martes, 26 de mayo de 2015

Regreso a Ítaca, ¿una catarsis necesaria?


Que Regreso a Ítaca resulta una película catártica no es secreto para nadie, mucho más al conocer que uno de sus guionistas, Leonardo Padura, forma parte de la generación a la que quiso ponerle voz en este largometraje lo bastante incisivo como para poner en jaque a directivos a lo largo y ancho del país. Pero, al fin y al cabo, ese sector poblacional que vive los 50 años de edad, se merecía un grito de desahogo ¿no?

Puede ser, ciertamente, que la vida de los cubanos que nacieron con la Revolución es mucho más compleja, más rica en matices. Es comprensible creer que no todos resultaron ser escritores devenidos emigrantes, ni pintores frustrados por el estado de las cosas, ni madres condenadas a perder a sus hijos en el exilio, ni empresarios corruptos ni “creyentes” comunistas en plena “crisis de fe”. Pero asumámoslo: también este grupo de cubanos forman un porciento altísimo.

Fueron ellos de los más perjudicados por las situaciones internas que el oportunismo y los burócratas de turno —como la Gladis de la historia de marras, funcionaria del Ministerio de Cultura que, luego de cazar las brujas del mundo cultural cubano, terminó cruzando el Atlántico y asentándose en la Madre Patria — contribuyeron a incidir sobre una parte importante de la sociedad. Yo, que a los veintitantos me resultan un cuento de camino aquellas historias, comprendo la necesidad de gritar a los cuatro vientos cuantos desmanes hubiese sido posible clasificar, posición política aparte.

Puede ser, y respaldo 100 % la afirmación de muchos de mis colegas, que un sector igual o mayor de aquella generación pudo salir adelante en el periodo especial —la gran mayoría, de una forma u otra, lo logró—, que enfermeras, doctores, maestros, artistas y escritores abundaron y encontraros puntos de escaque para apaciguar el contexto y brillar entre tanta oscuridad —el quinquenio gris estuvo permeado por intelectuales que amén de las incomprensiones continuaron apoyando el proyecto político—, pero, a la larga, ya esa historia está contada.

Faltaba, entonces, que esa otra parte, la verdaderamente traumada por las circunstancias, gritara a los cuatro vientos su sentir sobre una realidad que se nos ha presentado ahora más que nunca compleja, imperfecta contra todo pronóstico, convulsa, con un horizonte demasiado difuso como para comprender hacia dónde se dirige el peregrinaje de tantos y tantas en el país. Basta seguir la trayectoria ideológica de quien fuese una especie de vocero de la Revolución Cubana, Pablo Milanés, para advertir el porqué de esta película y, por tanto, el porqué de esos alaridos sentimentales.

Mala suerte, quizás, si el recurso para ello se hubiese quedado chico en solo una azotea habanera donde una partida de cincuentones se reúnen a recordar y reflexionar sobre toda la historia que han vivido. Escenario cerrado que puede llegar a cansar al espectador, pero, a mi muy personal juicio, no es nada que una horda de actores —en estado de gracia, para no perder el cliché de todos los medios— no pudiera salvar, con diálogos lo suficientemente articulados como para cargar con todo el peso dramático de la historia.

Demasiado presuntuosa les parece a muchos. A otros, aburrida por tanto dramatismos de dime que te diré entre esta gente, vale repetir, interpretada con maestría por una representación de lo mejor de los histriones cubanos. Mi visión personal: es esta una declaración para poner voz a un asunto dormido hasta entonces.

“!Está perfecta!”, soltó mi vecina justo después de aparecer el primer indicio de los créditos, ella, que a sus 52 años ha vivido muchas azoteas con amigos encontrados, y ha blasfemado una cuantas veces por obra y gracia del apagón, y ha sentido los deseos de largarse para siempre, y ha decidido, irremediablemente, quedarse junto a los suyos... Regreso a Ítaca le pareció, entonces, una verdadera confesión generacional, el grito de sus contemporáneos a lo largo de los años.

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