miércoles, 12 de octubre de 2016

Transformismo y Humor: la fórmula de Blaccucini


Fotos: Yariel Valdés González
Blaccucini nació en el patio del Mejunje, Santa Clara, el primero de septiembre de 2007, cuando decidió pintar de rojo intenso sus labios negrísimos y evitarle a la gente, arrancándole risas, tristezas similares a las suyas. Le pusieron así, Blaccucini, con dejo paródico, por ser el Black Cousin (Primo negro) de una familia enorme.

23 años antes de esa fecha, en Camajuaní, habitando un hogar de más de 10 personas, nació Denet Oliva Triana, el niño barón que palpita debajo de esta mujer y que en la calle reconocen como “Blancuchini”, acaso por parecer una ironía la del propio nombre, que suena como blanco y, en cambio, anuncia una figura negra.

Los más acérrimos dirían que la desgracia no podría ser doble: “¿Negro y maricón? imposible”, pensarían. En todo caso es triple para el imaginario discriminatorio: Negro, gay, transexual. Nada que le haga perder el sueño.

“Yo creo que la sociedad ha sido bastante benévola conmigo. Discriminación hay, pero no te puedo contar ninguna historia de horror al respecto. De hecho, acostumbro a actuar en espacios fuera del Mejunje y la aceptación del público es mejor. En comunidades rurales voy con Silverio, a nuestros programas culturales, y esos guajiros te reciben con un cariño… parece que mis payasadas de verdad los divierte”.

En el propio Mejunje, adonde no deja de ir en ninguna de las tardes en que despierta —“soy noctámbula, mi vida, duermo casi todo el día”— me espera como esperan las grandes figuras: dejando claro que es reina y señora del lugar. Con un gesto de vedette manda a quitar la música. El DJ obedece.

—Eres una de las pocas transexuales que hace humor en Cuba. Quizás la única, pregunto a esta figura inmensa.

—Conozco otra en La Habana, pero no es la misma línea que yo. Lo mío es la comedia musical. Aunque aclaro que yo no me considero comediante, ni humorista, quizás transformista con vis cómica. Una artista.


Subestimar esa vis cómica la ha alejado de una solicitud de ingreso al Centro Promotor del Humor que ni siquiera considera oportuna. Aun así, cuando sale a escena, su principal propósito es hacer reír bajo los cánones del transformismo: Música de fondo más un playback que realce la femineidad de este hombre por genes y mujer por convicción. Vestidos, lentejuelas, pelucas. La técnica de la fonomimia a Blaccucini le resulta cómoda, un recurso de humor de cabaret bastante explotado por exponentes de todo el país que ella incorpora. Lo demás es la aceptación del público. Y lo logra.

“Quiero cuanto antes evolucionar. El transformismo se queda en cosas superficiales: ripiarse el vestido y tirarse p´al piso, y la gente gritando ¡Oh, qué perra! Y a ellos hay que educarlos a que podemos aportar más arte. Por eso me di a la tarea de buscar un director de teatro que me ayude a construir un monólogo para mí. Pero aun son solo palabras”.

“Yo desde chiquito amaba sacarle el chiste a las cosas. Hacía parodias de canciones famosas, o escribía las mías propias para cantárselas a la gente en mi casa”.

El don se lo descubrirían sus familiares, primero, y sus amigos de la escuela, después. “Yo siempre soy la payasa del grupo”, comenta. Luego de transitar en diferentes niveles de enseñanza, por fin llegó a la universidad. Cómodamente ingresó en la carrera de Medicina, donde su identidad y preferencia sexual lograron emerger de una vez por todas, quizás porque el closet no aguantaba más, quizás por las injusticias del dinero.

“Hubo días en que mi hermana y yo íbamos a la escuela con el estómago vacío, porque si comíamos algo por la mañana no teníamos nada por la tarde. El único salario que entraba en mi casa era el de mi papá, que no tiene estudios, era obrero calificado y tenía que mantener a dos niños. Mi mamá era vendedora ambulante”.

“Así que dije: o termino un título y me paso la vida añorando una vida mejor, sin expresar abiertamente quien soy, o escojo una carrera que de verdad me guste y con la cual pueda independizarme de mis padres, lograr tener mis propios recursos y convertirme en una artista que haga reír a la gente. Esto último fue lo que hice”.



Un día, por embullo de unos amigos, Denet ajustó a su cuerpo los primeros atuendos de mujer. Los sintió deslizarse suave por su piel, hasta encajar perfectamente en sus toscos atributos. Miró al espejo y se vio como nuevo. O no, como nueva. Pintó sus labios. Actuó. El público no pudo evitar carcajadas.

Desde entonces Blaccucini ronda la plenitud: Artista, también activista del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) como coordinadora regional del proyecto TransCuba. Mientras, prepara su fórmula propia como repelente a la intolerancia, esa mezcla de transformismo y humor que nació el primero de septiembre de 2007, en el patio del Mejunje, en Santa Clara.

(Versión de un trabajo publicado originalmente en El Toque)

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