martes, 17 de enero de 2017

La política no cabe en la azucarera



El 12 de enero me llamaron llorando para decirme que la Ley de Ajuste Cubano había terminado. Me lo dijeron con el impulso de las emociones hondas. El tipo de impulso que le quita a uno el raciocinio. El tipo de raciocinio perdido que le hace a alguien llamar desde los EE.UU. sin importar los costos. Con un “cálmate” apacigüé las lágrimas, como si quisiera pasar mis manos por sus mejillas húmedas. “Ya no hay forma de que traiga a mi familia”, me dijo quien desde hace poco más de dos años decidiera irse a su sueño americano por mejorar en la vida y punto, porque le dio su reverenda gana. Pero sabe que para alcanzar ese sueño hay que atravesar varias pesadillas: la incertidumbre de cruzar fronteras; la pegatina de inmigrante que llevaba luego, invisible, en la frente; la soledad en una ciudad inmensa, el insoportable dolor de haber cortado de cuajo tantos vínculos, la rara sensación de existir en dos sitios al mismo tiempo. “Hubo una declaración conjunta de Obama y creo que de Raúl en Cuba, y quitaron la ley”, me dice y le cuestiono. Las leyes en los EE.UU. no son abolidas de esa manera. En efecto, el Ajuste Cubano sigue, pero sin algunas prerrogativas, pues liquidaron de un tajo la política de pies seco-pies mojados y el programa de Parole para médicos cubanos. Yo, personalmente, que ni soy médico ni nunca he valorado el riesgo de cruzar fronteras, no le di demasiado bombo al asunto. Pero estaba olvidando que este es un país de dos orillas, que más que migraciones políticas o económicas, Cuba se compone de dos mundos que la hacen una sola más allá de ubicaciones geográficas. Que tener el padre en Miami es tan común como un primo en La Habana. Que para quienes no gozan de ciertos privilegios —los ciudadanos españoles, los adinerados— venderlo todo y lanzarse al mar, o a la selva, era la única garantía del reencuentro. Y ya se ha entronado en nuestro imaginario que los reencuentros saben mejor más allá del mar. Políticamente es un paso de avance, socialmente lo es porque evita el trauma del flujo ilegal, de las presuntas muertes. Pero ya sabemos que la política no cabe en la azucarera. Pies secos-pies mojados no niego que fueron implementos maquiavélicos de los EE.UU., pero para muchos cubanos era la garantía de una válvula de escape. Por eso, aun sabiéndome neutral en el asunto, no pude hacer más que darle razones a quien me llamó al teléfono este 12 de enero: “Hay alternativas, recuerda siempre que es mejor hacer las cosas de manera legal”, le dije, pero ni yo mismo me lo aseguraba. En tiempos en los que Cuba y EE.UU. se dan la mano, la Cuba contenida en los EE.UU. debería sentirse más cercana. Pero por momentos me parece (nos parece) que se aleja.

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