jueves, 25 de julio de 2013

Si el cine Romelio Cornelio tuviera alma…

Si tuviera alma de seguro sintiera tristeza. Si se llenara de sentimientos, ahora mismo mi reseña quedaría centrada sobre las lágrimas que vertería desde su inamovible figura justo en el centro de Trinidad. Cierto, muy cierto, es que los años pasan para el cine Romelio Cornelio sin que nadie note, desde el andar diario por sus alrededores, cómo a esa edificación le queda muy poco del esplendor de antaño.

Acostumbrado  estaba él a recibir los más encumbrados elogios por allá por las décadas de los 70 y 80: qué buenas las tandas, qué buenas películas, qué bueno es tener un cine con tan buenas propuestas…  Ahora solo se conforma con ver relegadas aquellas funciones que convocaban multitudes, al vacío diario aun cuando cambien las propuestas fílmicas. Aurelio Gutiérrez, ávido cinéfilo, lo recuerda como jornadas provechosas que se han perdido en el tiempo.

Jornadas provechosas, sí, cambiadas por la dejadez, o quizás, por una frontón adornado con papeles hechos a mano, algo así como un intento infantil de confeccionar un poster Art Attack para promocionar los filmes que solo se transmiten en la imaginación de unos pocos, como si la exquisita tradición de la cartelística cubana no hubiera llegado nunca a los ojos de los trabajadores del centro.

Así las películas quedan condenadas a pasar desapercibidas por los transeúntes, lo suficientemente distraídos con sus avatares cotidianos como para acordarse de la existencia de un cine teatro con escasas probabilidades de entretener al público. En todo caso se remitirían al facilismo de siempre: ir directo hasta el propio banco de alquiler de DVD que funciona en la puerta del recinto, su propia carta de suicidio.

Alguien dijo una vez, respecto al auge de la tecnología digital, que esta traería la muerte de las llamadas salas oscuras. No hay porque negar las ventajas que trae el DVD, la memorias flash, Internet, –que confieren más ocio, inmediatez, accesibilidad… – pero, este aprendiz de periodista, en busca de las opiniones de la gente, encontró que la gran mayoría experimenta en el cine una sensación única de compenetración con la película que el televisor no logra suplantar. Tal ves por eso las grandes industrias prefieren el estreno en la pantalla grande antes que la chica.

O como dijera Luis Blanco, intelectual trinitario: “los nuevos tiempos traen cambios, no podemos pensar en las salas oscuras de la misma manera de años atrás, pero pretender su muerte es, simplemente, un error de concepto”. La idea para la actualidad sería convertirlos en complejos culturales, en aras de conjugar la propuesta cinematográfica con atracciones de tipo comerciales, o con otras manifestaciones del arte. Esa mixtura, esa fusión, es el eje fundamental de los años que corren.

Ah, claro está, esto conllevaría a un vínculo directo de la producción fílmica cubana con las condiciones técnicas para la proyección del material. Imposible disfrutar si el aire acondicionado roto te deja  más pendiente al sudor que a la trama, y las dificultades del audio te hacen pensar solo en el close caption, como sucedió en esta ciudad al centro sur de Cuba cuando estrenaron Habanastation. Aun así, logramos ver abarrotados los palcos.

Que hermoso sería ver la premier de cada producción – y coproducción – nacional, en varios de los cines de provincia. ¿Acaso no nos gusta a los cubanos ver lo “hecho en casa” por el mero sentido de pertenencia? La imagen me sobrevuela la cabeza, con este ánimo de ver multiplicadas las opciones recreativas sanas, las propuestas más apacibles.

Por desgracia el cine Romelio Cornelio de Trinidad padece los mismos achaques de tantos homólogos cubanos, relegados al vacío de pasillos, de asientos que envejeces por la falta de uso y películas que  nunca pasan por entre los proyectores de alta definición – ahora digitales. Ni siquiera se porqué me gusta pensar que el cine tiene alma, cómo hacerlo, si esto implica imaginar tristeza y lágrimas vertidas desde una inamovible figura justo en el centro de la villa.

jueves, 18 de julio de 2013

El 4 en la lista de espera


Existe una realidad en Cuba más cierta que una verdad de Perogrullo: el pésimo servicio de transporte. Sin embargo, los cubanos nos empeñamos en empeorarla, haciendo de este proceso –el de viaje –, una inframundo donde el bolsillo de nosotros, los de a pie (nunca mejor dicho), resulta el más vilipendiado.

Reflexioné sobre esto después de mi viaje a Trinidad este viernes –o porque una buena amiga periodista denunció en su blog los Astros Apagados que infringieron las leyes del tránsito, o porque como parte de mis prácticas me he visto sumido en una investigación peliaguda sobre las ilegalidades en la terminal de Santa Clara – cuando apelé a lo más profundo de mi honradez, sin pensar que como están las cosas hoy, los buenos valores se alejan de las posibilidades de sortear los obstáculos sociales.

Cuando digo honradez me refiero a anotarme en lista con un día de antelación. Obtuve el número 4 ¿No había posibilidades de irme?

Arribé a la terminal interprovincial como a las 11 y algo de la mañana, tal vez en espera de que los milagros divinos lograran ubicarme en algún vehículo previo al usual de la 1:20 PM. Me senté justo al lado de la taquilla donde venden los pasajes. Entonces  vi llegar a Marisela y su hijo el Indio, amigos míos del barrio. Llevaban 2 días en Santa Clara por chequeos médicos.

 – ¿Tienes pasaje? – Preguntó  ella con rostro confiado 

– No. – respondí.

– ¡Ay mijo, no es fácil! deja ver que hago por ti, yo hablé desde ayer con un amigo mío de la empresa pero solo para 2. 

– No te preocupes, tengo el 4 en la lista de espera – apelé sin creerlo yo mismo, pero aferrado a una esperanza ya turbia por tan turbio panorama.

En medio del calor, el bullicio impertinente y los anuncios del altavoz roto, logré un tilín de sosiego mientras aquella terminal se tornaba una sucursal universitaria. ¿Cómo no pude analizar que era el día de graduación y el flujo de personas subiría como la espuma? 

No erré. Y lo comprobé al ver a Javier, eh compadre como estás, tienes pasaje?... que no lo tenía pero le faltaba poco. Luego Ernesto, Susana, Yanira y su amiga de Encrucijada, todos de Trinidad, como yo, llegaban directo a los confines de la terminal. No se cómo, pero los boletines aparecían en sus manos, en un acto de magia que sumaba siempre más de uno.

Pero tengo el 4 en la lista de espera, pensé ya con fatiga. Entonces Marisela y el Indio regresaron con 2 asientos, ¿y el mío?, “para la próxima pipo, que pena nos da contigo”. 

El ir y venir de coterráneos comenzó a ponerme los pelos de punta. Aparecieron Marías y Pedros, fulanas y fulanos, todos con el don de atravesar el pasillo central directo hasta el confín, para luego regresar con el “asiento en la mano”. Ya marcaban las 12:30 PM, faltaba casi nada para llamar la lista de espera y los miedos dominaron mis principios.

Caminé hasta los mismos confines. Saludé a aquel viejo amigo jefe de turno “Hola Pepe, ¿como andas? trato de irme para mi casa pero la cosa está mala”. Fue ese el momento en que aprendí la capacidad de aparecer asientos de youtong en un acto de magia que implica 1 CUC. La palabra honradez me vino a la cabeza, y también la idea de que los buenos valores se alejan de las posibilidades de sortear los obstáculos sociales. 

Pero conseguí mi pasaje. Más aliviado me dirigí en busca de mis maletas, y solo después, ya casi arribando a la guagua, escuché desde el altavoz medio roto las 2 capacidades que ofertaba la lista de espera. Se quedó en el número 3, yo hacía el 4.

jueves, 11 de julio de 2013

ICRT con sabor a Antena 3

Foto: tomada de Ruventud Rebelde
Después de un despliegue enorme de publicidad en la TV Nacional, por fin la serie S.O.S Academia llega hasta los hogares cubanos presta a cumplir las elevadísimas expectativas que ha creado: Primera serie musical, mezcla de misterio con esencia de Broadway, aunque a muchos no les parezca más que un producto basado en las españolas El Internado y Un Paso Adelante.





El dramatizado recibió una premier de lujo justo a la llegada del verano; y luego el primero, y luego el segundo, y ya casi el tercer capítulo, pero aun no muestran de qué va esta historia. Sabemos –y lo sabemos, claro está, después de tener la sinopsis en cada uno los Medios– que un grupo de jóvenes acaba de iniciar un curso en una escuela de arte habanera, donde, jóvenes al fin, se topan con los conflictos típicos de una residencia estudiantil: nuevas relaciones y la adaptación a las normas colegiales.

En Internet podemos encontrar sinopsis de la serie como esta: una propuesta de corte musical con 42 capítulos  y donde la vida de 11 jóvenes cambiará por completo, pues luchan por un objetivo que provoca un cambio radical en sus carreras artísticas; presenta la competencia entre dos compañías de baile en las cuales se entrelazan conflictos y dificultades del acontecer cubano, que durante 33 minutos harán disfrutar al televidente.

Hasta hoy, casi nada de música, menos de misterio.

Si bien aun resulta prematuro realizar una crítica certera de la serie no es menos cierto que saltan a la vista cuestiones a señalar. Podemos partir desde el criterio de la juventud cubana, la cual después de consumir series extranjeras hasta la exhaustividad – por demás, de excelente factura –, le sobran argumentos para valorar, siempre con el ánimo y la espera paciente por encontrar el entretenimiento dentro de las fronteras naturales.

Después de recoger algunas valoraciones cercanas, pude constatar que el primer gran revés de este dramatizado lo constituyen las locaciones irreales. La trama se desarrolla en una escuela de arte cubana, con un confort tan distinguido que no hubo comparación más digna que el Meliá Cohíba, para la partida de futuros periodistas y filólogos que nos encontrábamos boquiabiertos en un cuarto, el 302 A, del edificio U5, en la Universidad Central "Marta Abreu" de las Villas: verdadera residencia estudiantil cubana.

Claro, no pretenderemos que una historia entre canciones y coreografías transcurra por avatares económicos graves. Pero tanto lujo abruma. Muchos llegamos a una conclusión: por momentos, S.O.S… pierde la esencia de todo producto audiovisual para la TV, el reflejo de la realidad de sus espectadores. Además, los realizadores, después de emprender una aventura tan riesgosa como esta, se les hacen imprescindibles las concepciones dramatúrgicas más básicas en aras de dejar al televidente siempre a la expectativa. Reitero, todo juicio es prematuro, pero el capítulo 2 dejó poco que desear. Rozó lo lineal. El final resultó precipitado sin una pizca de suspenso. Las posibilidades de acercarnos al tercer episodio no se pierden porque, en nuestro país, no existe la competencia entre espacios. 

La propuesta constituye un claro ejemplo de los malabares que intenta nuestro ICRT en aras de reivindicar la calidad de la televisión, cuando ya las muestras de anquilosamiento no dejan lugar a dudas, y las competencias artísticas de nuestros realizadores pierden predominio en el gusto popular con la invasión de material extranjero. Por ello no podemos culpar a los guionistas –y creadores en general–  de imprimirle este sabor a Antena 3 que el público no se cree del todo. Qué si las actuaciones son o no plausibles, si de verdad será una propuesta diferente, fuera de clichés, atractiva, ya lo dirán las venideras jornadas de la Televisión Cubana, para este verano 2013.