martes, 1 de noviembre de 2016

Limones Cantero (II)



De los secaderos de café en el campamento de Limones Cantero, en un punto rural de Trinidad, me acuerdo un día de agosto de 2016, mientras marcho en un carro y dejo atrás esos predios. Decía que es domingo, y me muevo hasta Santa Clara dentro de un auto hermético, a salvo de las llamas a las que conocen como calor de agosto.

Los secaderos eran el sitio simbólico donde no apilaban el café recién colectado, sino a nosotros en plan infantería. Sin embargo, en la noche trasmutaban hacia un mundo diferente. El mundo donde se hacía esencial la escuela al campo o, llegado el caso, donde recordábamos por qué, a pesar de todo, nos gustaba estar ahí, por qué habíamos accedido a vivirlo en vez de fingir una enfermedad o desgarrarse en llanto el primer día para dar media vuelta y no volver jamás.

Los secaderos, de noche, eran la vida misma de la escuela al campo. El parque G de Limones Cantero, la discoteca de turno, el burdel, el escenario de artistas, el mirador de nuestras vidas. Después de las 8 de la noche no se veía nada, no podíamos entrar en los albergues, donde yacía la única luz adecuada. Por eso empacábamos linternas y colchones, y nos tirábamos en grupo a mirar al cielo ¿Acaso hay un cielo estrellado más hermoso que el de una noche otoñal de la ruralidad cubana?

Allí, tumbados y descubriendo constelaciones, —al menos las constelaciones que nos supiéramos— éramos, por momentos, felices. Allí llegamos a ser más seres sociales que nunca. La lata de fanguito mía era tuya, la linterna de aquel se la prestaba al otro, y la colcha para taparnos, y el abrigo para una muchacha bonita. Allí contábamos improvisados cuentos de horror del que nos asustábamos solo por no hacer el desaire. Allí, por ejemplo, mi amigo José Armando perdió la virginidad a los 15 años, con una guajira de Güinía de Miranda que tenía familia en la zona y quiso dejar su huella en varios de nosotros. Allí, por primera vez, una cristiana evangélica rompió su brecha y besó a un pagano, después de que él le cantara a viva voz en un improvisado escenario. Allí un día un grupo de muchachos se vistieron de mujer y actuaron, en lo que debió ser uno de los pocos show de transformismo que ha acontecido en ese entorno.



Pero en la mañana se desvanecía todo. Después de la vida nocturna tocaba trabajar. Y bien temprano, con el primer rayo de sol. Hasta los cafetales a recoger cuatro cestas profundas, que más que retener parecían irse tragando los granos cuando uno se despistaba. Yo, bastante bitongo a esa edad, terminaba una cesta cuando otros entregaban tres. Eso hasta que me encontré con una más vieja de apenas cuatro dedos de profundidad, que ensamblé a la grande y lograba llenarse más rápido; y hasta que una profesora me contactó para hacer un cambio: dos cestas anotadas por una caja de jugo.

A los 15 días, las dosis de felicidad se iban acabando. Pasado ese tramo temporal ya iban importando más los desvelos, y las jugarretas nocturnas, de tanto repetirlas, se tornaban rutinas. Eso y que el comedor no perdonaba ni a los más aventureros. Encontrar todos los días —o al menos casi todos los días— arroz, frijoles y yuca (léase arroz con impurezas, frijoles aguados, yuca dura), colmaba la paciencia.

Pero nada más oportuno que una epidemia de conjuntivitis.

Con la aparición del primer enfermo, llegó el primer pase de recuperación, que era lo mismo que varios días en casa. Lo suficiente para reponer fuerzas. De momento se descubrían todos intercambiando toallas, servilletas, espejuelos, a ver si tocaba la divina suerte del contagio. Algunos, más radicales, le restregaban el ojo al otro. Y así hasta que un fin de semana quedaron solo unos pocos guerrilleros en el campamento.

Al retorno, claro está, se pobló Limones Cantero otra vez, y la suerte pudo revivir las mismas rutinas de antes de la epidemia, hasta acabar un día con las maletas en la puerta, en espera de un camión que nos devolviese a la casa. Pero Limones Cantero no quería dejarnos ir. Hasta las 5 de la tarde en espera de un transporte que nos llevase. Llegaron los relevos de otra escuela, pasaron bandas de cotorras que fotografiamos, se gastaron las últimas galletas almacenadas y nosotros aun ahí, sin almorzar, porque la comida que había estaba reservada para los nuevos inquilinos. Se suponía que nosotros no deberíamos estar allí, que llevásemos horas en los rincones calientes de nuestras casas. Suerte la del amor materno, que pobló de alimentos los bártulos de los recién llegados y nosotros al fin y al cabo pudimos comer. Nunca nos supo tan delicioso el arroz, los frijoles y la yuca.

Tampoco en este instante me ha parecido menos delicioso, cuando lo recuerdo con la felicidad infantil e ingenua con la que uno vivía entonces, sin grandes pretensiones, riendo a pesar de las penurias. Y todo eso lo evoco por estos días, por un simple flash momentáneo, tras ver el corroído campamento Limones Cantero, cuando iba en un auto rumbo a Santa Clara, 13 años después.

Fin.

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