jueves, 27 de junio de 2013

La Sherlock Holmes del periodismo irlandés


Supe de ella por los azares de la universidad, pero logré enamorarme. Me la presentaron desde la pantalla grande. Debía escribir sobre aquella historia desgarrante, pero con un enfoque tan impuesto que luego resbaló sobre lo seco, lo frío. Sobre una imparcialidad de cuestionado merecimiento.

Pero me enamoré de ella, de la especial sensibilidad por la realidad denigrante de su natal Dublín, Irlanda, de la capacidad que tuvo de convertir el periodismo en un arma letal para los males sociales. Descubrí a Verónica Guerin desde una actriz de Hollywood, pero su persona se adhirió a mis pensamientos como la esposa que busca su alianza con el cielo.

Cuando la corrupción y el narcotráfico hacían de Irlanda un lugar propicio para que el demonio de la drogadicción poseyera los cuerpos de jóvenes con apenas 13 años de edad, aquella suerte de detective-reportera del diario Sunday Independent, emprendió una investigación periodística que la llevó a un desenlace fatal al cabo de 2 años. Ante los pies de esa periodista irlandesa, paradigma del buen ejercicio de la prensa para el mundo entero, logré caer rendido.

Sorteó innumerables laberintos, aquellos entresijos por donde rara vez salían vivos los audaces. Los capos, los mafiosos, los delincuentes del país controlaban cuanto se movía por el mercado negro de las adicciones. Pero hasta allí penetró ella sin más arma que la pluma con la que escribía sus historias, y esa perspicacia con la cual podía hurgar en cada fuente de información provista en su camino.

En medio de los desatinos de un gremio que le restó apoyo, y un sistema judicial a sus espaldas, la periodista recibió amenazas de muerte, secuestro y violación a su familia. Pero de nada sirvieron las advertencias porque no le impidieron a esta Holmes del periodismo abrir un camino contra ese universo de delincuencia.

Mujer fuerte, con inteligencia y astucia complementadas, Guerin entregó su vida para llegar al mismo fondo de los hechos. Apartó sus intereses personales, la seguridad propia y la de su familia, por una causa “oculta a los ojos de su nación y al tiempo de revelarla”, según sus propias palabras.

Por ello imagino que aquel día fatídico, a media mañana, a poco para esclarecer los resultados de 14 meses de trabajo inagotable, a Guerin no le supo a derrota la muerte que ya veía avecinarse entre las detonaciones de un individuo de rostro cubierto. O incluso el sobresalto de su corazón le venía por el temor a dejar aquel camino inconcluso. Recibió1, 2, 3, 4... disparos en el asiento delantero de su auto, asustada, tal vez, pero segura de una labor que por suerte cambió la realidad de Irlanda.

Logró, justo como versa el filme biográfico de Joel Schumacher, que tras su muerte las calles se atestaran de manifestaciones en contra de los sucesos que hasta ese momento permanecían ocultos. De esta forma los traficantes se alejaron de la ciudad y los capos pasaron a la clandestinidad; el gobierno modificó la constitución con el objetivo de confiscar los bienes de aquellas personas inmiscuidas en acontecimientos delictivos relacionados con las drogas.

Logró, sí, conquistar las entenderas de este aprendiz de periodista, que rara vez se topa con un arquetipo reporteril entre las filas de sus coterráneos. Por eso la evoco en tiempos cuando las musas se desploman, o cuando recuerdo por qué es a veces necesario sacrificarse uno mismo por el bien común.

domingo, 16 de junio de 2013

Y cómo le digo a papá


A todos los padres de la tierra y en especial a Luis de Leon, el padre con que Dios me bendijo, y que en tantas ocasiones han envidiado mis amigos.

El día de los padres parece escurrirse por entre los almanaques cubanos. No hay flores como las de mamá, ni oficinas de correos abarrotadas de caducas postales por la fecha. Padre, en nuestros tiempos, al parecer significa un poquito menos. Parece que al elegir el tercer domingo de junio, lejos estaban de pensar lo difícil que resulta homenajear a los papás en estos tiempos.

Yo, por ejemplo, salí muchas veces de esta semana en busca de un presente. Los pies se me agotaron, me pidieron auxilio de tanto caminar y no encontrar un obsequio adecuado para recordarle cuanto lo quiero. Me he conformado, Dios mío, con una crema de afeitar y un pañuelo que seca el sudor de estas jornadas traídas del Sahara.

¿Cómo le digo a papá que es esto lo suficiente para recordarle cuánto ha hecho de mí en estos 23 años? ¿Cuál manera encuentro para recobrarle las veces que me acurrucaba de bebé porque mi madre estaba exhausta de andar por hospitales conmigo a cuestas? ¿Cómo le pago las lágrimas en silencio cuando me oía llorar detrás de un cristal? ¿Cómo le explico que ni siquiera una tarjeta con algún clavel dibujado he podido encontrar para dejarle un abrazo entre letras, y que este sábado el calor casi me hace usar uno de los pañuelos? 

Y hasta pude experimentar su desdicha silenciosa, por esa costumbre que tiene de reunirse con la familia a contemplar la manera en que comemos la cena hecha, como dice él, con poco condimento y mucho amor. Se sienta a vernos comer, lo juro, como si cada bocanada nuestra le alimentara el alma. Hoy, por su trabajo, no pude verlo. 

Entonces recuerdo que no es perfecto, y que tal vez sirva este año de escarmiento por las veces que el estrés lo hizo requerirme sin sentido, o porque a mi edad todavía prefiere llevarme el agua caliente al baño, papi caramba que ya soy mayor no me va a pasar nada. Y es que lo paternal le viene como un síntoma de enfermedad psico-obsesiva por proteger a sus hijos, nosotros, mi hermana y yo, dos locos que no hemos dejado de darle quehaceres.

Imaginen a ese hombre corpulento despierto hasta las tantas horas porque en aquellas primeras fiestas nocturnas decidimos pasarnos de hora, y lo veíamos sentado en la puerta hasta tarde, y entraba sigiloso, y se acostaba, y al otro día negaba haber trasnochado: no hijo no, como crees que yo haga eso, tu eres un hombre que se sabe defender solo. Entonces yo bajaba la mirada y sonreía, porque me sentía orgulloso de aquella mentira piadosa.

Hoy, tercer domingo de junio, este cubano entre tantos le envía estas líneas a su padre, porque no encontrar como decirle a papá que lo quiere como nadie en el mundo.