jueves, 10 de enero de 2013

Había una vez en el Eusebio Olivera (Becas I)


–  Llevo más de 6 años becado entre preuniversitario y educación superior, y no lo puedo creer – la voz sorprendía a mi amigo como absorto por una revelación divina. El resto de quienes escuchábamos atentos, redirigimos una típica charla ocasional, para quedarnos sometidos a una especie de éxtasis reflexivo similar a eso que dicen de los moribundos: Nos pasó toda la beca delante de los ojos.

Ese sitio, a veces necesario para un adolecente cubano, se nos envejecía como un niño crece en las narices de su padre. Preferimos entonces cambiar los debates típicos de la juventud veinteañera – amores, crisis existenciales, chistes de corte social - para vernos transportados  hacia aquellas rondas enteras de 10 meses lejos de casa, impacientes por los efímeros fines de semana, y unas cortas vacaciones que solo nos recordaban cuánto deseábamos el inicio del nuevo curso escolar. Pero, si esto fuese un cuento sobre mi primera beca, el Preuniversitario, comenzaría así:

Por allá por septiembre de 2005, aquel lugar de Sancti Spiritus me parecía una imagen extraída de una película del oeste: la entrada estrecha, “bendecida” por un cartel algo senil, anunciaba lo que casi seguro encontraría a poco más de 500 m de distancia y que se hacía llamar IPVCE Eusebio Olivera Rodríguez. Solo faltaba el buitre. Al entrar, paredes incoloras, viejas masetas carentes de vida vegetal y un silencio atroz, se tornaban en algo así como una broma de mal gusto.

Pero tras el arribo paulatino de las delegaciones municipales, aquella semejanza de Manicomio abandonado devino tal vez, en lo que para mi sería la Nueva Jerusalén. Abrazos de nostalgia, el cuchicheo de cuentos de verano, la satisfacción de ver a los nuevos y grandes amigos de otras localidades relucía en los rostros de mis compañeros mayores, como una experiencia digna de sentir, y que a la vera, yo la encontraría de buena gana.

Para nosotros los principiantes, becarse iba más allá de las fronteras de la “independencia”, resultaba una suerte de libertad condicional, donde “hago lo que quiero sin supervisión paternal”, pero con algunos tapujos. No pocos se iniciaban con algunas lágrimas caseras, porque significaba su primera vez, sí, la primera vez que lavaban, organizaban y trabajan en alguna labor agrícola. Realidad no muy distinta a la de nuestros padres, a quienes poníamos los pelos de punta: Que si el niño necesita ropa, aseo y comida, porque aquellos lugares “no son como la casa”. Y no lo fue, porque a la vuelta de la esquina, regresamos adultos.

Así sucedió conmigo, cuando un día me descubrí crecido alrededor de literas y clóset de madera, y aun así, feliz por tantas experiencias vividas, con las cuales aprendí por qué de vez en cuando conviene darle una mordida al fruto prohibido de Adán y Eva. Y para quien no haya estado becado, no diré que no sabe lo que es la vida, pero ¿quien de mis compañeros no me puede contar su historia con un charquito en el corazón?

Anécdotas existen miles. Los primeros amores de pubertad, algunos de por vida, otros que esporádicos, encontraban sitio en los albergues, las aulas descuidadas e incluso las canchas de básquet, cuando los oficiales de guardias bajaban la vigilia nocturna. De mala guardia venían también las fugas hacia la ciudad, porque el exceso de estudio anunciaba que ya era momento de un poco de adrenalina, o cuando las provisiones de la semana, agotadas, hacían estragos en el estómago (me reservo el tema comedor).

No voy a hablar mucho de los albergues, extensas habitaciones capacitadas para casi 100 personas, donde el sueño resultaba la ultima alternativa nocturna. Conciliarlo se convertía en una dicha para algunos, más común era entablar una buena conversación, algunos chistes e incluso una guerra de zapatos, pomos o almohadas. De vez en cuando se escuchaba en las madrugadas, los pasos a hurtadillas de Guille, Yadiel o Dayron, provenientes de alguna visita a la cama de sus “mejores amigas”.

También existieron las amistades, ah! Las amistades del Pre no tienen comparación, nacen del vínculo prefecto entre inocencia y madurez, y dicen que duran para toda la vida. No por gusto un grupo de amigos nos reunimos cada año, sin importar el rumbo escogido. Recuerdo que en noches de apagón –bastante común por esos años – hacíamos círculos en la plaza principal del Olivera para hablar, reír y cantar al compás de nuestra razón de existir.

La idea de las escuelas becadas, excelente opción propuesta por Fidel Castro en aras de igualar toda aquella masa segmentada que apenas podía llamarse sociedad cubana, dio inicio a un nuevo tipo de cultura dentro de la población. Confieso que no me basto para reflejar las experiencias vividas al inicio del proceso revolucionario cubano, pero los recuerdos de mis generaciones predecesoras me sumergen en una especie de regocijo nostálgico, por aquellas historias que por duras no dejan de ser románticas.

Las realidades cambiaron, y con el nacimiento de esta década, tocó poner fin a casi todos los preuniversitarios becados de Cuba, a excepción de algunos especializados (como el IPVCE). Opción justa, la verdad, pero que cambia el decursar de una tradición cubana, esa de separarse de los padres a determinada edad, e ir a escuelas en el campo, listos para formarnos verdaderos seres humanos (o deformarnos quien sabe). Puedo decir – y ya termino – que sin la beca no hubiera sido este que soy en la actualidad. 

Me voy, no sin antes hablarles del estudio en el preuniversitario, porque aunque no haya querido darle un lugar merecido en este surtidor de nostalgias, fue él quien me llevó a mi siguiente beca, como disparado a un mundo que creía similar y resultó una vida completamente diferente y espectacular: La Universidad. Pero esa es una historia para contar la próxima semana.

2 comentarios:

  1. Hola! Yo estuve en el IPVCE también, estaba leyendo tu blog y me parece super interesante, además de que me has hecho recordar. No soy de los que lo pasó muy bien pero aun así comparto tu opinión de que allí nos hicimos adultos. Gracias por este pedacito de recuerdo.

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  2. Gracias Jorgito, por los halagos y por acercarte a mi espacio de Internet, me alegro mucho que mi pedacito de recuerdo te haya tocado el corazon. Te invito entonces a que repitas tu visita y dejes constancia de tu criterio. Saludos

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