viernes, 31 de enero de 2014

La generación del 90


Mis contemporáneos y yo siempre hemos bromeado con ciertas marcas de nuestro tiempo, porque, como una cruel coincidencia del destino, nacimos en 1990. La última década del siglo XX no es un juego para Cuba. Por muchos que hoy queramos contar en tono burlesco los míseros avatares a que fuimos expuestos – que tal vez llevábamos encriptados en nuestros genes – este pasado reciente se nos vuelve un recuerdo gris.

Aunque fue en 1989 cuando decidieron tumbar el muro que dividía a Berlín en dos mitades, al mundo en dos ideologías, no fue hasta que el almanaque hizo conteo regresivo a los últimos diez años de la centuria cuando esta isla sufrió las más impensadas penurias. Por entonces ni los economistas más avezados podían prever las nefastas consecuencias del Período Especial.

lunes, 20 de enero de 2014

Blanco y negro no ¡Gris!


Cuando ya la tradicional semana de la cultura en Trinidad toca a su fin; cuando la ciudad se envuelve en la recogida de carpas, canapés y basura; cuando queda entre la gente el cuchicheo sobre los vaticinados altibajos de la celebración; cuando veo plagados unos cuantos medios con críticas hacia la factura de ciertas propuestas, sigo aferrado a la misma idea: el aniversario 500 de la tercera villa de Cuba estuvo a tono con lo que pudo dar su gente.

Lo negativo envuelve las cabezas de todo el mundo. Golpea los recuerdos la ínfima divulgación del programa oficial, con la “minuciosa organización” que logró obviar la agrupación santaclareña de música antigua Ars Nova, condenada a pasar desapercibida en los salones del Museo de Historia; o la falta de un folleto que pudiera indicarle a la gente donde iba a suceder esta o aquella actividad. Cierto.

sábado, 11 de enero de 2014

El niño perdido


Cuando uno va como rumbo a la secundaria básica Carlos Echenagusía Peña, en Trinidad, encuentra en una de esas calles sin atractivo una casa parecida a muchas, humilde, sin aparente especialidad. Allí habita la leyenda viva de estas tierras, la del Niño Perdido, una historia como nacida de las páginas de un libro, y tan real como la historia misma de Cuba.

Está recostado en una cuna. Alrededor suyo, el brillo del oro muestra el valor de regalos de todo color, tamaño, material y época. Afuera, una urna de aluminio y cristal lo protege del mundo (si es que necesita protección alguna). Adentro, descansa el niño de cientos de años, cubierto por sedas y otras cosas de proveniencia indescifrable, testigo de la fe popular de la ciudad a lo largo de dos siglos. Una señora de color, y también sus hijos, lo cuidan con detenimiento, aunque no sea un infante alejado del seno de su madre, aunque sea una estatuilla de 5 centímetros que concede deseos a cambio de dádivas.