martes, 31 de mayo de 2016

Crónica para fumadores pasivos

Una de las pocas veces que he dado un puñetazo fue a mis 13 años —lo reconozco, el arte de pelear no es lo mío—, cuando en una Disco-Fiñe un bravucón quiso intimidarme de la peor manera que supo: aspiró una bocanada de humo y me la lanzó directo al rostro en una acción que yo interpreté como una bofetada. Lo demás podrán imaginarlo.

Y aquello no ocurrió por obra y gracia del machismo, de exacerbación de masculinidades, de marcas de terreno. Cigarro. Humo. Nada que me desagrade más en este mundo. Desde aquel día juré que ni el más persuasivo de los mortales me haría caer en las garras del tabaquismo.