jueves, 25 de junio de 2015

El tío Adín


Sentada en la ventana con su gato en las piernas, en medio de la amplia casa de la que su alma ya es parte, mi abuela Silvia, de 80 y tantos años, se sumerge entre sus recuerdos, uno de los pocos derroteros con que cuenta una mujer de su edad.

Por su mente pasan aquellos espíritus que ya no vuelven, los adultos con los que solía jugar, de los que solía aprender alguna que otra experiencia. “Ninguno existe” —piensa y se entristece. Recuerda que fue niña alguna vez, que estaba rodeada de abuelos, de hermanos y de sus seres favoritos, los tíos, numerosos por aquellos tiempos inmemorables que ya no vuelven… “Ninguno existe” —vuelve a pensar.

De aquella familia enorme recuerda con imagen de daguerrotipo al tío Adín, el más joven de los hermanos de su madre Nicomedes. Pocos años le llevaba, y por eso cuando iba a la casa con regalos lo sentía como un hermano… Era alto, rubio, todo un gallego, como buen hombre de apellido Toledo. Venía con olor a caña y a grasa de ingenio, porque solía trabajar en los centrales azucareros de la región.

miércoles, 10 de junio de 2015

Cuba, un país de orillas


Cuba es un país compuesto por mundos paralelos. Por extensiones de tierra que se esparcen al infinito sin tener contacto entre ellas. Quizás alguna que otra colisión. No más.

Cuba es un hervidero de emociones. De gente de allá y de acá. De gente de allá queriendo ser de acá y de aquí lanzándose al vacío. Después de todo no es descabellada la idea de tender un puente, como dice Ricardo Arjona, entre las dos orillas…

¡Ah, orillas! Cuba es un país de orillas y un mar inmenso de ambas partes. Orillas que se antojan lejanas cuando están bien cerca. Orillas que han visto llorar demasiadas personas pero, incólumes, se resisten a solo mirar perplejas el adiós al que nos hemos condenado por demasiado tiempo.