viernes, 27 de diciembre de 2013

Contrastes a la vera del 500


Cuando en 1514 Diego Velázquez plantó la cruz cerca del río Guaurabo y decidió erigir allí la tercera villa de Cuba, no debió pasarle por la cabeza si aquel amasijo de tablas con aspecto de asentamiento llegaría a formarse una historia tan peculiar como la de hoy: no pensó en el traslado del lugar, en la invasión de Hernán Cortés, en la llegada de esclavos africanos, en el esplendor azucarero, en el empedrado de calles…; no detuvo la mirada en imaginar que a casi 500 años de aquel suceso, una esencia como de apuro envuelve los festejos de fin de año y prepara a la Santísima Trinidad para un evento sin igual en la historia local.

Un evento que, dicho sea de paso, ha logrado poner no pocas dudas sobre el tapete.

Yo, ahora, mientras escribo estas líneas ojeo el periódico Escambray . Dice mucho sobre las cercanías de estas fiestas. Leo sobre 3500 obras constructivas, la reparación de 36 calles, el arreglo de las conductoras de agua, remiendo de edificios en la Reforma Urbana, sobre un proyecto que ha resucitado el alumbrado público en las noches del casco histórico. Leo sobre futuras opciones recreativas y culturales para más de una semana (del 7 al 19 de enero): sobre el concurso de la canción del 500, el coloquio de la cultura trinitaria, las ocho galas artísticas con expresiones culturales de las demás villas primigenias y la evocación de la misa fundacional.

jueves, 12 de diciembre de 2013

La batalla entre el mar y La Habana


Autos. Muchos autos. Gente. Mucha gente. Pasan y se detienen frente al semáforo. Caminan apresuradamente. Gritos en la parada de guaguas. Bulla. “¡Viene el Peee cuatrooooo!” Existe el aire, el sol y una vorágine que se escurre por todos los espacios del ICRT, del hotel Habana Libre, por el Pabellón Cuba, por la feria de artesanía… Baja por toda la calle 23, en el Vedado habanero, hasta que llega a la fuente del Hotel Nacional como para descansar un rato de tanto tumulto.

Pero cuando avanza hasta el malecón se desvanece, no porque haya exactamente paz, pero sí una especie de quietud ajena a las calles capitalinas.

Por eso la gente prefiere el malecón para aliviar la premura de la vida. El mar allí limpia el pensamiento sin tener uno que mojarse siquiera. Como si el tiempo entre ambas partes no fuera el mismo. En las calles de un lado parece ir muy aprisa. En los muros salinizados se detiene todo. El pueblo olvida, vive, y en ese vivir ignora el agua. Entonces uno se percata de que entre el mar y la ciudad se libra una cruenta batalla de todos los días.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Un muchacho, un test, una tormenta...


Que el Sida no tiene rostro, era algo que al muchacho siempre le habían cantado como una seguidilla incómoda desde el inicio de la adolescencia: Que si la epidemia mata, que si no hay cura, que mira a fulanito como está el pobre desde hace años, que si no usas condón con una mujer puedes infectarte con el virus… pero nadie le dijo qué hacer si todo aquello sucedía con alguien de su mismo sexo y que, por demás, si sucedía con quien amaba como a nadie en el mundo.

De todo eso se acuerda ahora, mientras espera el resultado de un test de sangre en el Centro Provincial de Higiene y Epidemiología en Santa Clara. Son las 9 de la mañana y el día, de un intenso sol y quietud desconcertante, le muestra una belleza que le causa asco, porque en su interior lo que transcurre es intenso y gris, como una tormenta.