viernes, 26 de febrero de 2016

Rutina de domingo


A esta hora de la tarde, cuando es domingo de invierno, la brisa mueve las hojas del mango de mi patio con el carácter gélido de mi soledad. Hay indicios de pesadumbre en este rincón del mundo donde ahora te pienso desmedidamente y me he sentado a tomar una cerveza para recordar mis contradicciones. A esta hora de la tarde ya casi no hay sol y yo quiero estar contigo.

A mí alrededor lo mismo de siempre, es distinto. Lo mismo de siempre, siempre eres tú. Las flores que caen del árbol, como cuando caía sobre mí tu sonrisa tras el largo esperar de agosto. El sonido de los gallos del fondo —valga la costumbre— con ese ruido que me trae a recuerdo un coscorrón tuyo de palabras fuertes. La luz tenue del crepúsculo, que va entrando en la noche como tus ojos yo veía dormir en mi regazo.

Siento la dureza del aluminio de esta silla que me acoge, como mismo sentía la fuerza de tu mirada ante mi cuerpo desnudo. Sentía, sentías, siento, sentimos… la cascada de tus besos en mi cuerpo, el palpo de tus labios en mi oreja, el escalofrío del cuello hasta la espalda, el tacto potente de tu sexo entre mis manos.

Es que, verás, esto de la carne ciertamente duele. No por el placer egoísta del que siempre nos revestimos cuando hablamos de sexo, sino por la adicción maldita de tu esencia. La esencia capaz de mezclarse a la temperatura adecuada para moldearnos como uno, como si no hubiese hambre, guerra, más historias de miedo en el mundo, sino nosotros dos. Y somos algo más que dos, escuché decir en algún momento.

Si no he llorado más es porque me he vuelto feliz de fabular con estas cosas. Porque pensarte y escribirte en este post casi puede provocar orgasmos. Y porque en ocasiones, cuando escribo, prefiero imaginar que, mientras, me preparas una taza de leche caliente para menguar las temperaturas de febrero, y preguntarnos por qué el mes más frío del año es también el del amor.

Si no lloro ahora es porque soy feliz de fabular contigo, como si no te hubieras ido nunca. O porque la felicidad también puede germinar donde el dolor se empoza, donde también crecen otras oscuridades. Y porque a esta hora de la tarde, cuando ya casi no hay sol y yo quiero estar contigo, mis sentimientos se hacen palabras y se escriben a borbotones, para que la distancia sea solo un estado transitorio de esta soledad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada