martes, 24 de enero de 2017

Poeta



He vuelto a leer mis poemas de la adolescencia. No se si son buenos, pero son míos. Escribía con una pasión deliberada cuando a mis 16 años me había enamorado dos veces sin remedio ni correspondencia, y las noches en los ruinosos albergues del IPVCE Eusebio Olivera se tragaban el palpitar de un corazoncito púber como el mío. Cientos de bocetos de versos poblaban mis libretas de Matemáticas, aunque a la postre rescaté de la basura poco más de una docena que ahora tengo frente a mí. Por aquel entonces era capaz de componer versos como estos: “¿Podrá ser el amor/ Un parque, un banco, un árbol,/ Tres días, un beso, el viento;/ Un recuerdo, un gorrión, una llamada?/ No se, en fin, es amor, utopía./ Si quieres saber/ Busca en ti, en mí, en algo,/ Tu parque, tu banco, tu árbol,/ Tus días, tu beso, el viento, /Tu recuerdo, tu gorrión, tu llamada.”

Por poco caigo ante las mieles de Buesa y la cercana lírica adolescente de Neruda en sus 20 poemas de amor y una canción desesperada. Pero un día descubrí a la profundidad del verso libre, y Whitman ponía en palabras justas los núcleos de mis ideas respecto a mi cuerpo cuando el sexo iba convirtiéndose en una sensual silueta en la oscuridad de la noche que yo quería tocar. Entonces solía escribir cosas como esta: “Yo no soy sólo cerebro,/ Yo soy también tu lógica;/ Yo no soy el polvo del que vine,/Yo soy del dolor y la herida;/Yo no soy sólo corazón,/Yo soy también del amor./ ¿Viste cómo las botellas rotas/ Acaban siendo oro a mitad de la noche?/ Ya ves, no puedes echarme:/ Yo no soy sólo esto que se alarga/ Entre mi sombrero y mis zapatos”.

martes, 17 de enero de 2017

La política no cabe en la azucarera



El 12 de enero me llamaron llorando para decirme que la Ley de Ajuste Cubano había terminado. Me lo dijeron con el impulso de las emociones hondas. El tipo de impulso que le quita a uno el raciocinio. El tipo de raciocinio perdido que le hace a alguien llamar desde los EE.UU. sin importar los costos. Con un “cálmate” apacigüé las lágrimas, como si quisiera pasar mis manos por sus mejillas húmedas. “Ya no hay forma de que traiga a mi familia”, me dijo quien desde hace poco más de dos años decidiera irse a su sueño americano por mejorar en la vida y punto, porque le dio su reverenda gana. Pero sabe que para alcanzar ese sueño hay que atravesar varias pesadillas: la incertidumbre de cruzar fronteras; la pegatina de inmigrante que llevaba luego, invisible, en la frente; la soledad en una ciudad inmensa, el insoportable dolor de haber cortado de cuajo tantos vínculos, la rara sensación de existir en dos sitios al mismo tiempo. “Hubo una declaración conjunta de Obama y creo que de Raúl en Cuba, y quitaron la ley”, me dice y le cuestiono. Las leyes en los EE.UU. no son abolidas de esa manera. En efecto, el Ajuste Cubano sigue, pero sin algunas prerrogativas, pues liquidaron de un tajo la política de pies seco-pies mojados y el programa de Parole para médicos cubanos. Yo, personalmente, que ni soy médico ni nunca he valorado el riesgo de cruzar fronteras, no le di demasiado bombo al asunto. Pero estaba olvidando que este es un país de dos orillas, que más que migraciones políticas o económicas, Cuba se compone de dos mundos que la hacen una sola más allá de ubicaciones geográficas. Que tener el padre en Miami es tan común como un primo en La Habana. Que para quienes no gozan de ciertos privilegios —los ciudadanos españoles, los adinerados— venderlo todo y lanzarse al mar, o a la selva, era la única garantía del reencuentro. Y ya se ha entronado en nuestro imaginario que los reencuentros saben mejor más allá del mar. Políticamente es un paso de avance, socialmente lo es porque evita el trauma del flujo ilegal, de las presuntas muertes. Pero ya sabemos que la política no cabe en la azucarera. Pies secos-pies mojados no niego que fueron implementos maquiavélicos de los EE.UU., pero para muchos cubanos era la garantía de una válvula de escape. Por eso, aun sabiéndome neutral en el asunto, no pude hacer más que darle razones a quien me llamó al teléfono este 12 de enero: “Hay alternativas, recuerda siempre que es mejor hacer las cosas de manera legal”, le dije, pero ni yo mismo me lo aseguraba. En tiempos en los que Cuba y EE.UU. se dan la mano, la Cuba contenida en los EE.UU. debería sentirse más cercana. Pero por momentos me parece (nos parece) que se aleja.

martes, 10 de enero de 2017

Santa Clara


Foto: Yariel Valdés González


En la televisión corre la Misa Cubana a la Virgen de la Caridad del Cobre, del maestro José María Vitier. Bárbara Yanes canta a viva voz Ave María por Cuba mientras yo, desde el palco privado de mi casa, me sacudo las nostalgias y las riego por la sala, el pasillo, la terraza.

La obra de Vitier me ha hecho recordar mis días en Santa Clara, la muy obscena ciudad que me acogió durante los últimos 7 años y a la que ahora le digo adiós. La recuerdo, por esa fama indiscutible de destilar arte y cultura, como aquella noche en el teatro La Caridad en que fui testigo de tamaña obra.

Santa Clara es una ciudad que se me antoja ahora, y díganme pretensioso. Pero no puedo hacer más por un lugar que se ha robado inescrupulosamente gran parte de mi felicidad. Ahora, cuando regreso a los rincones humildes de mi hogar, cuando mis días andan entre piedras en las calles y hello and wellcomes, las alarmas se disparan otra vez por llegar a esos cambios inesperados que depara la vida. Tal parece que fue ayer cuando escribía, asustado, acerca de mi traslado a esa ciudad.