lunes, 19 de octubre de 2015

El loco y el zapato

Quería, desesperadamente, que alguien le pusiera su zapato. Entró a la catedral de Santa Clara, al centro de Cuba, en plena misa vespertina y causó miradas enconadas de la gente. Pero quería que le pusieran su zapato y lo pedía con fervor.

Pocos lo entendieron al principio. El balbuceo ininteligible de su boca apenas delataban los verdaderos deseos de aquel hombre que, en alta voz, les mostraba a todos un tenis Skechers cuyas suelas connotaban demasiados caminos recorridos. Eran, posiblemente, el fruto de la compasión de algún extranjero.

¡SSS, siéntese! Recibió de uno de los feligreses. Ya estaba por comenzar la misa y debía escuchar.

Y en uno de los asientos acarició el pie sin calzar, miró hacia el coro y sonrió. La sonrisa se le vio perfecta desde una barba ancha, enorme y tupida. Mojada por la impertinente llovizna de este domingo. Mojadas también estaban las ropas que después de sabrá el señor cuánto tiempo conocieron el agua. Mojada también su piel despintada, que cubría un cuerpo delgado, ligeramente encorvado y tenso. Mojada su mirada, demasiado triste y confundida como para enfrentarla directamente a nuestros ojos.