viernes, 27 de marzo de 2015

Hacia el Ecuador


Quizás, cuando aceptó la propuesta de su novio de residir a tiempo completo en un país francamente extraño a ella, mi amiga A. recordó el retrato que guarda su tía de Santa Clara, donde todos los primos posan sonrientes con la ingenuidad de cuando aún no conocían la palabra emigración. Hoy ninguno de ellos vive en Cuba. Solo ella, que parecía aceptar sin reparos lo que le había sugerido esa foto a lo largo de unos cuantos años.

Con la convicción típica de una joven profesional de 24 años, emprendió durante dos meses el escabroso viaje por los trámites legales para asegurar un puesto en el avión que, sin contratiempos, llegó anoche hasta el paralelo ecuatoriano de Quito. La secuencia: solicitud de puesto laboral, legalización de título y compra de pasaje (imposible sin una considerable suma de dinero)... Todo le resultó mucho más fácil gracias a la disposición del gobierno de Rafael Correa de que los cubanos no necesiten solicitar visas a la hora de entrar a su país.

Un día antes de irse, mi amiga por fin tiene tiempo para sentarse a respirar. Entonces medita sobre cuán difícil resultan las despedidas.

A. tiene ojos llorosos, pero, enjugándose las lágrimas, me confiesa que se irá de rumba con sus amigos, a celebrar el viaje… Ahora, mientras recoge las maletas, le toca imaginar muchísimo sobre los tiempos que se avecinan. Suspira cuando se vislumbra en Ecuador —la meca de los jóvenes profesionales cubanos hoy día—, lejos de la calidez de su casita en el casco histórico de Trinidad, lejos de los rostros familiares que la acompañan a juergas de sábado… lejos, muy lejos, de todo cuanto la ha convertido en mujer.

Decidió emprender el viaje sin fecha de retorno un buen día en que se percató de cómo su generación era una generación sin futuro —una generación perdida, dirían los pesimistas empedernidos. Ella es, como tantos, una hija de esta época de enajenación sin límites, donde la discoteca es templo para menguar austeridades sociales. Pero es, como tantos, otra alma que sueña con encontrase consigo misma sea cual fuere su destino. Y allí, hacia la mitad de la Tierra, llegará por obra y gracia “de las circunstancias”, o de la ayuda de su novio, del lado de allá hace casi un año.

Son las tres de la tarde. Su cuarto, a esa hora, no parece el mismo. Hay demasiado calor cuando algunos amigos pasan por allí a despedirla. Suspira otra vez. Por la ventana entra el sol demasiado fuerte, un sol que a ella no siempre parece agradable, sobre todo cuando hay excesiva calma en el exterior aunque en su interior sienta una tormenta. Se muerde el labio. En la cama, apila los bultos de ropa doblada. No sabe si llevar la blusa roja de tirantes, por el frío de Quito. Escucha afuera a su madre que le cuenta a una amiga las peripecias para conseguir el papeleo y cómo justo hoy le llegaron los suyos para la ciudadanía española. A. gira los ojos hacia arriba: “Hay que ver que el tema de irse se ha hecho demasiado natural en un país siempre marcado por las divisiones”.

Entonces yo me siento frente a ella. Me resulta imposible creer que esté allí junto a una de mis almas gemelas cuando está en proceso de partir sin regreso definido. He ido a visitarla y es esta la última vez que la voy a ver en largo tiempo. Pero prometemos hacerlo fácil, “que ya hay demasiadas personas derrumbadas, Luisi, no me hagas esto”. Intento desviar la dureza del momento. Bromeamos de sus futuras remesas, que si te llevas el pie de fulanita, la talla de mengano, el teléfono que le prometiste a la amiga y “la recarga doble, que tú sabes que no me puede faltar”. Y reímos a carcajadas. Pero de repente, en un acto de revelación, le interrumpo la comedia con una pregunta al parecer obvia que, quizás para sorpresa de ella misma, no lo es tanto.

— Todavía no me has dicho por qué te vas...

—La verdad, no sé. —Dice y se ríe de su propia duda.

—Yo te conozco y sé que no es por tu novio. —Le replico en busca de una respuesta certera.

— Chico, de verdad que no sé por qué rayos me voy. Es más, yo creo que la gente nunca sabe por qué se va. Imagino que los cubanos nos vamos del país porque estuvo demasiado tiempo prohibido y se nos ha hecho una aventura averiguar lo desconocido. Ahora mismo ni se decirte si emigro por necesidad, aunque la tenga, porque los tiempos han cambiado y de una forma u otra, en el sitio donde uno nació, se está bien.

— Esperaba que me dijeras lo malas que andas las cosas aquí. Es lo lógico.

—Ese es el problema, que hay días en que una se levanta diciendo: coño, ¡quiero largarme de todo esto, un esto que engloba mucho: la economía, la política, el bloqueo! Es que hay cosas que no funcionan bien en este país: no hay entradas seguras de dinero en casa, ni garantías de realización profesional, ni seguridad en el proyecto de vida (una familia, hijos, casa propia) sin que suponga vivir del invento o corromperse. Yo misma no gano casi nada, tuve que hacer un negocio de renta de habitaciones para turistas, con mi mamá, para vivir mejor pero, —y resuena un pero, un punto de giro que reconcilia sus principios y contradice, al calor de sus acontecimientos, el gran proyecto al que se enfrenta— al final, mijo, todo el mundo está así. En cada lugar del planeta existe gente mal parada, gente que se va o se quiere ir, gente que deja sus raíces por culpa de las circunstancias.

A kilómetros de distancia, una mujer de 50 años, desde la soledad de su casa, mira el retrato despintado que muestra en la pared del cuarto. En la foto están sonrientes un grupo de muchachos que ella solía ver corretear en los pasillos angostos del hogar. Ninguno vive en Cuba. Ni sus sobrinos Rocío y Adrián, ni Mónica ni su hermano, ni sus dos amadas hijas. “Es increíble como a mi familia no le quedan jóvenes en esta tierra. Ah sí, quedaba solo una sobrina, se llama A. y partió ayer para Ecuador”.

1 comentario:

  1. que verdad tan cierta, no se ni que decir porque realmente no se ni que pensar ante tanta verdad, un beso, ah, se me olvidaba decirte que si puedes me des una foto tuya.

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