miércoles, 11 de marzo de 2015

Detrás de la grabadora


Ya lo había dicho una gran periodista profesora mía: la entrevista es el arma básica del periodismo. Que si la forma ideal de obtener información de la fuente, que si el esqueleto para construir todos los géneros, que si endiosa o destruye a la persona… pero nadie, ni ella, me había advertido de las talanqueras que supone llegar al entrevistado.

Entrevistar. Palabra tan romántica. Nos viene a la mente Amaury Pérez en su set de televisión con la hidalguía de los grandes intelectuales enfrente. Pensamos al momento en Ciro Bianchi y su capacidad prodigiosa para recordar cada palabra de la conversación. Ambos con la seguridad suficiente para mantener las personas en vilo y penetrar, con astucia, en los vericuetos de las grandes personalidades.

En estos días me creí el hijo de Consuelo Vidal y me enamoró la idea de llegar hasta Frank Fernández con la misma entereza de Con dos que se quieran. Tan lindo me veía yo hurgando en todas las particularidades posibles sobre el pianista y compositor de más de 650 obras.

Yo, ahí, como un angelito estudiando su psicología e imaginándome mis respuestas en el aire y él contestándolas con lágrimas en los ojos…Mi jefa de redacción recordaba los tiempos en que de joven corría detrás de cuanta personalidad tocara suelo de Santa Clara y hasta un día se metió en el camerino de Alicia Alonso para sacarle unas palabras. Pero mire, señora, ya no corren los 70 u 80, cuando la utopía de la igualdad todavía nos era cercana.

Los de ahora son tiempos de distancia, lo mismo para aquellos artistas de renombre que para funcionarios burócratas. Vivimos la época en que entrevistar significa correr en maratón detrás de una fuente que no está para periodistas porque se cree superior a los medios.

—¿Dónde está el jefe? —En la reunión, de recorrido, con la visita, en el almuerzo. —¿Puede darme la información? —Ahora no puedo, tengo que consultarla, no estamos autorizados. —¿El directivo está ahí? —Síiii, hmmm espera, (grita) ¿fulano está ahí? (susurra) ¿jefe, hay un periodista ahí, qué le digo por fin? (me dice) no, mi amor, no está —¿Cuándo regreso? —Mañana. —¿Cuándo regreso? —Mañana. —¿Cuándo regreso? —Mañana. —¿Cuándo regreso? —Mañana…

Por eso prefiero la historia de gente de pueblo. La entrevista a la trabajadora que yace complacida en su rincón de municipio con tremenda alegría. A la acarreadora de leche que da una lección certera al machismo de su campo. Al longevo y olvidado trompetista que una vez visto su nombre en el periódico tuvo muchas más razones para sonreír.

Que no me diga la gente que el periodismo es carrera fácil. Que no digan por ahí que es un oficio para cualquiera. Que no hablen de lo que no conocen. Y si van hablar que digan, sin temor a equivocarse, que basta con que una de estas cosas salga bien cuando estoy detrás de la grabadora para dejarme estrujado el pecho de felicidad.

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