jueves, 28 de marzo de 2013

Narciso López y la bandera de Trinidad


Los lugareños casi nunca advertimos la historia. Los visitantes menos. Pero en la fachada de una casa elegante, sobreviviente a casi dos siglos de existencia por las postrimerías coloniales de Trinidad, una tarja ubicada a su costado revela una de las páginas más desconocidas de la historia local:
En esta casa residió siendo gobernador político y militar de Trinidad y Villas anexas el Gral. Narciso López en 1842. Luchó y murió por la independencia de Cuba.”
Al hombre a quien le debemos el diseño de nuestra bandera nacional, quien resultara una figura polémica y al mismo tiempo un patriota de reconocido prestigio, los trinitarios relegamos al olvido o la triste ignorancia sobre su impronta en la añeja villa. 
Resultó representante directo de la corriente del anexionismo, movimiento político de la primera mitad del siglo XIX cuyo principal objetivo consistía en separar a Cuba de las garras metropolitanas de España y sumarlas a las fronteras legales de los EE.UU. 
Natural de Venezuela, llegó a Trinidad cuando permutó su cargo de Gobernador de Matanzas – otorgado por sus acciones en favor a la política de la metrópoli hacia Cuba –, por la posibilidad de ocupar la rectoría en la tercera ciudad fundada por Diego Velázquez. Es aquí cuando la conciencia antes desplegada en favor de las cortes metropolitanas tomaba el camino de la causa revolucionaria cubana. Dicen que su ideología recibió un golpe de suerte con las palabras del amigo y compañero de lucha, Vicente Quesada, en las filas de Isabel II contra los carlistas insurrectos. Refiriéndose a España dijo: “No se puede ser hombre de bien en este país ingrato”.
 
Entonces su estancia en la villa resultó un foco volcánico para desplegar todo un accionar revolucionario que llegó a su punto clímax con la Conspiración de la Mina de la Rosa Cubana. Esta acción, fracasada antes de estallar, dio enormes frutos a las tierras de esta región: importantes intelectuales que se acercaron, auge revolucionario por la zona centro sur, y la aparición de símbolos identiarios de la zona como muestra de la consolidación de la nacionalidad cubana.
De esta manera surgió una bandera que para muchos puede parecer la madre de nuestra insignia nacional, diseñada por el propio López y que mantiene rasgos en común con la actual. Sobre ella existe un halo de enigmas, porque hay características aportadas muy diferentes entre sí.
Las descripciones de Cirilo Villaverde aseguran la existencia de una enseña con tres colores republicanos divididos en tres franjas, azul, blanca y roja, a imitación de la antigua bandera de Colombia. Pero es diferente a la descrita por José Ignacio Sánchez Iznaga, que señala una estrella grande, pegada a la zona del asta, y ubicada entre las franjas superior y la inferior. 
Marín Villafuerte, en el libro Historia de Trinidad, hace referencia a un documento presente en el archivo nacional donde se habla de una bandera diseñada para la conspiración de 1848 con dos franjas horizontales azules y una blanca en el medio que alberga una estrella de ocho puntas preferentemente de color rojo, como muestra la imagen del inicio.
Sobre el tema los libros hablan poco. Ínfimas referencias a esta insignia la muestran como un elemento olvidado de la historia local de Trinidad. Pero muchos, trinitarios casi todos, coinciden en que esa debe ser la insignia que se enarbole en el gobierno municipal acompañando a la gran bandera de la estrella solitaria.

sábado, 16 de marzo de 2013

Al fin y a El cabo, amé el periodismo

Lo confieso: llegué al periodismo de chiripazo. Aquel día de la prueba de aptitud mentí desmedidamente. Un grupo de académicos – hoy mis profesores y amigos –  preguntaron por qué me gustaba esta profesión. – Porque me apasiona el mundo de la noticia… – dije tal vez mirando el suelo con vergüenza, porque aquellas palabras salían de mi boca aquejadas de falsedad.

Ni siquiera sabía a santo de qué relegaba una de mis pasiones profesionales. No entendía qué designio divino logró cuestionarme la forma de arriesgar mi futuro en las leguas extranjeras, pasión con la cual tuve sueños hermosísimos durante toda mi infancia. De aquellos días en el preuniversitario, indeciso por qué carreras escoger en una lista bastante injusta, me sobreviene aquel consejo de una amiga:

-A mi me parece que tu das la talla en el periodismo.

-No que va, Rosio, si yo ni siquiera leo periódicos. Gramma da las noticias y juventud rebelde las explica. No quiero ser participe de eso.

-De todas formas haz la prueba de aptitud el próximo sábado. Tal vez te embullas en el camino.

Y acepté escéptico. Ni creía tener el don de la palabra escrita en un diario, ni aquello resultaba una opción que pudiera ponerme los pelos de punta. Pero en un afán por poner a prueba mis recursos como intelectual subestimado por casi la totalidad del IPVCE Eusebio olivera, me lancé a aquella batalla por mi nueva meta, signada por varios obstáculos en el camino.

El primero apareció, gracias a Dios, solucionado por un error estadístico. Según mis cuentas mentales, el promedio general de las asignaturas no llegaba al requisito de 97 puntos mínimos.  Tenía 96, 89. – Ya sabía yo que eso no era lo mío –, pensé. Mas una semana después verifiqué en el escalafón recién publicado, la nueva oportunidad de emprender la carrera. Luis Orlando León Carpio: 97,01.

De quien resultó la pifia en un final, no es algo que hoy me interese.

El segundo por poco me cuesta mi futuro. Mi amigo Javier y yo, después de convencernos lo mal que habías salido en la primera prueba, nos dirigimos hasta el parque de diversiones de Sancti Spiritus, un lugar bastante deprimente hasta para los niños del momento. No montamos en la estrella. Después de un rato hubo un apagón. 

Por suerte sucedió cuando poníamos los pies sobre la tierra; y sobre la realidad que nos dictaba el reloj, ya retrasado 10 minutos después de empezar la segunda prueba. Pero teníamos la certeza de que éramos muy poco para tanta suerte. Nada más alejado de la realidad, porque a la vuelta encontramos un ejército de desconocidos indagando por el paradero de dos muchachos prestos a perder tan grande oportunidad: nosotros.

Pasaron los meses y logré cruzar el umbral de mi facultad un poco más enamorado de mi carrera. Conocí de leads, géneros periodísticos, noticias, estilo; de medios de prensa oficialistas con el control de las masas, y de otros alternativos que buscan contrarrestar ese efecto. Y me apasioné, lo juro, como si aquella amante casi prostituta, me hubiera prometido en matrimonio. 

Pero no acepté su petición hasta el día en que conocí al EL Cabo Zerquera. De la experiencia tan hermosa que me resultó entrevistar a ese formidable trompetista ya en la gloria de los inmortales, he escrito varias veces. Pero nunca me animé a plasmar lo más relevante.

Después de recibir la noticia de la publicación, un sábado del 2011, salí orondo en busca de algunos amigos para dejarle ver mi orgullo. La plana cultural del semanario Escambray exhibía mi conversación con él y yo estaba orgulloso. Mas el último lugar donde fui, resultó la casa de El Cabo. Indiferente le di las gracias, y con un apretón de manos quise volver. Olga, una de sus hijas, con quien conservo una amistad entrañable, me llamó  a solas:

– Luis ante todo felicidades por tu publicación. Quería darte las gracias más sinceras para ti. No tienes idea del bien que le has causado a mi papá con ese escrito tuyo.

 – Imagino que todos estarán llamando para felicitarlo. - dije.

– Sí, por eso, y porque un día como hoy murió mi mamá, su esposa, pero con tanta alegría por salir en el periódico, no ha tenido tiempo de echar alguna lagrimita. Hoy no se sentirá solo. 

Y salí por la puerta con una sonrisa diferente. mientras fijaba la vista sobre el ejemplar autografiado por el músico, comprendí que mi inserción en el periodismo había dado su primer fruto. No importa cuanto tengo que pasar, la experiencia se va a repetir, pensé. Entonces, al fin y gracias a una personas que hoy resulta inolvidable en mis memorias, amé el periodismo más que nunca.

jueves, 7 de marzo de 2013

Nostalgia de feria


El Word abierto me convidaba a escribir sobre la feria del libro en Santa Clara, ciudad ubicada en el mismo centro de Cuba. Sin embargo no puedo despegarme de esta nostalgia perenne por aquellas primeras ferias trinitarias. Tiempos cuando la realidad de esta celebración no relegaba lo acontecido en mi ciudad, a un bulto de libros en un rincón del parque Céspedes, hoy, cuando la posibilidad de disfrutar de un verdadera fiesta literaria se pierde en la utopía de muchos.

Por eso pude sentirme aparentemente afortunado de estar en la ciudad de Marta y el Che, y, en un intento por revocarme mis prejuicios, escogí el viernes para mi primer y único recorrido. Sin embargo, la vuelta me deparó una estampa de sentimientos acorde con la idea ya prejuiciada que venía martillándome los pensamientos: la celebración se sostiene del ímpetu por una continuidad a toda costa.

Y no era para menos mi sospecha. A la vera de necesidades literarias – y lo confieso: para estos predios no cubrían una expectativa mayor que la presencia novelística de Daniel Chavarría – comprobé la poca avidez organizativa para un evento de marcada importancia, pero que encuentra en el interior del país un mero formalismo de cuotas editoriales.

Por momentos creí padecer algún trastorno neurológico, porque no me cabía en la cabeza cómo podía ver repetida la misma imagen en cada estanquillo. Los signos no variaban: los mismos títulos, en el mismo orden, con la misma cartelera y la imposibilidad de saber qué buscar en aquella multitud de libros, con incuestionable valor pero difícil identificación temática.

Aun cuando creí solucionar mi duda médica, las confusiones reaparecieron. Me percaté de ciertos títulos familiares, a tal punto, que supuse vivir de nuevo los días de la feria pasada, o la antes pasada, cuando pululaban libros como “Macho Varón Masculino”, y algunas guías de moda cubana. Pero aclaro, no me opongo a la reventa de libros de buena factura, pero con tan tímida presencia de ejemplares nuevos, o reediciones necesarias – tal es el caso de Biografía de un Cimarrón de Miguel Barnet – las ilusiones de aquellos interesados en las “novedades editoriales” regresan a casa con el pesar de la indiferencia.

Por supuesto, nunca fallan opciones tales como la literatura infantil y la venta de los ejemplares antiguos. Siempre ofrecen esa oportunidad al populacho de llegarse hasta las bondades de la literatura. Mas pienso que este no sea su objetivo fundamental, lo que me lleva a cuestionamientos precipitados: ¿si esto sucede en la capital cultural del centro de Cuba, qué esperaremos para el resto de los territorios?

Puedo resumir el caso Villa Clara como una muestra del refranero popular: un buen guión, mala puesta en escena. No obstante, nunca debo pasar por alto el hecho de que, aun cuando la estrategia comercial de los libros caiga en el bache de la dejadez – o la falta de recursos, según se mire – siempre resulta un buen pretexto para invitar al pueblo a sumarse a toda una avalancha de propuestas culturales aledañas, como invitación a no pasar por alto las bondades de la literatura.

Aun así, cuando el Word me convide a escribir sobre la feria santaclareña, no puedo despegarme de de esta nostalgia por mis días trinitarios. Más bien, me vienen a la cabeza una estampa de imágenes a modo de remembranzas. Veo a mi Trinidad repleta de libros, excelentes ejemplares de la literatura universal y cubana, y al pueblo volcado a las calles para no perderse un acontecimiento, que en no pocas ocasiones ha sido rebautizado como “Furia del libro cubana”. 

No creo ser un soñador cuando pienso que eso es posible.

miércoles, 6 de marzo de 2013

La muerte no significa derrota



No puedo pasar por alto la muerte de Hugo Chávez. Aun cuando soy muy poco asiduo a la política, cuando rara vez intento entender los desmanes y progresos de este mundo, la figura de este prócer siempre me tocó adentro. Había algo poco común en él que suscitaba en mí un sentimiento de optimismo por mi identidad latinoamericana. 

Por eso ayer no podía creer lo que veía. Imposible pensar que la muerte podía con tan grande hombre – incluso después de anunciada su segunda retirada por el cáncer – , increíble el hecho de que Latinoamérica hubiese perdido el presidente  más influyente de los últimos 20 años. 

Ahora mismo no tengo una lista de sus logros, ni un esquema detallado con cada acierto en las labores en favor de la integración de nuestro continente, pero me queda  el recuerdo grato de su figura sencilla, pero tenaz, de quien desafió tantos contratiempos por hacer de su Venezuela un país mejor – aunque luego su altruismo cruzara fronteras –. Me queda la imagen del político capaz de enfrentar a Bush en plena sesión de la ONU,: “Demonio, esta tribuna aun huele a azufre”, le escucharon decir enfrente de miles de representantes diplomáticos del mundo.

Hoy, cuando imagino que existen unos cuantos bastardos brindando con una copa de champaña, puedo afirmar que la muerte solo será un abono para plantar las ideas bolivarianas de Chávez más que nunca. Lo digo aunque parezca arenga, pero me importa un bledo los cuestionamientos de muchos alrededor del mundo, amigos míos incluso. Confío a montones que ahora sí se consolida el desarrollo latinoamericano. La muerte no significa derrota.