me llevaba de Trinidad hasta Santa Clara —en esa carrera infatigable que mantengo por vivir en dos lugares al mismo tiempo: familia y profesión, dos casas y ninguna mía— un vistazo me trasladó de vuelta 13 años atrás. Apenas un destello de la imagen por la ventanilla del auto. Un flash instantáneo pero plenamente real. Ni detención. Ni parada. Ni husmeo. Pero pude ver, justo al lado de la carretera, mi primera escuela al campo ¡Ah, la escuela al campo!...

Había olvidado que hubo una época en Cuba en que era menester combinar estudio y trabajo. La secundaria básica nos sorprendía dura sobre los meses de octubre o noviembre. De un zarpazo nos quitaban la ñoñería y nos montaban en una guagua Girón rumbo al corazón rural del municipio donde residiéramos, lomas van lomas vienen en el firmamento… 30 días en contacto con la naturaleza y conociendo las bondades de las labores agrícolas.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Transformismo y Humor: la fórmula de Blaccucini


Fotos: Yariel Valdés González
Blaccucini nació en el patio del Mejunje, Santa Clara, el primero de septiembre de 2007, cuando decidió pintar de rojo intenso sus labios negrísimos y evitarle a la gente, arrancándole risas, tristezas similares a las suyas. Le pusieron así, Blaccucini, con dejo paródico, por ser el Black Cousin (Primo negro) de una familia enorme.

23 años antes de esa fecha, en Camajuaní, habitando un hogar de más de 10 personas, nació Denet Oliva Triana, el niño barón que palpita debajo de esta mujer y que en la calle reconocen como “Blancuchini”, acaso por parecer una ironía la del propio nombre, que suena como blanco y, en cambio, anuncia una figura negra.

Los más acérrimos dirían que la desgracia no podría ser doble: “¿Negro y maricón? imposible”, pensarían. En todo caso es triple para el imaginario discriminatorio: Negro, gay, transexual. Nada que le haga perder el sueño.