jueves, 21 de noviembre de 2013

Yuma en mi propia tierra

Esta foto tiene su historia, o mejor, luego de que hiciera esta foto surgió una historia. En realidad la cuento no porque tenga un halo místico, una trascendencia auténtica, ni muncho menos un aporte patrimonial en tiempos de celebración para mi Trinidad tan banalizada. Lo cuento porque es, cuando menos, un pi 3,14 de la ciudad donde vivo.

Sucedió este fin de semana mientras intentaba buscar una imagen preciosa de la tercera villa cubana, porque en estos tiempos de otoño, si bien no tenemos esa representación pintoresca de las hojas secas en el suelo, por lo menos contamos con unos crepúsculos encantadores. Sucedió justo en el lugar donde acaban las casas, a unos metros de la entrada de la cueva Ayala, y donde este caballo me pareció agradable a los ojos.

El problema fue que me dijeron Yuma: amigo, eh, desea usted algún collar cubano?, mire, son hechos a mano, mire, solo 3 CUC, mire, solo los hago yo, mire, está biuriful ese caballo… y así, con las erres inglesas y todo, recibí una avalancha de burdas propuestas de venta. Por momentos esa barriada de la Popa, en los suburbios trinitarios, se me convirtió en un bazar de segunda categoría.



Miré mi ropa, mis zapatos, y hasta hubiese querido tener un espejo para validar la hipótesis que me daban aquellas personas de que yo parecía un individuo nacido en tierras ajenas, yo, pobre inmaculado pichón de periodista que jamás he cruzado las toneladas de mar que me rodean. Yo, que mi piel trigueña y los pelos negros, me hacen parecer, cuando más, un español de mala muerte.

Si me pongo un poco creativo los puedo imaginar inventándome una identidad, como en cierto cuento de Gabriel García Márquez, donde el cadáver de un gringo llegó hasta las costas de una comunidad humilde – una especie de Macondo no creado – para convertirse en "El ahogado más hermoso del mundo". Esteban, le pusieron, es nuestro, le dijeron y una estatua le esculpieron a aquel que nunca conocieron…

Me molesta mucho que me confundan con extranjeros. Ya bastante cultura del turismo tenemos como para no saber diferenciar la esencia cubana por encima de la ropa. Pero, en estos tiempos cuando el signo de dólar se tatúa en la mirada, cualquier indicio de lo foráneo vuelve a la gente ardillas en busca de su nuez. ¿Mi indicio? La cámara que portaba en mis manos. En medio de un supuesto lugar bueno para anda, el que hiciera fotos resultaba anacrónico. Les di puntos a su favor.

Me molesta, además, que ciertas prácticas culturales sean legitimadas por lo que se exporta de a'fuera, como tirar fotos a un caballo en medio de la calle, como vestirse con ropa de color entero, o que se yo que otra cosa venida de esa utopía creada por un más allá surrealista, un mundo propicio para cumplir todos los sueños…

Me molesta, sobre todo, porque Trinidad vive de esa manera en su día a día. No es la primera vez que presencio una escena así. Solo que nunca había estado solo y siempre deduje que no era yo el provocador, que había otras cuestiones que tendían a confundirlos. La primera vez iba con una amiga, rubia hasta la coronilla, vestida con blusa ancha de color entero, pantaletas rotas y sandalias artesanales; entonces nos propusieron taxi a la playa. La segunda porque mi compadre Javier, regordete, rosado de piel y muy humilde en su vestir, le encanta pasearse con sus maquiavélicos propósitos entre el tumulto de la Candonga, esa especie de feria artesanal tan típica de nosotros; recuerdo aquel día, la mujer ni siquiera esperó a la pregunta de cuanto cuestael artefacto, pero se le adelantó: amigou, estou se abre así.

Trinidad, la ciudad que cada vez se acuerda menos de su identidad, cuya idiosincrasia tan rica y típica de estos parajes fue forjándose casi distinta y paralela a las muestras de nacionalidad cubana en la época colonial, hoy se vende como un producto banal, estandarizado hasta un punto de crearse, ella misma, un reflejo superficial de una cultura basada en el buen confort y el asedio al turismo. He escuchado decir que se está alejando del mar, que se esta alejando del monte.

Pero ahora no quiero perturbarme por nada más. Continuo mi camino hacia la Plaza Mayor donde existen imágenes encantadoras: el sol del crepúsculo, más bello por estas fechas, se escurre por entre las verjas, los aleros de tornapunta, los grandes portones decimonónicos, la quietud de las piedras en la calle, la gente de pueblo que se presta a disfrutar, como yo, de tan encantadora tarde. Viene otro a proponerme algo. Se me acerca. Pregunta. Me da vergüenza que me miren así, lo reconozco, pero ya tengo armas para combatirlos: Señalo un "no" con el dedo y suelo ametrallarlos con esa cara de bonachón desentendido que ponen los turistas. Así, les dejo el beneficio de la duda.

8 comentarios:

  1. Buen post, Luis Orlando...muy real! Leyéndote recordaba una anécdota tragicómica que me sucedió a la salida del cementerio de Trinidad donde había ido a visitar la tumba de mi padre. Allí había un hombre con un par de perros que, al verme con la cámara en mano, vino a venderme no sé qué, cuando le dije que yo soy tan cubana (y trinitaria) como él, me dijo: - ¿quieres tirarte una foto con los perros? - Yo, que había salido algo cariacontecida del recinto, no supe qué hacer, me daba pena el patetismo del hombre pero, a la vez estaba molesta con la situación absurda de ser "yuma en mi tierra", como bien dices...en fin que ni sé qué le contesté y me fui rápidamente de allí. Es cierto que no vivo en Cuba, pero no me acostumbro a esas situaciones. Debo decirte que ese es un fenómeno que se repite en todo el mundo en sitios muy turísticos, pero lo raro es eso...que lo hagan sentir a uno así.
    Saludos!

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    1. Muy simpática historia Mayra, lástima que transcurriera en un momento así para tí en esos tiempos, pero vale decir, que esa misma situación pudiera inspirar un muy buen post, así que si algún día te embullas puedes abrirte tu propio blog, je je ... Puede que eso sea una constante en otras tierras turísticas, pero sabes que los cubanos, y los trinitarios en especial, sentimos una sentido de pertenencia bastante fuerte, por eso se nos hace más incómodo. Un saludo grande... y siempre bienvenida a mi bitácora

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    2. Molto vero quello che scrivi, Mayra: è così in qualsiasi località turistica del mondo. Io sono italiano, cittadino romano, e vivo a Roma da più di cinquant'anni. Eppure, ogni volta che decido di fare una passeggiata nel centro storico munito di macchina fotografica, ma anche senza, sono costretto a subire le inevitabili offerte, lanciate a raffica in tre o quattro approssimativi e diversi idiomi, di comprare qualsiasi cosa, di farmi fotografare con il falso centurione o gladiatore o vestale, di bere o mangiare qualcosa, etc.
      A volte mi chiedo se anche Cristoforo Colombo fu accolto così dagli indios Taino.

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  2. Tómalo con humor, Luis Orlando... Te leo siempre, un abrazo...

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    1. Catalizo los que siento escribiendo... yo también te leo siempre, otro abrazo

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  3. qué decirte, a mi me confunden con peruano, en mi santiago, y en las tunas, esa otra tierra que amo, me dicen boliviano... eso me pasa cuando me pongo mi short azul "Nike", mis sandalias remontada (pero que no se nota), mi pullover azul de Kaká, con mi pelito medio largo y cara de achinado medio bobo... y nada, ni siquiera me piden el carnet la policía (nunca lo han hecho) y entro a cualquier lugar.... así que a sacarle provecho.... oye lo que cuentas de trinidad duele, yo pensé que permanecía "inmaculada"... en fin, el mar (o mejor, según tus palabras, las toneladas de mar)

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    1. jajaja muy simpático eso, asi que peruano y boliviano jajaja el problema que en trinidad lejos de sacarle provecho trae perjuicios, porque siempre quieren cobrarte más, sacarte los dólares, así que, en fin, toneladas de mar por todos lados y yo sigo con el mismo mal, aunque hay gente que le gusta sabes? y gente que le pasa mucho mas que a mí. Saludos

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  4. "Nemo propheta acceptus est in patria sua" dicevano i latini, "ma Yuma, evidentemente, sì!" bisognerebbe aggiungere. Gran bel dipinto, fresco e veritiero. Ma non solo a la Popa, bensì nell'intero quadrilatero delimitato a nord da San Antonio (Armenteros) e Les Tres Cruces, a sud da San Procopio (Perez), a ovest da Gutierrez (Maceo) e ad est con la Popa e Santa Ana. Entro quei confini il mio essere Yuma (perché ovviamente io lo sono) è testimoniato da continui, reiterati ed instancabili assalti, normalmente cortesi e portati con il sorriso sulle labbra ma la cui persistenza, a volte e complice il caldo, può farti mancare l'aria. Ma basta allontanarsi un po' da quello stupendo palcoscenico per ritrovare, almeno in buona parte, la propria dimensione "normale". Il venditore di guarapo che sta in Gutierrez vicino all'ospedale, così come il venditore ambulante di sfogliatine con la guayaba, mi hanno sempre fatto sentire ciò che, al momento ero per loro: una persona. Così come ho sempre trovato una tranquilla curiosità, se non anche placida indifferenza, in tutti i piccoli paesi intorno a Trinidad: come El Oro, Cuyuji, San Pedro e Condado, o come Jibacoa nell'Escambray dove ho fatto una gigantesca bevuta di birra spillata direttamente da un'autobotte. Ma, in conclusione, questo deprecato "assedio al turista" è, in ultima analisi, ben sopportabile se poi noi "yuma" continuiamo a tornarci e con gioia. Io torno a Trinidad dal 2000 quasi tutti gli anni, insieme a mia moglie, e certamente continuerò a farlo. Qualche foto l'ho postata qui: https://www.facebook.com/enrico.subioli/photos_albums
    Saluti.

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