jueves, 6 de febrero de 2014

El llanto de la Ermita de la Popa


Desde casi cualquier sitio de Trinidad, el visitante advierte una edificación peculiar que parece cuidar con ansia de madre a la ciudad desde lo alto de una colina. Allí, en la loma de la Vigía, donde acaba el barrio la Popa, la Ermita de igual nombre llora el olvido de los habitantes de esta tierra. Aun más por estos días, tiempos de celebración en honor a sus santos patrones, La Candelaria y San Blas, tradición exclusiva de la zona que ha quedado varada en el tiempo.

Cuando uno sube la calle Desengaño, bien arriba hasta acabarse la ciudad y percibir el olor a monte, se encuentra con una pendiente repleta de mala hierba, tierra por doquier, casas humildes. En la cima están las ruinas de la iglesia, templo más antiguo de la ciudad, hoy sumido en un huracán de albañilería porque justo a su lado crece un hotel 5 estrellas. Desde allí, dicen, existe una vista hermosa de sus contornos, del mar y las montañas en armoniosa relación con la villa.

Pero en ese lugar agreste hubo una vez el esplendor de los tiempos de la colonia, cuando casi todo por allí se resumía a la vida religiosa, y que el célebre barón Alejandro de Humbolt definió como “sitio célebre de Romería”. Donde hoy aparecen rocas antes hubo una escalinata a modo de recibidor, con rústicos adornos que invitaban a pasar. Por aquel entonces, cuando el almanaque marcaba el día 2 y 3 de febrero, la comunidad se sumergía en jocosas fiestas en homenaje a sus santos.