jueves, 5 de diciembre de 2013

Un muchacho, un test, una tormenta...


Que el Sida no tiene rostro, era algo que al muchacho siempre le habían cantado como una seguidilla incómoda desde el inicio de la adolescencia: Que si la epidemia mata, que si no hay cura, que mira a fulanito como está el pobre desde hace años, que si no usas condón con una mujer puedes infectarte con el virus… pero nadie le dijo qué hacer si todo aquello sucedía con alguien de su mismo sexo y que, por demás, si sucedía con quien amaba como a nadie en el mundo.

De todo eso se acuerda ahora, mientras espera el resultado de un test de sangre en el Centro Provincial de Higiene y Epidemiología en Santa Clara. Son las 9 de la mañana y el día, de un intenso sol y quietud desconcertante, le muestra una belleza que le causa asco, porque en su interior lo que transcurre es intenso y gris, como una tormenta.

Minutos antes, se atreve a balbucear, por primera vez y con alguien completamente extraño, su condición de homosexual. La psicóloga lo llama, lo manda pasar al salón de consultas y pregunta el motivo de su llegada, el porqué de su preocupación, si muchos lo saben, si tiene varias parejas sexuales… todo tipo de declaraciones secas, frías, que por un momento recuerdan lo sensibles que somos ante nuestra condena de aparatos biológicos con vida limitada.

Él piensa mucho, demasiado para tan poco tiempo. Se pegunta por qué él, con tantas personas en el mundo y advierte además que seguro muchos han reparado en lo mismo. Piensa en su pareja, esa que es oculta, bien oculta, que nadie se puede enterar “caramba qué vergüenza, que le digo a mis amigos, no, si mis padres se enteran me echan de casa como hicieron con Ernesto, no, no, eso a mi no me puede pasar, no, pero por qué mi pareja no me dijo nada, tengo miedo, por qué no le mandé a hacer la prueba antes de estar con él, no, no, si él es viejo en este asunto, por qué no me protegí, no, pero cómo, si llevábamos más de dos años me va a decir ahora que cree que tener VIH porque le dijeron que su pareja anterior lo tiene…”

(…)

Psicóloga – ¿Has presentado síntomas como fiebre, dolor de garganta, cansancio, erupciones en la piel, pérdida de peso?

Muchacho –No, creo que no, he tenido catarro, eso, pero creo que no me he sentido enfermo en todo este tiempo.

Psicóloga – Eso es buena señal, pero no da el resultado, porque en más del 10 % de los casos no hay síntomas.

(…)

Es la homosexualidad la que me hace esto, sí, es un castigo de Dios, sí, sí, yo nunca debí estar con él, pero coño lo amo, sí, nosotros estábamos muy bien, no quiero dejarlo, sí… como es que pude caer en esto, es malo, sí, no puedo dar positivo al examen, no, no puedo darle dos bombazos a mi madre así seguido, no, esto no me puede estar pasando a mí, no, esas cosas le suceden a otros, a los promiscuos, los drogadictos, no, no, el me engañó, yo le creí como un tonto…

(…)

Psicóloga – ¿Quieres hacerte la prueba rápida?

Muchacho – ¿eso como es?

Psicóloga – un pinchacito en el dedo, te extraigo la sangre, la pongo en esta tablilla, y con un catalizador, demostramos si hay presencia de anticuerpos contra el virus en tu organismo. Debes estar preparado para cualquier resultado… En 5 minutos está listo…

La doctora lo lleva al laboratorio. El muchacho se sienta y comienza el procedimiento. Afuera hay un ambiente agradable, quietud, gente laborando, aire acondicionado frío, muy frío. Él se percata de que adentro, sus sentimientos se van pareciendo a aquello que existía alrededor; un desmán se apodera de su alma. Ni siquiera siente el pinchazo, ni la sangre del dedo. – Debes esperar en el pasillo, balbucea la psicóloga y él, sin mirar, sale.

Piensa, no podía hacer otra cosa. El aire corre. Los autos pasan. El sol calienta y él sigue viendo una tormenta: que el Sida no tiene rostro era algo que a él le habían cantado como una seguilla incómoda desde… piensa mucho, tal vez demasiado para tan poco tiempo. Apenas 5 minutos.

Ve llegar a la psicóloga. No advierte nada más que su rostro, lo sabe, en él está escrita la palabra positivo. “¡Positivo!” piensa, ¡Positivo! dice y se apuñala con pensamientos mientras los pasos de ella se vuelven interminables. Hay poco a su favor, lo cree. La ve, ya está aquí. “Siéntate”, le dice ella. Se detiene la tormenta, todo está en calma, dicen que en el ojo del huracán invade una quietud de muerte, una premonición para una segunda parte más atroz. Cree estar preparado para lo peor, lo sabe, y sabe que le van a decir lo peor. Cree oír como ella lo manda a confirmar el test, como ella le dice que ¡dio positivo!, cómo le aconseja la manera de dar la noticia, que si una lista de parejas, que si los años que le quedan, que si ayuda profesional… tormenta, viene la tormenta, el viento sopla, las nubes grises, calma, muchacho, clama, no, no, todos se me vino abajo, la lluvia cae e inunda las casas, calma, calma, no, no puedo estar así, dio positivo, positivo, oiga, muchacho, mire…

Y la psicóloga le enseña un papel donde la tinta ejerce de juez y un cuño alberga la verdad contenida en tanto amargo: VIH negativo.

Epílogo

El muchacho tiene 25 años, se graduó el curso anterior y ahora está parado frente a mí, contándome una historia que parece increíble. Se ríe mientras la cuenta, porque “ahora no puedo sino mofarme de un momento absurdo, trágico, pero absurdo, que hubiera evitado con una simple respuesta a una pregunta que nunca pasó por mi cabeza: ¿Por qué no nos protegemos?”, me dice.

Ahora está seguro de cuánto significa eso, de cómo una decisión tan simple como ponerse un condón pesa tanto en nuestras vidas. Él lo sabe ahora, antes no. “¿Pero sabes una cosa?”, indica, “hubo un momento en que me adapté a la idea” – ¿Cómo así?, pregunto yo. “Es que la vida continua pese a las piedras en el camino, hubo segundos en los que logré adaptarme a la idea de vivir así, y hasta feliz, porque gracias a Dios, esa es la única forma de vencer a esa enfermedad cuando la contraes: las ganas de vivir que le pongas.”

7 comentarios:

  1. Siempre he pensado que las mejores historias son las reales, y esta en concreto nos tiene que hacer reflexionar ante la terrible tormenta que se te avecina cuando sospechas que puedes estar infectado simplemente por no haberte protegido, esperemos que historias como estas sirvan para concienciarnos mas y sufrir menos.Un abrazo.

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    1. Exactamente Manel Peris, eso quisiera que pasara con este post, que sirva para llamar la atención del riesgo que se corre cuando no nos cuidamos en el sexo. Quisiera de todas las maneras posibles contribuir a esa causa. Entonces sirva este blog para eso. Un abrazo para usted también.

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  2. ño..... se salvó. buena historia, me gustó sobretodo el final, antes que le den la noticia del "negativo", supongo que se aprendió la lección muy bien. yo tengo un amigo, muy bueno él, y es homosexual y VIH positivo, de madre, me dolió cuando me enteré, así que imagino que cuando se enteró él, ese momento supongo se pareció a este relato, muy bueno....

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    1. Gracias josé, oye y dile a tu amigo que no se sienta solo, que sea feliz, que aun después de esa condición la vida continua y la esperanza crece. te queda a ti darle su gran apoyo. Saludos

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  3. neisa rodriguez miranda3 de enero de 2014, 19:48

    Gracias Luis por publicar tan hermoso escrito,nos demuestra cada dia mas el don que tienes,me ha gustado mucho tu escrito,es hermoso,me transmite tristeza y alegria,ahora te explico,es hermoso porque ne el transmite un mensaje que para toda la humanidad sin importar la condicion sexual que cada uno tenga afecta al mundo entero,esa enfermedad que cada dia lleva a cientos de personas hasta la tumba,el VIH llamado SIDA;y triste al pensar que dia a dia lo sabemos y lo vemos como que nunca nos va a llegar,no solo a nosotros sino a algun familiar,amigo,colega,ya que este no tiene rostro pero si consecuencias catastroficas,y alegre porque de verdad que mientras leia me fue llegando el mensaje y me desespere un poco el pensar del futuro de tu amigo ya que es una historia real,que aprendio la leccion que si no te cuidas tu mismo nadie lo hara por tiy porque al final jaajaajaja estaba sano,muy lindo tu escrito te felicito

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    1. Si te transmitió todo eso pues me siento muy complacido. Era ese exactamente el ibjetivo de mi trabajo, dar ese mensaje a quienes lo ven como algo lejano, cuando supe de esta historia no dudé en traerla a mi blog, pero quise contarla lo mejor posible para que no pasara desapercibida, porque es un tema que nunca debe pasarse or alto. Gracias, otra vez, y qué bueno que haya hecho reflexionar.

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