jueves, 29 de agosto de 2013

Se acerca el fin de los tiempos... como estudiante


Tomada de Juventud Rebelde
Durante toda la etapa estudiantil universitaria, el inicio del curso significa un desafío para quienes nos preparamos en la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas”. Desafío, u holgazanería veraniega, porque después del ocio desmedido de agosto, la realidad se nos hace de un puro estrés, proveniente no solo de la venidera carga de estudio, sino porque septiembre, por demás, deja poco que desear.

El ciclo se repite cada año: campus demasiado verde (las yerbas nos tapan las piernas), polvo en los pasillos, en las ventanas, dentro de cuartos y hasta en los baños, en las aulas, los laboratorios… en el viento (como si parecieran una lámpara, de esas que al frotarse descubrían a los genios de la mitología medioriental), el comedor aun con ínfimas provisiones y los merenderos cerrados (imaginen el panorama alimenticio), y como novedad para este año, los avatares del estudiantado para con el abasto de agua, que promete ser una gran piedra en el zapato en esta etapa 2013-2014.

Sin embargo, este año cobra un matiz diferente para mí. Cierta dosis de melancolía, tal vez nostalgia, acaso tristeza, me invade estos últimos días de agosto. Lo experimenté por un viaje furtivo hasta mi centro de altos estudios, en un afán recreativo más que preparación para el nuevo curso.

Frente arrugada, quejas, estornudos y hasta cierta dosis de maldiciones, no me permitieron dejar de pensar diferente a los pocos minutos. Recordé mis primeros paseos por el campus declarado monumento nacional por sus valores estéticos y arquitectónicos. Volví a ver la universidad majestuosa, omnipotente como los primeros días, aun cuando los signos de los años se escurren por entre la maleza y la pintura corroída de algunos sitios. Caminé sin dejar rastro de mis pensamientos, con solo con una frase que volvía una y otra vez, y de nuevo me martillaba la cabeza:

¡Coño, estoy en 5to año, en poco más de 10 meses dejaré de ser estudiante!

¿Cómo me puede saber a disgusto este nuevo curso? ¿Por qué dejar que un malhumor empañe las ganas de vivir de un estudiante universitario, tan libre y tenaz como siempre? ¿Alguien puede decirme la manera de adaptarse a ver cada vez menos un aula, compañeros de clase, un profesor, una tiza, una pizarra? ¿Cómo hacerlo, cómo, si ha sido una realidad por más de 15 años? Tengo 23, ha sido, hasta el momento, casi toda mi vida.

Por eso no puedo escribir ahora mismo sin pensar en todos los inicios de curso; en aquel llanto por ver marcharse a mi mamá cuando inicié preescolar, la emoción del primer grado y decir ¡pronto sabré leer!, el cambio de pañoleta en 4to, el de uniforme en 7mo. La primera beca, el IPVCE Eusebio Olivera, y por fin, el periodismo, en la Universidad Central… Definitivamente 20 años nos son nada.

Ya casi soy periodista Pepe, Josefa, Humberto, Idalmis… personas que siempre infieren, no se con que posesión demoníaca: “que bueno que ya terminas ¿en 5to? Al fin, mijito, me alegro por ti”. Pero no, aunque asienta, no me conformo con saber que en un año duplicaré responsabilidades, lucharé contra los bajos salarios, contra la situación de vivienda, contra las relaciones humanas y en fin… contra lo pérfido de este mundo. Estaré lejos de esa urna de cristal que es la universidad, como la definiera una colega.

Cuando este lunes 2 de septiembre cruce el umbral de la facultad una vez más, prometo no recordar los avatares de la beca, prometo olvidar y hasta vivir. No importan las yerbas altas, el polvo en el viento, ni siquiera que se avecine un semestre de estudio agotador o una tesis que anuncie ojeras y caída de pelo… prometo no relegar mi último año como estudiante.

jueves, 15 de agosto de 2013

No tengo Superman, tengo a Elpidio Valdés


Sucumbo ante los encantos de Walt Disney. Lo hice de niño y de adulto no puedo evitar sentir hasta cierta melancolía por aquellos filmes muy efectistas, con dibujos de un trazado exquisito y guiones que no dan pie a la más mínima crítica. Sin embargo – tal vez en el extremo de la sencillez – me enorgullezco de gritar a los 4 vientos cual son mis “muñequitos” preferidos: Elpidio Valdés.

Aprovecho la cobertura de sus 43 años recién cumplidos – justos ayer – para rendirle un tributo que supera su esencia de cubanía, o el derroche de creatividad con que sus realizadores supieron envolverlo; para darle un homenaje no solo porque haya logrado imprimirle a los niños cubanos todo un bagaje sobre las guerras de independencia en la etapa colonial, sino porque demostró cuanto podría hacerse de bueno y tierno en este país de tantas carencias ¿Quién olvida las aventuras de palmiche en aquel capítulo donde El coronel Valdés lo encuentra? Aquel pobre animal avisó a soldados, saludó a sus superiores, tumbó el arroz con boniato… y el café!!!

Superó cualquier predilección por lo foráneo, lo se porque muchas veces nos sentábamos frente al televisor en montones, y agradecíamos tandas enteras con total ausencia de atracciones extranjeras. Reíamos, extasiados, con las ocurrencias de los caballos borrachos en pleno territorio yanqui, en el capítulo Elpidio Valdés contra la policía de Nueva York (1976), o el se siente, se para, se siente, se para… de cortico, cuando por un momento lográbamos preocuparnos porque estaba Elpidio Valdés ¡Capturado! Las niñas les encantaban el de la boda con María Silvia. A nosotros tal vez, la historia del machete. Mi mamá, por ejemplo, dejaba cuanto hacía por sentarse un momento a ver El Clarín Mabí, porque había cierto diálogo que le sacaba unas risas muy persistentes: 

. – Y que ha tocado este? 

– Se oye clarito, clarito… Retiradaaaaaaaaaaa!!!

Nació como personaje secundario. Un mambisito cuyos bocetos simplistas adornaban la historia de un japonés cualquiera en las guerras de independencia de Cuba. Pero aquella esencia tan cubana sobrepasaba el hilo de una trama que no tardó en demostrarle a su creador cuan insípida prometía ser. Entonces Juan Padrón rehizo los bocetos, y dio a luz a un personaje cuyos avatares en la lucha por la libertad de Cuba contra España son hoy un hito en la historia de la nuestra animación.

De aquella idea minúscula de comenzar una historieta en tiempos cuando la realidad de las guerras de independencia no resultaba muy conocida, cuya génesis se la debemos a la revista pionero el 14 de agosto de 1970, hoy persisten una gran cantidad de productos que no pierden la imagen autóctona, al parecer, ya perpetua en nuestro patrimonio. Contiene algunos largometrajes entre los que destacan Elpidio Valdés (ICAIC, 1979), Elpidio Valdés contra Dólar y Cañón (ICAIC, 1983) y Elpidio Valdés contra el Águila y el León.

Suerte la nuestra de contar con aquellos realizadores, o que resultaran creadores de los tiempos de oro de la producción artística cubana, Suerte la nuestra de tener un personaje tan cubano como la propia Virgen de la Caridad. Suerte, mucha, como la de apreciarlos hoy cuando la crisis de creatividad que ha infectado los estudios de animación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) no deja proliferar ideas encantadoras para el niño de nuestros días. Aunque por muchos Donals y Plutos que hayan, agradezco pensar como el cantautor Carlos Varela: no tengo a Superman, pero sí a Elpidio Valdés.

jueves, 8 de agosto de 2013

Andar La Habana por la Calzada del Cerro


Andar la Habana, como el programa televisivo, sugiere toparse con la riqueza cultural de Cuba. Muchas veces cuestioné las intenciones de ese espacio mediático ideado por Eusebio Leal, el historiador capitalino – cuyo objetivo sugiere la promoción de los valores patrimoniales – porque me parecía un egocentrismo desmedido ¿debía ser aquella realidad la carta de presentación de mi país? Sin embargo, durante mi más reciente visita a la capital, comprobé ciertas insuficiencias en mis criterios.

Descubrí el municipio Cerro después de tantos años como visitante asiduo sin más recorrido que los típicos centros cosmopolitas: Miramar, La Rampa, Habana Vieja. Mas no hay nada parecido a experimentar las vivencias de un turista en barrios periféricos, como los que deleitan la Calzada del Cerro, arteria con una diversidad cultural abrumadora.

En la intersección con la calle Buenos Aires, se erige el convento casa matriz de las Religiosas de María Inmaculada, orden católica de gran acogida en varias regiones cubanas, pero enclavada en una zona muy poco asociada al nombre de la congregación. Parece no compaginar con tanta vida mundana a su alrededor, y si no pregúntenle a los asiduos aduladores de chiquillas que tanto abundan… “¡Ey linda, mira pa’cá! ¿vas a desperdiciar a este macho?”.

Pero el párrafo anterior se trata de religión. Convento católico, luego podemos avanzar cuadras arriba y leer: “templo bautista, Iglesia pentecostal…” mejunje de cristianos en disyuntiva, tal vez unidos cuando de creencias paganas se trata. Yorubas, paleros, abacuás… deambulaban entre collares y vestiduras blancas. Santeros, como se conocen en lo más popular, credos provenientes de lo más autóctono de África y que encuentran en la fusión con la cruz española, uno de los rasgos característicos de Cuba. 

La evidencia la encontré en 2 esquinas. La primera, una calabaza ¿como ofrenda a ochún?, la segunda, ni atreverse a pasar por entre palomas muertas...

Así fue componiéndose un catálogo muy transparente de lo que somos: Religión, humildad y tradición. Todo mezclado entre las costumbres más antiguas de sentarse en los parques a beber cerveza y ron santero o jugar dominó en los portales, y las tradiciones provenientes del cuentarpopismo, evidenciados en los tantos quioscos de helado, la venta de CD piratas y gente con expresión de lucha diaria. Todo fundido con expresiones autóctonas urbanas: rockeros, rastafaris, raperos y mikis (como nos gusta llamar a la gente chic de la farándula).

El Cerro carece del mismo esplendor de algunos homólogos citadinos, sobre todo de los que emergieron en el siglo pasado. Pude ver, detrás de inmuebles casi áridos, con fachadas pintadas en el recuerdo – muchos abandonados entre los intentos furtivos de multiplicar viviendas en miles de minúsculos hogares, y esquinas que comparten los potes de basura con algún servicio de comida rápida – la exquisitez pasada de una arquitectura de amplios valores patrimoniales, hoy moribundos.

Y anduve La Habana, como nuestro querido Eusebio. Pero ya no desde un casco histórico restaurado y polarizado al turismo, sino por una calle, supuestamente insignificante, presta a introducirme en la basta diversidad de mi país. Puro folclore, vista de enigmas de una cultura que ni siquiera tiene conciencia de cuanta riqueza local conserva, aun cuando quiera, en apariencia, parecerse a los gigantes de occidente.

jueves, 1 de agosto de 2013

Premios, omisiones y apologías…


(…) La  culpa, o lo que sea, es de nosotros. De los demás es la noticia (…)
Víctor Casaus

El periodista trinitario Alipio Martínez Romero rara vez pone cara de enfado. Nunca lo he visto. Ni siquiera en estos días, cuando su nombre desapareció de ciertas informaciones en los diarios nacionales cubanos.

Alguien anunció la noticia ¡Ya publicaron los premios 26 de julio – certamen más importante del periodismo cubano – y uno llegó para Radio Trinidad! La emoción debió mojarle las pupilas. De seguro corrió, sonrió por el camino y buscó la prensa. Leyó cada palabra, ojeó, mientras le venían a la mente aquellos avatares a sortear en busca del justo testimonio acerca del cáncer de mamas – tema que ocupó el radio documental “La vida es un regalo”, que le mereciera un premio especial, en conjunto con la periodista Ana Marta Panadés –. Debió recodar las noches de desvelo. Lo creo así porque el buen trabajo lleva estudio. ¿Qué corte es mejor, cual música emplear, cuál información aporta más precisión y humanismo?

Pero entonces los párrafos del papel periódico llegaron a su fin y se convenció de la decepción: Juventud Rebelde omitió su nombre por completo, crédito otorgado solo a la otra autora. Una errata desmedida, pensó. Pero luego Granma, Escambray, y algunos sitios en Internet cometieron la misma pifia.  

La emoción devino disgusto. Pero como dije, Alipio Martínez Romero rara vez pone cara de enfado, ni siquiera después de popularizada la noticia oficial, y escuchar entre calles y pasillos las felicitaciones hacia su amiga Ana Marta por el buen trabajo realizado. Aun  así se sintió alegre, sonriente. Callado supo que aquellas congratulaciones le llenaban de gozo el alma…

No se sabe cómo pasó, pero la verdad, nadie movió un músculo para averiguarlo. Los documentos de inscripción en el concurso, según los propios autores del radio documental, tenían bien escritos los nombres de la autoría, como también estaban explícitos en los créditos del trabajo.

Aun así lo veo andar por entre los rincones de su emisora local, de apenas 6 horas de transmisión, orgulloso de haber sido partícipe de la primera vez que llega este reconocimiento al centro laboral que vio nacer hace 14 años. Lo creo ver tranquilo, inmerso en los quehaceres diarios con el mismo ímpetu que lo hace trabajar, a sus 60 años, como el primer día.

Por eso, hoy me permito estas palabras a modo de apologías que no me pertenecen dar. Pero desde el día que entré a la redacción y justo a él le pregunté donde estaba Ana Marta Panadés para felicitarla, la deuda me carcome. Al periodista, al incansable trabajador, a la voz tan familiar del dial trinitario, le llegue mis más merecidas Felicitaciones.