martes, 25 de octubre de 2016

Limones Cantero (I)


Un domingo, a las tres de la tarde, desde la ventanilla del auto que me llevaba de Trinidad hasta Santa Clara —en esa carrera infatigable que mantengo por vivir en dos lugares al mismo tiempo: familia y profesión, dos casas y ninguna mía— un vistazo me trasladó de vuelta 13 años atrás. Apenas un destello de la imagen por la ventanilla del auto. Un flash instantáneo pero plenamente real. Ni detención. Ni parada. Ni husmeo. Pero pude ver, justo al lado de la carretera, mi primera escuela al campo ¡Ah, la escuela al campo!...

Había olvidado que hubo una época en Cuba en que era menester combinar estudio y trabajo. La secundaria básica nos sorprendía dura sobre los meses de octubre o noviembre. De un zarpazo nos quitaban la ñoñería y nos montaban en una guagua Girón rumbo al corazón rural del municipio donde residiéramos, lomas van lomas vienen en el firmamento… 30 días en contacto con la naturaleza y conociendo las bondades de las labores agrícolas.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Transformismo y Humor: la fórmula de Blaccucini


Fotos: Yariel Valdés González
Blaccucini nació en el patio del Mejunje, Santa Clara, el primero de septiembre de 2007, cuando decidió pintar de rojo intenso sus labios negrísimos y evitarle a la gente, arrancándole risas, tristezas similares a las suyas. Le pusieron así, Blaccucini, con dejo paródico, por ser el Black Cousin (Primo negro) de una familia enorme.

23 años antes de esa fecha, en Camajuaní, habitando un hogar de más de 10 personas, nació Denet Oliva Triana, el niño barón que palpita debajo de esta mujer y que en la calle reconocen como “Blancuchini”, acaso por parecer una ironía la del propio nombre, que suena como blanco y, en cambio, anuncia una figura negra.

Los más acérrimos dirían que la desgracia no podría ser doble: “¿Negro y maricón? imposible”, pensarían. En todo caso es triple para el imaginario discriminatorio: Negro, gay, transexual. Nada que le haga perder el sueño.

martes, 4 de octubre de 2016

Huracanes


Ahora, mientras escribo, la tarde comienza a nublarse. Se pone así como dicen los poetas y escritores: gris. Es domingo 2 de octubre de 2016 y la televisión no para de ofrecer imágenes de un huracán que llegará a costas cubanas pronto. Por suerte no está aquí la tormenta definitiva ni es esta la tierra que será devastada.

En Santa Clara, a unos 700 kilómetros de las provincias del oriente cubano, donde Mathew dará su saludo mortal muy pronto, la cercanía del temporal llega con la certeza de la pequeñez que define a hombres y mujeres de esta tierra, aunque veces lo olvidemos; viene como para abofetearnos en el rostro, a ponernos de frente a la realidad de la que huimos siempre.

Después de un 2015 prometedor, con casi un 5 % de crecimiento del PIB; cuando las relaciones de Cuba y EE.UU. parecían ¿ilusoriamente? ponerle fin al Bloqueo y con ello el horizonte de la economía familiar creía mostrar una luz de alivio a los lejos, llega el 2016 con otra recesión considerable; en medio de una presunta crisis energética que nos hace cruzar los dedos: ¡apagones no, apagones no! La llegada de un huracán no es otra cosa que un presagio de tiempos difíciles, de escuchar esas palabras que no queremos: recortes, carencias, dificultades.