miércoles, 11 de noviembre de 2015

Esteban, el central, los anteojos

Foto: Yariel Valdés González
Mientras señala hacia el central Quintín Banderas (Corralillo, Villa Clara, Cuba) desde la puerta de su casa, a Esteban de Jesús Sedeño Villiva le cambiamos bruscamente la conversación para evitarle profundas conmociones. Había perdido irremediablemente la esperanza de ver humear la chimenea de su ingenio otra vez, como para que ahora no deje caer dos buenos lagrimones al tiempo en que espera que su central vuelva a la vida.

“Yo puedo sentir, solo por el sonido del pito y el color del humo, si ese central está trabajando bien o no. Oye, no fueron 35 años allí por gusto. Esa era mi vida”, dice sentado en su sillón de ruedas, víctima de dos infartos cerebrales (que no mellaron su claridad), mientras enseña unos anteojos soviéticos casi nuevos, de unas cuantas décadas de explotación. “Con estos yo veo desde allí, desde la mata esa que esta frente a la casa, todo lo que sucede adentro. Es que no me quiero perder nada de lo que pase cuando empiece la molienda”.

—"Parecen buenos los anteojos", le digo con curiosidad.

—Ah, esos me acompañan desde que estaba yo faja´o en Playa Girón.

—¿Usted peleó en Playa Girón?