martes, 25 de octubre de 2016

Limones Cantero (I)


Un domingo, a las tres de la tarde, desde la ventanilla del auto que me llevaba de Trinidad hasta Santa Clara —en esa carrera infatigable que mantengo por vivir en dos lugares al mismo tiempo: familia y profesión, dos casas y ninguna mía— un vistazo me trasladó de vuelta 13 años atrás. Apenas un destello de la imagen por la ventanilla del auto. Un flash instantáneo pero plenamente real. Ni detención. Ni parada. Ni husmeo. Pero pude ver, justo al lado de la carretera, mi primera escuela al campo ¡Ah, la escuela al campo!...

Había olvidado que hubo una época en Cuba en que era menester combinar estudio y trabajo. La secundaria básica nos sorprendía dura sobre los meses de octubre o noviembre. De un zarpazo nos quitaban la ñoñería y nos montaban en una guagua Girón rumbo al corazón rural del municipio donde residiéramos, lomas van lomas vienen en el firmamento… 30 días en contacto con la naturaleza y conociendo las bondades de las labores agrícolas.

A los trinitarios, porque sí, nos tocaba apoyar en la cosecha de café, ya deprimida por esos días. A los muchachos, porque sí, nos destetaban de un tajo y nos ponían de bruces contra las primeras muestras de la pubertad hecha y derecha, en una maratón para sobrevivir en la lucha por salir airoso de la convivencia, la prepotencia de los profesores, la precariedad extrema (llegado el caso, miseria material), los primeros encuentros sexuales.

Limones Cantero fue uno de los campamentos al que debí ir, arrastrado por el embullo de mis amigos del barrio. Por los mismos parajes donde unos 50 años antes el bandidismo se cobraba las vidas de los campesinos que le daban la gana, a unos pocos kilómetros de donde asesinaron a Manuel Ascunce, cerca del poblado de Polo Viejo… nosotros podíamos andar cafetales arriba y abajo, cesta en mano, riéndonos hasta dolernos el estómago.


El flash instantáneo ha sido tan intenso que no puedo dejar de recordar. Dos albergues enormes yacen como si no hubiese pasado el tiempo. O en aquellas jornadas ya estaban tan jodidamente ruinosos que 13 años más, para él, no son nada. Dos naves de hormigón enormes, como si no hubiesen sido construidas, sino puestas a la fuerza en ese lugar. Aquellas piezas sin habitaciones, a manera de una gran longaniza, con techos de cinc y piso de cemento fundido, retenían decenas de literas. Lo demás éramos nosotros.

Un albergue de hembras y otro de varones brotaban de la tierra separados por apenas un metro. Tan cerca estaban que parecían obligar a las niñas a desvirgarse, frente a la potencia recién descubierta de muchachos prestos a poner a prueba el viejo mito que relaciona la satisfacción personal con el acné.

— Yo la tengo más grande que tú —le decía Dayron a José a cada rato. Dos palabras más y desenvainaban sus armas para demostrar quién tenía la mayor dote.

Detrás, por un camino de piedras plantadas a manera de jardín, se llegaba al baño. Si es que aquello le pudiéramos llamar baño. La construcción era tan rústica que casi ni podría ponérsele nombre. Dividido en dos por una tapia, de un lado, había cinco cubículos para bañarse. El sistema de desagüe debió ser ideado en la comunidad primitiva (la europea, no la nuestra): el agua corría por gravedad hasta el último de los cubículos y salía por una abertura hasta el monte, de manera que el último podía chapaletear en la churre de los cuatro primeros.

Del otro lado, los excusados. La palabra, en sí misma, lo dice todo. Nada de tasas de baño, ni tuberías, ni mucho menos agua: un orificio en el suelo donde soltar las evacuaciones. Era un sitio, valga aclarar, al que no queríamos ir nunca, por el olor, por la dejadez, por lo que significaba… algunas veces era preferible internarse en el bosque trasero y buscar un lugar seguro donde abrir un hueco, bajarse los pantalones, y depositar. Así de grotesco.

Frente a los albergues, había cuatro secaderos de café. Cuatro inservibles secaderos de café, pues la deprimida cosecha obligaba a llevar todo el producto a procesar a otro sitio que, evidentemente, no era aquel. Aquello servía para que, una vez despiertos a las seis de la mañana, nos paráramos en fila india a ver izar la bandera, cantar el himno, pasar lista, distribuir a los cafetales y marchar con el vestuario improvisado que se hacía de todo el viejo ropaje de casa: pantalón de uniforme ajado, pulóveres rotos, camisas viejas de papá, sombrero de guano para estar a tono y todo cuanto evitara la picadura de santanicas, esos demonios rojos que anidan en las matas de café.

Los secaderos y los albergues, tan visibles desde esta zona del auto, tan efímeros pero duraderos en mi memoria, hacen que la escuela al campo surja de nuevo, viva, para recordar las más variopintas historias de felicidad infantil, de carencias materiales, de epidemias y amores furtivos. Es como si mirar ese flash fuese un hechizo a mis ideas, y mis ideas un mandato a mis manos, y mis manos un aplauso de letras. Ahora solo quiero escribir.


Continuará…

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