sábado, 11 de enero de 2014

El niño perdido


Cuando uno va como rumbo a la secundaria básica Carlos Echenagusía Peña, en Trinidad, encuentra en una de esas calles sin atractivo una casa parecida a muchas, humilde, sin aparente especialidad. Allí habita la leyenda viva de estas tierras, la del Niño Perdido, una historia como nacida de las páginas de un libro, y tan real como la historia misma de Cuba.

Está recostado en una cuna. Alrededor suyo, el brillo del oro muestra el valor de regalos de todo color, tamaño, material y época. Afuera, una urna de aluminio y cristal lo protege del mundo (si es que necesita protección alguna). Adentro, descansa el niño de cientos de años, cubierto por sedas y otras cosas de proveniencia indescifrable, testigo de la fe popular de la ciudad a lo largo de dos siglos. Una señora de color, y también sus hijos, lo cuidan con detenimiento, aunque no sea un infante alejado del seno de su madre, aunque sea una estatuilla de 5 centímetros que concede deseos a cambio de dádivas.

Este panorama de lo real maravilloso encumbra la vista cuando uno percibe esa esencia de misterio que envuelve el hogar. Ni siquiera las visitas constantes de personas procedentes de por aquí, de toda la isla y más allá, perturban demasiado la calma. La gente viene y va, con sus maletas llenas de problemas dispuesta a pedirle la solución a la diminuta figura, siempre, bajo la condición de un regalo mediante.

Él acepta cualquier ofrenda: una flor, un cabello, un diente de leche, cuanto contenga la gratitud materializada. Gracias a ello, dicen, ha devuelto la fertilidad a cientos de mujeres, o entregado fortuna a las manos de algunos pobres de la colonia trinitaria. Gracias a ello descansa entre tantos lujos.

Odia a quienes incumplen las promesas, por pequeñas que sean y, hasta hoy, nadie más lo ha desafiado. Cuentan quienes lo conocen que cierto día un científico lo tomó sin permiso y lo llevó al laboratorio para conocer el material de fabricación. Raspó un costado de la efigie y pronto conoció su naturaleza. Cuentan unos que al otro día apareció quemado todo el lugar y el pequeño acostado en lo más alto de los escombros; otros, que el pobre hombre terminó ciego y sin brazos, condenado a no ejercer jamás su profesión.

Todo comenzó aquella mañana de 1813, cuando un ancestro de los Gazcón cincelaba piedras para ganarse el pan del día en el barrio La Cantoja. Aquel negro típico de los andares decimonónicos trinitarios no esperó encontrarse una figura pequeña parecida a un niño Jesús dentro de una de las piedras, como esculpido por alguna mano divina, o como si allí se encontrara el hijo genuino de las entrañas de estas tierras al centro sur de Cuba.

Todo comenzó allí y hoy continúa. El niño, aun recostado sobre su diminuta cama, felizmente dormido entre el calor de la humildad de barrio, debe haber perdido la cuenta de tantas personas a su lado, de regalos ya marchitos por el tiempo, y de tanto servicio a la buena fortuna de los pobladores de estas tierras.

Yo se que a él no le importa, así pues, si usted no practica religión alguna, si además no es ateo y le gusta vivir la gracia de las ciudades pequeñas, no dude en pasar por casa de los Gazcón, donde por lo menos, si no encuentra la realización de su deseo, quedará deslumbrado por la belleza que envuelve las leyendas trinitarias.

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