miércoles, 9 de septiembre de 2015

Soledad

Foto: Yariel Valdés González

Ecos. Ecos. Ecos. Ecos… Hablar y mirar el techo desde la cama. O pensar, que en un final es decir las palabras en el interior para que no se las lleve el viento. Repites una vez. Hasta lo oyes. Repites de nuevo y estás ahí, dispuesto a no recorrer las cuatro paredes de tu cuarto por enésima vez.

Gritar. Gritar. Gritar. Gritar… sordamente, para que nadie te oiga. Y escuchas que tu misma voz te habla sin ser tú siquiera y descubres que la oscuridad puede tener todos los sentidos posibles… Lo puede ser todo. Y no puede ser nada.

Andas. Andas. Andas. Andas… pero vuelves tras tus pasos como buscando algo. El teléfono no suena. La puerta cruje y los astros pasan. Las almas vuelan en círculos diciendo nombres que se pierden de nuevo en la conciencia.

Conciencia. Conciencia. Conciencia… te exprime las neuronas de tanto pensar en la vida recién dejada en manos de otro. Hubo una fiesta de carne gemido y deseo… Por momentos resuena la tarde de Noviembre de Leo Brower. De momento se escucha un bolero resucitador en la radio.

Respiras. Respiras. Respiras… Yacías en el rincón del cuarto cuando te fijaste que el vacío de la soledad es corpóreo. Maldita contradicción filosófica. Maldita dialéctica de la existencia cuando dice que todo lo físico te hace recordar cuan solo estás…

Hay soledad en la sombras. La figura misma de uno se repite y miras a tu lado y lo figuras todo. Lo cosificas. Te caes hondo, dentro de ti, en cada objeto que miras… Y piensas que no debes seguir cayendo, que ya no vuelves, y que no sabes cuando alguien te pueda rescatar algún día…

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