martes, 20 de septiembre de 2016

Teo Pereira, el periodismo y la realidad


Foto: Tomada de Internet
En el capítulo del miércoles 7 de septiembre, en la telenovela brasileña Imperio se muestra una secuencia de escenas que refleja las celebraciones por año nuevo y Teo Pereira, ese personaje caricaturesco, ese periodista impertinente dibujado con una gruesa línea de antagonismo en la trama, se ve celebrando la noche vieja a oscuras, con una botella de Wiski, acompañado de la soledad que él mismo ha cosechado.

A estas alturas el público lo menos que dirá es: se lo merece. Hasta yo, valga aclarar, enganchado a Imperio desde hace unos meses, el personaje de Teo me molesta mucho. Es tan incisivo él, tan indiscreto, presto a llamar la atención de todos y acabar con la alta clase brasileña, la pobre alta clase brasileña que quiere, de todas formas, escapar de este demonio de la prensa que no los deja vivir a plenitud. El paralelismo con la figura del paparazzi, aunque técnicamente no lo sea, resulta innegable.

Tan bien configurada está la historia en este sentido que no podemos evitar una polarización inmediata. Amamos a los ricos, es decir, al Comendador y su familia; al Comendador, símbolo de la versión sudamericana del sueño americano, el inspirador pueblerino que logró ascender hasta lo más alto de la escala social carioca y que, pobre de él, tiene que lidiar con las publicaciones inescrupulosas; y odiamos a Teo.

La constante de la cadena O´Globo de reflejar los enigmas de personas en la cúspide de la pirámide social —historias de ricos hechas para pobres, historias de blancos hechas para mestizos, una representación donde los adinerados peinan cabellos lacios y miran con ojos verdes, y de los pocos negros hay una transexual y una bailarina de samba de esa suerte de arrabal que es Santa Teresa — nos lleva a olvidar constantemente que Brasil es mucho más que el mundillo que nos presentan de Río de Janeiro, y hasta nos creemos, como chiquillos, que los aristócratas pueden llegar a ser personajes de almas tan nobles.

Mientras otros guionistas han intentado reivindicar la figura del periodista, la del buen periodismo destinado a un compromiso cívico y social, el de Imperio se propone lo contrario. Nos presentan a un Teo Pereira narcisista, con una necesidad imperiosa —nunca mejor dicho— de atención. Que sea no solo homosexual, sino completamente afeminado —lo que diríamos, en buen cubano, una loca de carroza— es, cuando menos, sospechoso. Material de estudio para los activistas LBGTI, en tanto es parte indiscutible del descrédito que se proponen los hacedores de la historia.

Que sea, además, independiente, emprendedor de un exitoso blog con suficiente voz en el mundillo burgués en el que circula, intenta demeritar las vueltas que el periodismo viene dando en la sociedad moderna. Teo Pereira no necesita de un consorcio comunicativo, ni la afiliación a un poderoso medio de comunicación para ser influyente, para lograr un liderazgo de opinión. Le basta con soltar alguno de sus reportajes —y no lo neguemos, la investigación se le da bien— para poner a temblar de miedo a los linajes de Claudio o de José Alfredo.

Entra a jugar la ética en todo momento. Teo Pereira actúa sobre bases legales, comprueba los datos, publica en internet bajo su legítimo derecho y libertad plena. Y contra eso, ni toda la fortuna de Imperio puede arremeter. Al menos en esta novela. Pero constantemente es acusado por su amoralidad, explícita en las intenciones y hasta en sus monólogos. Teo Pereira indiscreto. Teo Pereria injurioso. Teo Pereira Farsante. Teo Pereira chismoso. Teo Pereira, la prensa a la que no aspiramos.

La ética, ese terreno fértil donde se asientan los intereses humanos; ese recurso imprescindible de la prensa, pero tergiversado a conveniencia cada vez que se quiera; ese juguete manipulado muchas veces, construido para satisfacer a quienes dominan el entramado mediático de cualquier sociedad; el as bajo la manga cuando se quiere encumbrar o denostar el periodismo.

Pero en el trasfondo de todo, llevado a un plano en el que quitáramos la caricatura y dejáramos al periodista, quedamos entonces con un modelo de periodismo no solo salvable, sino justamente un modelo al que se puede aspirar. Porque Teo representa, inconscientemente, al periodista apasionado que encuentra en un blog el nicho donde asentar su ética personal (aunque sea todo lo cuestionable que queramos) sin necesidad de responder a un sistema de censura; dispuesto a actuar como lo que el periodismo en esencia debe ser: un contrapoder, un deslegitimador de quienes mueven los hilos maquiavélicamente en —citemos como ejemplo— una nación millonaria como Brasil.

¿Puede ser, en la vida real, el dueño de una empresa de comercio de piedras preciosas un ser de tamaña humanidad y sentido de la humildad, un ser tan filantrópico, tan sencillamente bueno? Puede ser, si, digamos, forma parte de alguna que otra excepción del orden establecido. No es que mantener cuentas sustanciosas nos vuelva malvados a la primera, pero el mundo del dinero y el poder, nadie lo dude, es oscuro. Mantener una posición privilegiada en la pirámide social compromete los principios, obliga a resquebrajar los ideales propios. La historia se ha encargado de mostrar lo que puede hacer el hombre para no perder privilegios.

Lo han demostrado césares y papas. Lo demostró, por ejemplo, Harry S. Truman, el presidente de los Estados Unidos que en 1945 ordenó el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki cuando ya había terminado la II Guerra Mundial. Lo demostró Michel Temer en el propio Brasil, junto a toda la cámara de derecha que provocó la salida de Dilma Roussef de su mandato. ¿Por qué un empresario del comercio de piedras preciosas no lo iba a hacer?

En la novela Imperio al Comendador nos lo dibujan amigo de los pobres, pero en la vida real sería amigo de otros comendadores, de presidentes y senadores, patrocinara campañas de marketing y postulara a sus hijos a elecciones parlamentarias. En la vida real un hombre de tamaño poder hubiese hecho desaparecer de la faz de la tierra a los personajes de Cora y Mauricio y, cuando menos, hubiese tentado a Teo Pereira al soborno.

¡Ah, Teo Pereira!, el periodista que quiere acabar con una empresa familiar por mero divertimento profesional. El sui generis paparazzi que no respeta la privacidad de estas familias… Pero ¿No son estas familias, este imperio, traficantes de piedras preciosas, no han mojado sus manos en el lavado de dinero, no estan exentos, por ello, de contribuir a la explotación de trabajadores? Claro, el asunto, poco a poco, lo pasamos por alto. No nos culpemos, la telenovela se lo propone solapadamente.

2 comentarios:

  1. Aunque no sigo la telenovela, este es el personaje que más rechazo.

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    1. Yo también, pero es precisamente porque es el objetivo de la novela, presentar mal al periodista que ataca la parte oscura de la alta sociedad brasileña. Gracias Mercy, por pasarte por el blog. Un beso de su alumno del periódico.

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