jueves, 24 de julio de 2014

Del colectivismo al individualismo

Los versos del período romántico nos remiten a la soledad del poeta en su cuarto oscuro, donde una vela alumbra en tonos medios al escritor, en agonía, por la falta del contacto humano. Aquella era la realidad del siglo XIX. Con los años nos dimos cuentas que la soledad no discriminaba en el hecho de estar acompañados o no. Resultado: nos volvimos solitarios a propósito.

Yo, ahora mismo, me debato fuertemente si mi ser existe entre dos tendencias de la sociedad actual: el colectivismo y el individualismo. El primero ha sido tan usual en Cuba, tan derrochado hasta la exhaustividad por la Revolución, tan trillado en nuestros centros primarios de enseñanza (héroes valientes, solidarios, lo dejaron todo por el bien común), que ese sentido del grupo me (nos) corre por las venas. Ningún cubano puede negarlo.


Pero el segundo ha sido importado como un recurso bastante funcional al calor de los nuevos tiempos (dígase años noventa y todo lo que conlleva). El sentirse parte de un yo único, que atrae ese sentido de insoportable soledad aun con millones alrededor, se nos viene en paqueticos ideológicos que productos como las series norteamericanas (los que a mí me afectan) no escatiman en plagar. Esta tendencia de pensamiento burgués del que no hay que negar sus valores (el egoísmo ayuda a veces), emerge como un monstruo cuyo efecto provoca el sentido de “sálvese quien pueda…”, de anteponer lo mío antes que lo de otro.

En varios momentos yo me he debatido entre mi función social y mi aspiración personal. ¿Cuál era la finalidad de mi tesis de grado, contribuir a la historia regional de la prensa en el centro de Cuba, o que yo fuese reconocido por mi detallado análisis del sistema comunicativo en la colonia, en mi ciudad natal, y por tanto me graduase con honores?

La necesidad de pensar así, existe porque muchas veces los problemas sociales nos obligan a auto protegernos en un escudo donde la primera persona del singular obtiene una primacía aberrante. Recuerdo la competencia excesiva del mundo académico que hasta hace poco me rodeaba. Mi grupo de estudios prefería llamarse así, grupo, pero en el trasfondo del pensamiento individual primaba la necesidad de las jerarquías.

En los días de preparación de mi trabajo de diploma me gustaba estar a la luz del sol del mediodía, con una tranquilidad sobrecogedora, rodeado de libros y libretas. "Pienso, luego leo", reflexionaba: “¿de verdad me satisface el cumplimiento final de la tesis? Mi realidad me impone riesgos, a veces opciones. El resultado de mi investigación me puede ayudar a encontrar el mejor empleo. Sin embargo, dentro de unos años puede que la necesidad económica me gire hacia un sector no intelectual con amplias vías de ingresos. Y aunque piense en quedarme aquí, como periodista, aunque recuerde que se están subiendo los salarios, que se unificará la moneda, mis pensamientos continúan en el bien individual…”.

“¿Es lícito pensar en el colectivo cuando el colectivo no piensa en uno?” cuestiona la gente “¿Qué pasa cuando las relaciones amorosas, familiares, los sentimientos (y todo el aura mística que conlleva) se apodera de uno y vence la percepción de la realidad social?” Pasa que nos volvemos más individuos, queremos luchar por trascender, escalar clases sociales si podemos, tener un nombre. Como nos dice el paradigma del sueño americano. En Cuba ocurre que nos queremos ir del país.

Lo de los cubanos entonces parece singular,sobre todo ahora con los reajustes del modelo económico y político. Más aperturas traen progreso, pero también perjuicio. La ideología cubana tiene su nivel de contaminación. Es, de hecho, el individualismo lo que más corroe hoy mismo. O preferimos el aislamiento, la enajenación y la búsqueda eterna de los placeres, o nos trazamos una meta donde están escritos otros nombres.

1 comentario:

  1. coño compadre, resiste, se creativo, no resbales, no quisiera que acabaras de mucamo en un hotel... Saludos David

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