jueves, 17 de enero de 2013

Memorias en la UCLV (Becas II)


Cada viernes, cuando mis pies tocan suelo trinitario, un sentimiento de enajenación por la ciudad donde nací me invade los pensamientos. Como si aquel lugar donde solía correr descalzo con mis amigos del barrio ya no fuera mío. La razón es simple. El habitual recorrido por los parques, callejuelas empedradas y cuentos hasta el amanecer se trasladaron de provincia. “La beca me ha alejado de mi casa” le dije en cierta ocasión a un amigo.

La universidad complementó lo que inició el Preuniversitario, pero ya estaba calando en mi desarrollo ese alejamiento por mis hábitos raigales, para dejarme ser parte de otras realidades que, aunque parezca absurdo, cambian la vida de todos los jóvenes.

Así llegó hasta mí la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas (UCLV), resultado del fallido intento por encontrar sosiego en el periodismo de la universidad capitalina – sin cambio de dirección no hubo traslado –, que a la larga se convirtió en la gratitud de la nueva vida que se advenía ante mí y me convertiría, de una vez por todas, en adulto.

La mañana cuando arribé a sus carreteras internas y los pasillos recién acomodados de la facultad de Humanidades, yo era el típico novato adolescente de primer año, con aquella excitación visible desde las carcajadas a modo de rufián con mi amigo Javier, y mis ojos sobresaltados ante la majestuosidad tercermundista del campus verde y tranquilo de la Martha Abreu. Recuerdo la cola de la matrícula, los alumnos que por primera vez vería hasta estos días, y la voz de la secretaria anunciando un “firma aquí”, que declaraba el inicio de esta carrera, más de fuerza que de resistencia.

Desde entonces me han sobrevolado las experiencias más diversas en este centro de altos estudios. Las madrugadas frías, las tardes calientes y la satisfacción de conocer las más diversas personalidades, desde los noctámbulos Arnaldo y Frank – seres traídos desde la galaxia del insomnio y la felicidad de la bohemia – hasta la rectitud adventista de Rogelio, los malhumores de José y las polémicas divisionistas de mi año de estudios.

La UCLV parece una universidad como otra pero no lo es. El solo hecho de radicar en Santa Clara, una ciudad donde se funcionan casi todas las tendencias del hombre, sin miedo a decirlo, una de las ciudades más cosmopolitas de Cuba, le imprime una singularidad generacional, rica en diversidad. Mi edificio de beca, el U5, ubicado al sur del teatro, y al frente del gran edificio femenino 900, es el colofón de estas características, el resultado del nacimiento del irracionalismo cubano.

Es, en resumen, el lugar donde emerge la bohemia al compás de la guitarra y la sazón de la novísima trova, porque el U5, aunque alberga a las carreras humanísticas y sociales, también pueden ser frecuentados por aquellos provenientes del resto de las residencias amantes del mundo nocturno. Se ha visto, como en pocos lugares, a chicos del mismo sexo amarse sin los tabúes de esta sociedad.

A esta universidad por la que me quedan algunas veredas que caminar, ya le agradezco los sinsabores con los que alguna vez me fui con mis ojos empañados: cierto examen deficiente, alguna riña de menor grado o la mirada pérfida de las relaciones interpersonales. Pero también la manera en que he aprendido del mundo y sus obstáculos, y por qué no, de ciencias humanísticas y de la comunicación, a fin de cuentas vivo en tiempos en que estudiar resulta muy fácil por la facilitación de mi sociedad y esto hay que agradecerlo.

Algunos días suelo volver sobre el camino de cuando buscaba ansioso el lugar para mi matrícula en la carrera, hace ya más de tres años, con la convicción de extrañar todas estas etapas tan ricas del estudiantado superior. Por estos y otros andares por los que una vez el Che Guevara proclamó la necesidad de vestirse de negro, de mulato y de pueblo veo pasar la juventud novel sonriente, la mano del profesor repleta de documentos, el estudiante de otros lares, a punto de vivir lo que yo inicié en septiembre de 2009. Entonces recuerdo cuánto extraño mis raíces y la manera en que algún día sentiré la dulce nostalgia de la Marta Abreu.

2 comentarios:

  1. Gracias por el buen recuerdo, alimento vital de la nostalgia.

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    1. Ah pues muchas gracias, aunque soy estudiante aun, radio trinidad me abre las puertas para poder tener este blog, desde aquí, y en nombre de este colectivos, mando un gran saludos a todos ustedes... Gracias

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