viernes, 8 de diciembre de 2017

Una Confradía de 20 años

Fotos: Carlos Luis Sotolongo Puig

Haciendo detonar la explosión contenida, / por más de 20 años de una pseudo-vida/ defino otro sentido y busco más arriba/ (…) Acepto tu propuesta de apartar los dardos, con los ojos cargados de amor/ No importa el riesgo, busco mi sentido, derribo las paredes de lo prohibido

Dúo Cofradía

Lía y Pachi decidieron casarse cuando su dúo cumplió 15 años para celebrar, entre otras cosas, haber cantado con Silvio Rodríguez y conocer la nieve.

Lía es parlanchina por naturaleza e hilarante hasta la médula. Llega al punto de interrumpir a Pachi en pleno escenario. Cuentan ambos, entre risas, que en un concierto en Argentina, alguien del público le dijo: ¡Cállate pues, déjalo hablar!

No escogieron a la ligera el nombre con que se bautizaron después de años cantando juntos. Cofradía define su esencia. Hacen trova y son un dúo, pero alrededor de ellos siempre hay un séquito, una multitud, una familia. Hay desde rumba hasta pop. Hay, por si fuera poco, un montón de hijos por obra y gracia de los proyectos comunitarios con niños, que le han dado cuantiosas generaciones de músicos a Trinidad, la ciudad donde viven.

Ella desde Moa y él desde Florida, llegaron a Trinidad en 2001 con la certeza de que encontrarían un nicho creativo. Y lo consiguieron. Desde entonces le han cantado al amor, a las malas lenguas, a la felicidad, a la situación: Vamos a comerno´ el cable negra / porque es lo único que hay / El cable está muy duro, / pero es lo único que hay.

Líamer Llorente (Lía) y Eusebio Ruiz (Pachi) llegan a los 20 años de su proyecto personal y musical bajo la máxima de que “esto comienza ahora”, con varios ideas para continuar su trabajo como cantautores y un disco en plena concepción.

martes, 31 de octubre de 2017

La carta


El cartero llegó al primer piso del edificio preguntando quien era Yenislay, diciendo que tenía una misiva importante del "Yuma". En el portal del primer apartamento un grupo de hombres le dijeron que sí, que la de cuarto piso, que llamara bien fuerte que ella debía estar ahí. El cartero que menos mal, que había que entregar eso rápido, que el remitente decía Embajada de EE.UU. en Cuba. Y los hombres gritaron Yenislay, corre, que tienes carta de la embajada. Y Yenislay diciendo que qué cosa, mijo, y eso cómo lo sabes. Y los hombres que el cartero está aquí, vieja, acaba de tirarte del cuarto piso. Y la madre de Yenislay que ay mima, que bueno, yo pensé que nunca iba a llegar. Y un hombre que iba pasando gritó que vaya, bicha, le llegó el bombo a la niña, Fiesta, Fiesta y borrachera hoy!!
Y era una mañana nublada, de un día trivial de octubre, en un reparto de edificios de microbrigada en los suburbios de Trinidad. En Cuba.

lunes, 30 de octubre de 2017

El periodismo no es maniqueo


Trinidad, lunes de octubre en la tarde. Un calor que sofoca hasta las piedras.
—Buenas tardes, mire, soy periodista y voy a escribir un artículo acerca de (...) y me gustaría que me diera su opinión al respecto.
—Pero un artículo pa bien o pa mal? Porque yo tengo que saber.
—Un artículo sobre la realidad, amigo. El periodismo no es ni malo ni bueno. Si la realidad es mala, se dirá algo malo, si la realidad es buena, se dirá algo bueno. Así será mi artículo.
Me mira fijo. Hace una mueca.
—Pues tira pacá...

martes, 24 de octubre de 2017

Aspirante a cura: "El celibato es duro, pero más difícil es la obediencia"


Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig (El Toque)

Montado en el autobús que lo trasladaba al Seminario de San Agustín de Camagüey, recordaba cuando le admitió a su abuela que iba ser cura. Paradójicamente, la mujer, siendo la única católica de la familia, practicante asidua e instruida en una escuela de monjas, resultó la de más objeciones: vas a perder la juventud, tal parece que no te tratan bien en esta casa, estás loco de remate…

“Pero la decisión ya estaba tomada”, dice Yoan. Y sonríe.

—Imagino el privilegio que sientes; a la iglesia le está costando atraer jóvenes a los seminarios.

—Sí, el padre Cirilo y el padre Bendito se pusieron muy contentos.

Para muchos era de esperar. Desde sus días como acólito, los amigos de la comunidad ya le llamaban —dosis de cariño, dosis de escarnio— monseñor Yoan.

Más allá del pantalón de pinzas y la guayabera, a Yoan le gusta reconocerse como un joven cubano más, y lo es. Ya le cuelga en el pecho la cruz que lo identifica, pero el semblante infantil y sus finos ademanes están intactos. Se le ha visto en la Cueva, la discoteca más popular de la ciudad. “Me gusta el vino y la cerveza”, insiste.

Un día cálido de enero lo encuentro en los parajes humildes de su casa en la calle Santiago, en Trinidad. A la sala se entra por una puerta principal tan austera como los muebles, la decoración antigua y las paredes por momento descuidadas. Pero no es allí donde preferimos hablar de la pobreza, sino en los holgados espacios de la casa de su madrina.

“Pensamos muchas veces que el sacerdote tiene que vivir con una cama pequeña, sin televisor, sin computadora… lo más pobre posible. Lo importante es la pobreza de espíritu, lo humildes que podamos ser”.

martes, 10 de octubre de 2017

¿Condenado al sedentarismo?


Foto: Tomada de Internet
 Ya no se puede correr en el estadio de Trinidad. Ayer me disponía a hacerlo, como acostumbro dos veces a la semana por belleza, salud y liberar cargas. El estadio de béisbol de Trinidad —derruido, abandonado, árido y pestilente— es la meca del ejercicio físico en el pueblo. Hombres fuertes, atléticos, famélicos y gordos, mujeres fuertes, atléticas, famélicas y gordas, niños grandes, pequeños y ancianos van todos por allí. Hay tubos que salen del suelo para los muchachos sacar pectorales y las niñas glúteos. Hay gradas para cuclillas, y el inmenso terreno donde corro mientras muchos de todos colores, tamaños y olores practican pelota, fútbol o artes marciales. Nadie quiere ir a un antro horrible como el estadio municipal —donde los pocos juegos de la Serie Nacional* no se transmiten en la TV por razones obvias— pero no hay otro sitio donde ejercitar el cuerpo, al menos para simples mortales como yo. Y un día llegas y no te dejan pasar. ¿Por qué? Pregunto incrédulo. “Porque mira cómo ha quedado este lugar, es un peligro”, dice el portero mientras señala los trozos de zinc que caen desde el techo hasta el suelo doblados como la tapa de una lata de sardinas, desde que Irma comenzó sus estragos en Cuba. “Si quieres venir a correr ven entre las 4 de la mañana y las 4 de la tarde”, me dice desde una lógica que le entra a bofetadas a mi título de licenciado. Me ofusco, debo haberme puesto rojo. Mi inteligencia ha sido cuestionada desde el punto en que alguien me hace creer que se preocupa por mí y olvida toda ley física que dice que los trozos de zinc me pueden afectar a cualquier hora del día. Aun así nadie los ha venido a recoger. Pero me percato de que el portero, producto de algún noble plan de la ACLIFIM**, fue puesto allí a trabajar y solo repite lo que alguien más le dijo. Así que tras ripostarle, le ofrezco disculpas y le digo que siga haciendo su trabajo. Un hombre que escuchó todo, me da luces en el asunto. “Eso fue que el otro día un niño le dio un pelotazo a una gente que estaba corriendo, y la gente reclamó. Por eso no van a dejar que la gente corra a esa hora, pa' que los muchachos entrenen”. Eso tiene más sentido, le digo. Él se encoge de hombros. Entonces yo, nacido y criado en un país socialista que dice que el deporte es derecho del pueblo, me dirijo hacia la carretera de Casilda, claro de que aquello no me va a arruinar mi tarde de ejercicios, pero con la cautela de ponerme un solo audífono para advertir los carros que pasen. Hay que evitar accidentes. En el camino paso por uno de los muros del estadio y, en efecto, los muchachos entrenaban béisbol. Me sentí contento por ellos, porque podían desarrollar sus habilidades, y acaso porque eran inmunes al despiadado peligro del zinc caído.

martes, 3 de octubre de 2017

Cuando el mal es de bordar, la necesidad no entiende de prejuicios

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig
Adier Zaballa habría comenzado a bordar desde niño, cuando se escapaba después de las clases a ayudar a su abuela. Hizo un técnico medio en servicios gastronómicos, pero nunca ejerció el oficio. Sentarse con una tela tensada en un aro y puntear con aguja e hilo, además de dinero, le dio placer.

—Aquí en Trinidad somos muchísimos los hombres artesanos de la randa y el bordado, pero te confieso que cuando empecé lo hacía escondido.

—¿Te daba pena?

—Un poco. Pero el tiempo me dio confianza, total, aquí ya se ha vuelto normal. Se pueden ver hombres que les encanta bordar en la calle, cuando en otro lugar de Cuba los mirarían con cara de espanto. A los turistas les llama la atención, les resulta gracioso.

Sonríe cuando explica el fenómeno. Recuerda todavía, cuestionando si aquello era o no una broma, cuando un hombre extranjero le propuso “eso que te imaginas que me dirían por ponerme a hacer randa en la calle”.

Verlo trabajar a plena luz del día denota lo seguro que ya está de su oficio como sustento del bolsillo y de su satisfacción personal, sobre todo en Trinidad, ciudad con un arraigo importante en estas artes que provienen de las tradiciones hispánicas femeninas. Aquí también hay compradores seguros.

martes, 26 de septiembre de 2017

Conversación con la soledad

Foto: Alba León (El Toque)
La loca está sentada en un quicio frente a la casa. Una casa enorme de un solo portón que al principio fue ventana. En realidad, es el resquicio de un hogar de clase media que la precariedad convirtió en tres casas de familias diferentes. Esta, la de la izquierda, aún conservaba cierto aire de plenitud cuando la loca la habitaba.

La loca mira el portón, a veces. La mayoría del tiempo sus ojos están perdidos en el vacío, como los de todo loco que se respete. Manotea, señala objetos imaginarios, se levanta en posición de firme frente alguna pared cercana. Por momentos se le ve conversando, disertando en el extraño mundo que solo las cabezas “idas” conocen. A saber si allá adentro, en lo más recóndito de sus pensamientos, existe una racionalidad más intacta que la nuestra aquí. A saber…

A la loca la conocemos todos. Desde hace dos días, cuando volvió a aparecer por los contornos, se han activado las alarmas del vecindario. “Nunca pensé que llegara a ese punto”, comentan algunos. “Está como rondando la casa otra vez”, balbucean otros que ni la miran. Mi madre se ha compadecido: “Le voy a llevar algo para que se alimente, la veo como deshidratada, lleva dos días aquí y nadie viene a buscarla”.