sábado, 16 de marzo de 2013

Al fin y a El cabo, amé el periodismo

Lo confieso: llegué al periodismo de chiripazo. Aquel día de la prueba de aptitud mentí desmedidamente. Un grupo de académicos – hoy mis profesores y amigos –  preguntaron por qué me gustaba esta profesión. – Porque me apasiona el mundo de la noticia… – dije tal vez mirando el suelo con vergüenza, porque aquellas palabras salían de mi boca aquejadas de falsedad.

Ni siquiera sabía a santo de qué relegaba una de mis pasiones profesionales. No entendía qué designio divino logró cuestionarme la forma de arriesgar mi futuro en las leguas extranjeras, pasión con la cual tuve sueños hermosísimos durante toda mi infancia. De aquellos días en el preuniversitario, indeciso por qué carreras escoger en una lista bastante injusta, me sobreviene aquel consejo de una amiga:

-A mi me parece que tu das la talla en el periodismo.

-No que va, Rosio, si yo ni siquiera leo periódicos. Gramma da las noticias y juventud rebelde las explica. No quiero ser participe de eso.

-De todas formas haz la prueba de aptitud el próximo sábado. Tal vez te embullas en el camino.

Y acepté escéptico. Ni creía tener el don de la palabra escrita en un diario, ni aquello resultaba una opción que pudiera ponerme los pelos de punta. Pero en un afán por poner a prueba mis recursos como intelectual subestimado por casi la totalidad del IPVCE Eusebio olivera, me lancé a aquella batalla por mi nueva meta, signada por varios obstáculos en el camino.

El primero apareció, gracias a Dios, solucionado por un error estadístico. Según mis cuentas mentales, el promedio general de las asignaturas no llegaba al requisito de 97 puntos mínimos.  Tenía 96, 89. – Ya sabía yo que eso no era lo mío –, pensé. Mas una semana después verifiqué en el escalafón recién publicado, la nueva oportunidad de emprender la carrera. Luis Orlando León Carpio: 97,01.

De quien resultó la pifia en un final, no es algo que hoy me interese.

El segundo por poco me cuesta mi futuro. Mi amigo Javier y yo, después de convencernos lo mal que habías salido en la primera prueba, nos dirigimos hasta el parque de diversiones de Sancti Spiritus, un lugar bastante deprimente hasta para los niños del momento. No montamos en la estrella. Después de un rato hubo un apagón. 

Por suerte sucedió cuando poníamos los pies sobre la tierra; y sobre la realidad que nos dictaba el reloj, ya retrasado 10 minutos después de empezar la segunda prueba. Pero teníamos la certeza de que éramos muy poco para tanta suerte. Nada más alejado de la realidad, porque a la vuelta encontramos un ejército de desconocidos indagando por el paradero de dos muchachos prestos a perder tan grande oportunidad: nosotros.

Pasaron los meses y logré cruzar el umbral de mi facultad un poco más enamorado de mi carrera. Conocí de leads, géneros periodísticos, noticias, estilo; de medios de prensa oficialistas con el control de las masas, y de otros alternativos que buscan contrarrestar ese efecto. Y me apasioné, lo juro, como si aquella amante casi prostituta, me hubiera prometido en matrimonio. 

Pero no acepté su petición hasta el día en que conocí al EL Cabo Zerquera. De la experiencia tan hermosa que me resultó entrevistar a ese formidable trompetista ya en la gloria de los inmortales, he escrito varias veces. Pero nunca me animé a plasmar lo más relevante.

Después de recibir la noticia de la publicación, un sábado del 2011, salí orondo en busca de algunos amigos para dejarle ver mi orgullo. La plana cultural del semanario Escambray exhibía mi conversación con él y yo estaba orgulloso. Mas el último lugar donde fui, resultó la casa de El Cabo. Indiferente le di las gracias, y con un apretón de manos quise volver. Olga, una de sus hijas, con quien conservo una amistad entrañable, me llamó  a solas:

– Luis ante todo felicidades por tu publicación. Quería darte las gracias más sinceras para ti. No tienes idea del bien que le has causado a mi papá con ese escrito tuyo.

 – Imagino que todos estarán llamando para felicitarlo. - dije.

– Sí, por eso, y porque un día como hoy murió mi mamá, su esposa, pero con tanta alegría por salir en el periódico, no ha tenido tiempo de echar alguna lagrimita. Hoy no se sentirá solo. 

Y salí por la puerta con una sonrisa diferente. mientras fijaba la vista sobre el ejemplar autografiado por el músico, comprendí que mi inserción en el periodismo había dado su primer fruto. No importa cuanto tengo que pasar, la experiencia se va a repetir, pensé. Entonces, al fin y gracias a una personas que hoy resulta inolvidable en mis memorias, amé el periodismo más que nunca.

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