jueves, 31 de enero de 2013

Como si Martí anduviera por las calles trinitarias (fotorreportaje)



Parecía un mal vaticinio, pero no lo fue. Habían anunciado algo de lluvia para la mañana del 28 de enero, mas un puñado de nubes impertinentes no dejó enturbiar la ilusión de los niños, presta a crecer por entre las arterias de Trinidad durante el desfile que honra de la mejor de las maneras, la inusual empatía de José Martí por los más jóvenes de América.

Cuando se cumplen 160 años del natalicio del más universal de los cubanos, en este pedacito de tierra al centro sur de Cuba solo la sencillez bastó para evocar, como cada año, una tradición que no por generalizada en el país deja de tener el encanto particular de estos parajes coloniales.

Las razones entonces me sobran para evocar, con actos, los años en que las ínfulas de mambí – o de cualquier personaje de cuento infantil martiano –  me enardecían los pensamientos en un frenesí delicioso, que al menor indicio de la aurora me hacían abrir los ojos. Así desperté este lunes, pero con armas diferentes: de niño llevaba el machete de madera o el instrumento musical,  esta vez, el lente de mi cámara ávida por atrapar momentos.

En la ciudad un tumulto iba apareciendo de la nada: por un lado pude ver el caminar apresurado de padres ante la premura del acontecimiento, por otro la ensarta de curiosos dispuestos como cada año a disfrutarlo. Mientras, se escuchaban desde la lejana calle Jesús María, los primeros redobles de tambor por entre las rejillas de la pérgola del parque camino hacia la Plaza Cultural ¡Y comienza el desfile!

Las calles se atestaron de las tantas muestras de esplendor brindadas por cada escuela primaria y secundaria, repletas de colores alusivos a los atributos y símbolos de la patria – que con tanto ahínco enseñan los maestros en esa etapa- y se convierte el centro trinitario en una fiesta donde la ternura infantil acapara la atención de miles…

Un español impertinente se acerca a mí y pregunta, con más estupor que malicia: “¿Cómo pueden celebrar este acontecimiento con tantos problemas económicos?” – porque en Cuba sobra alegría- le dije yo mientras observaba los retazos con que remiendan cada año los implementos musicales precámbricos, una suerte de reliquia antiquísima que se resiste a dejar sin banda rítmica a las decenas de centros de enseñanza en Trinidad.

Es como si Martí anduviera por entre el tumulto, velando, a la manera de cualquiera de los cientos de santos católicos, el trayecto final de estos, sus niños de hoy, bautizados durante 2 horas de desfile con los personajes de la Edad de Oro, o algún pasaje importante en la vida del propio Martí, el apóstol, como lo calificara el intelectual cubano Jorge Mañach (cuestión acerca de la cual ya pretendo postear en un futuro).

Entonces recuerdo escuchar el despertador aquella mañana de 1995, y el niño frente al espejo con ojos titilantes, mientras ajustaba sus ropas, bien puras como nuestros ideales, por entre su cuerpecito menudo. La mamá le pegaba un cinturón negro, y las polainas al lado de las ropas un poco antes de envainar el machete de madera. Pero no sale hasta ver en sus mejillas la barba de carbón.

Y aun hoy, en el 2013 y con 22 años, el muchacho escribe sus impresiones del 28 de enero con el mismo ímpetu que años atrás le sumía en un bulto de sueños que desde la almohada le adelantaba el jolgorio del día siguiente.




jueves, 24 de enero de 2013

La timidez del aniversario 499 de Trinidad (+ fotos)


A poco para el medio milenio de fundada Trinidad, no puedo hacer más sino entristecerme por la timidez con que asumimos su cumpleaños. Siento la dejadez de quienes le deben el verdadero valor de sus encantos. Veo la melancolía en los ojos de aquellos que dejaron un trozo de sí en la salvaguarda de la ciudad.

Ya falta poco para el dichoso aniversario 500, y me sigue sobrevolando esta emoción de nieto feliz por la abuela que llega a la centuria, pero furioso por los padres empedernidos que tejen coartadas para reducir la magnitud del hecho. Otra vez resuena como un trueno la frase comodín para justificar la falta de motivación: hay poco presupuesto. Y así relegamos a segunda mano una festividad de merecida importancia. 

Durante la semana emergieron las quejas del pueblo, enajenado de las propuestas de este año por la mínima divulgación y ofendido porque en este enero, ni siquiera existió la clásica tarima donde se abren las puertas de nuestra idiosincrasia a través de propuestas artísticas asequibles al público. Por estas fechas suelen “emparapetar” la plataforma en las inmediaciones de la plaza mayor, pero este año fue prescindida, y las habituales galas tuvieron lugar en el patio de la Casa de Cultura del municipio. La feria de artesanía en las márgenes de los museos constituyó una de las pocas muestras festivas en las áreas del centro histórico.

Nuestro veterano Víctor Echenagusía siente este declive de las conmemoraciones, y refiere experimentar incomodidad, porque “su esencia va más a la cultura, pero hay un ánimo progresivo por lo popular”. La balanza se inclina al facilismo técnico: por un lado las carpas callejeras donde la música grabada resulta la vía más simplista de entretenimiento; por otro, la cerveza sustituye algún palco en el cine-teatro municipal. De esta manera echamos por tierra las palabras del ya fallecido historiador Carlos Joaquín Zerquera y Fernández de Lara, quien, según algunos curiosos, refería una y otra vez que para “emborracharse ya están los carnavales”.

Recuerdo cuando de niño solía pedir permiso en la escuela para salir temprano y montarme en los artefactos de hierro a manera de implementos eléctricos – que a veces parecían estrellas, barquitos, aviones o dragones que nos ponían de cabeza – sin la temeridad de ahuyentar la horda de turistas que hoy descansan en el Iberostar Grand Hotel… La algarabía brotaba en mis contemporáneos porque habíamos hallado el paraíso de la diversión, similar a la “Isla de los juegos” donde llevaron a Pinocho, pero sin la desgracia final de transformarnos en burros. ¡Deliciosa época donde los precios no nos hacían abrir los ojos a la manera del Saturno de Goya!

La celebración que marcase pauta en todo el país por ser la primera de su tipo en Cuba –luego de la cual una avalancha de semanas culturales se expandiría por toda la geografía nacional – experimenta la pérdida paulatina del sabor exquisito de la tradición: mera gastronomía criolla, y un historial textil sustituido por el mal gusto de las marcas falsas. Tal vez por ello le resulte casi imposible establecerse en la cultura nacional con la ejemplaridad que fue pensada, como sí lo lograron las parrandas de Remedios y Guayos. 

Mientras que poco a poco la semana de la cultura trinitaria va tornándose carnavalesca – a la manera de las parrandas que no caben en las listas, porque existen hasta en los consejos populares más minúsculos – prefiero regocijarme en las historias de mis generaciones predecesoras, que me sumergen en un halo de anécdotas hermosas donde puedo imaginarme la alegría de los trinitarios a borbotones. Entonces, solo así, creo ver en esa festividad el homenaje justo para los encantos coloniales de mi ciudad, pequeña y esplendorosa como ninguna.

                                          Foto: Alipio Martínez
  Peña del Periodista rafael Daniel, el viernes en la noche, en el patio de la Casa Artex. Foto: Alipio Martínez
                                                               Fotos: Alipio Martínez
                                                              Foto: Carlos Luis Sotolongo
                                                          Foto: Carlos Luis Sotolongo
Nota: Agradezco las colaboraciones de los autores de las fotos, que ilustran algo de lo acontecido en este aniversario 499 de Trinidad.

jueves, 17 de enero de 2013

Memorias en la UCLV (Becas II)


Cada viernes, cuando mis pies tocan suelo trinitario, un sentimiento de enajenación por la ciudad donde nací me invade los pensamientos. Como si aquel lugar donde solía correr descalzo con mis amigos del barrio ya no fuera mío. La razón es simple. El habitual recorrido por los parques, callejuelas empedradas y cuentos hasta el amanecer se trasladaron de provincia. “La beca me ha alejado de mi casa” le dije en cierta ocasión a un amigo.

La universidad complementó lo que inició el Preuniversitario, pero ya estaba calando en mi desarrollo ese alejamiento por mis hábitos raigales, para dejarme ser parte de otras realidades que, aunque parezca absurdo, cambian la vida de todos los jóvenes.

Así llegó hasta mí la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas (UCLV), resultado del fallido intento por encontrar sosiego en el periodismo de la universidad capitalina – sin cambio de dirección no hubo traslado –, que a la larga se convirtió en la gratitud de la nueva vida que se advenía ante mí y me convertiría, de una vez por todas, en adulto.

La mañana cuando arribé a sus carreteras internas y los pasillos recién acomodados de la facultad de Humanidades, yo era el típico novato adolescente de primer año, con aquella excitación visible desde las carcajadas a modo de rufián con mi amigo Javier, y mis ojos sobresaltados ante la majestuosidad tercermundista del campus verde y tranquilo de la Martha Abreu. Recuerdo la cola de la matrícula, los alumnos que por primera vez vería hasta estos días, y la voz de la secretaria anunciando un “firma aquí”, que declaraba el inicio de esta carrera, más de fuerza que de resistencia.

Desde entonces me han sobrevolado las experiencias más diversas en este centro de altos estudios. Las madrugadas frías, las tardes calientes y la satisfacción de conocer las más diversas personalidades, desde los noctámbulos Arnaldo y Frank – seres traídos desde la galaxia del insomnio y la felicidad de la bohemia – hasta la rectitud adventista de Rogelio, los malhumores de José y las polémicas divisionistas de mi año de estudios.

La UCLV parece una universidad como otra pero no lo es. El solo hecho de radicar en Santa Clara, una ciudad donde se funcionan casi todas las tendencias del hombre, sin miedo a decirlo, una de las ciudades más cosmopolitas de Cuba, le imprime una singularidad generacional, rica en diversidad. Mi edificio de beca, el U5, ubicado al sur del teatro, y al frente del gran edificio femenino 900, es el colofón de estas características, el resultado del nacimiento del irracionalismo cubano.

Es, en resumen, el lugar donde emerge la bohemia al compás de la guitarra y la sazón de la novísima trova, porque el U5, aunque alberga a las carreras humanísticas y sociales, también pueden ser frecuentados por aquellos provenientes del resto de las residencias amantes del mundo nocturno. Se ha visto, como en pocos lugares, a chicos del mismo sexo amarse sin los tabúes de esta sociedad.

A esta universidad por la que me quedan algunas veredas que caminar, ya le agradezco los sinsabores con los que alguna vez me fui con mis ojos empañados: cierto examen deficiente, alguna riña de menor grado o la mirada pérfida de las relaciones interpersonales. Pero también la manera en que he aprendido del mundo y sus obstáculos, y por qué no, de ciencias humanísticas y de la comunicación, a fin de cuentas vivo en tiempos en que estudiar resulta muy fácil por la facilitación de mi sociedad y esto hay que agradecerlo.

Algunos días suelo volver sobre el camino de cuando buscaba ansioso el lugar para mi matrícula en la carrera, hace ya más de tres años, con la convicción de extrañar todas estas etapas tan ricas del estudiantado superior. Por estos y otros andares por los que una vez el Che Guevara proclamó la necesidad de vestirse de negro, de mulato y de pueblo veo pasar la juventud novel sonriente, la mano del profesor repleta de documentos, el estudiante de otros lares, a punto de vivir lo que yo inicié en septiembre de 2009. Entonces recuerdo cuánto extraño mis raíces y la manera en que algún día sentiré la dulce nostalgia de la Marta Abreu.

jueves, 10 de enero de 2013

Había una vez en el Eusebio Olivera (Becas I)


–  Llevo más de 6 años becado entre preuniversitario y educación superior, y no lo puedo creer – la voz sorprendía a mi amigo como absorto por una revelación divina. El resto de quienes escuchábamos atentos, redirigimos una típica charla ocasional, para quedarnos sometidos a una especie de éxtasis reflexivo similar a eso que dicen de los moribundos: Nos pasó toda la beca delante de los ojos.

Ese sitio, a veces necesario para un adolecente cubano, se nos envejecía como un niño crece en las narices de su padre. Preferimos entonces cambiar los debates típicos de la juventud veinteañera – amores, crisis existenciales, chistes de corte social - para vernos transportados  hacia aquellas rondas enteras de 10 meses lejos de casa, impacientes por los efímeros fines de semana, y unas cortas vacaciones que solo nos recordaban cuánto deseábamos el inicio del nuevo curso escolar. Pero, si esto fuese un cuento sobre mi primera beca, el Preuniversitario, comenzaría así:

Por allá por septiembre de 2005, aquel lugar de Sancti Spiritus me parecía una imagen extraída de una película del oeste: la entrada estrecha, “bendecida” por un cartel algo senil, anunciaba lo que casi seguro encontraría a poco más de 500 m de distancia y que se hacía llamar IPVCE Eusebio Olivera Rodríguez. Solo faltaba el buitre. Al entrar, paredes incoloras, viejas masetas carentes de vida vegetal y un silencio atroz, se tornaban en algo así como una broma de mal gusto.

Pero tras el arribo paulatino de las delegaciones municipales, aquella semejanza de Manicomio abandonado devino tal vez, en lo que para mi sería la Nueva Jerusalén. Abrazos de nostalgia, el cuchicheo de cuentos de verano, la satisfacción de ver a los nuevos y grandes amigos de otras localidades relucía en los rostros de mis compañeros mayores, como una experiencia digna de sentir, y que a la vera, yo la encontraría de buena gana.

Para nosotros los principiantes, becarse iba más allá de las fronteras de la “independencia”, resultaba una suerte de libertad condicional, donde “hago lo que quiero sin supervisión paternal”, pero con algunos tapujos. No pocos se iniciaban con algunas lágrimas caseras, porque significaba su primera vez, sí, la primera vez que lavaban, organizaban y trabajan en alguna labor agrícola. Realidad no muy distinta a la de nuestros padres, a quienes poníamos los pelos de punta: Que si el niño necesita ropa, aseo y comida, porque aquellos lugares “no son como la casa”. Y no lo fue, porque a la vuelta de la esquina, regresamos adultos.

Así sucedió conmigo, cuando un día me descubrí crecido alrededor de literas y clóset de madera, y aun así, feliz por tantas experiencias vividas, con las cuales aprendí por qué de vez en cuando conviene darle una mordida al fruto prohibido de Adán y Eva. Y para quien no haya estado becado, no diré que no sabe lo que es la vida, pero ¿quien de mis compañeros no me puede contar su historia con un charquito en el corazón?

Anécdotas existen miles. Los primeros amores de pubertad, algunos de por vida, otros que esporádicos, encontraban sitio en los albergues, las aulas descuidadas e incluso las canchas de básquet, cuando los oficiales de guardias bajaban la vigilia nocturna. De mala guardia venían también las fugas hacia la ciudad, porque el exceso de estudio anunciaba que ya era momento de un poco de adrenalina, o cuando las provisiones de la semana, agotadas, hacían estragos en el estómago (me reservo el tema comedor).

No voy a hablar mucho de los albergues, extensas habitaciones capacitadas para casi 100 personas, donde el sueño resultaba la ultima alternativa nocturna. Conciliarlo se convertía en una dicha para algunos, más común era entablar una buena conversación, algunos chistes e incluso una guerra de zapatos, pomos o almohadas. De vez en cuando se escuchaba en las madrugadas, los pasos a hurtadillas de Guille, Yadiel o Dayron, provenientes de alguna visita a la cama de sus “mejores amigas”.

También existieron las amistades, ah! Las amistades del Pre no tienen comparación, nacen del vínculo prefecto entre inocencia y madurez, y dicen que duran para toda la vida. No por gusto un grupo de amigos nos reunimos cada año, sin importar el rumbo escogido. Recuerdo que en noches de apagón –bastante común por esos años – hacíamos círculos en la plaza principal del Olivera para hablar, reír y cantar al compás de nuestra razón de existir.

La idea de las escuelas becadas, excelente opción propuesta por Fidel Castro en aras de igualar toda aquella masa segmentada que apenas podía llamarse sociedad cubana, dio inicio a un nuevo tipo de cultura dentro de la población. Confieso que no me basto para reflejar las experiencias vividas al inicio del proceso revolucionario cubano, pero los recuerdos de mis generaciones predecesoras me sumergen en una especie de regocijo nostálgico, por aquellas historias que por duras no dejan de ser románticas.

Las realidades cambiaron, y con el nacimiento de esta década, tocó poner fin a casi todos los preuniversitarios becados de Cuba, a excepción de algunos especializados (como el IPVCE). Opción justa, la verdad, pero que cambia el decursar de una tradición cubana, esa de separarse de los padres a determinada edad, e ir a escuelas en el campo, listos para formarnos verdaderos seres humanos (o deformarnos quien sabe). Puedo decir – y ya termino – que sin la beca no hubiera sido este que soy en la actualidad. 

Me voy, no sin antes hablarles del estudio en el preuniversitario, porque aunque no haya querido darle un lugar merecido en este surtidor de nostalgias, fue él quien me llevó a mi siguiente beca, como disparado a un mundo que creía similar y resultó una vida completamente diferente y espectacular: La Universidad. Pero esa es una historia para contar la próxima semana.

jueves, 3 de enero de 2013

¡Feliz fin del mundo!


A los cubanos casi nada nos agobia. Ni un ataque yankee, ni un período especial, ni mucho menos el Apocalipsis. Cuando el almanaque anunciaba la cercanía del 21 de diciembre de 2012, por acá por este pedazo de caimán en el Caribe no hacíamos otra cosa que invocar esa simpatía tan característica de nuestras tierras que Jorge Mañach  indagó como choteo.
Los días, que de tan normales podían dar miedo, no pasaban sin que alguien, aunque fuera una persona, no hiciera referencia al armagedón tan próximo. Y bien, que otra cosa habríamos hecho sino reírnos de los dificultades, pues como dice el refrán, si tus problemas tienes solución para que agobiarnos, y si no la tienen… ¿para que agobiarnos?
Por eso cada cubano hacía su versión personal del final de mundo. Algunos lo invocaban… “yo estaría contenta – decía Anabel, mi compañera de clases – por lo menos si es verdad lo de los mayas no tendré que estudiar Historia del Arte para la prueba de enero. Me convertiría en una partícula contenta”. Otros preferían alzar los brazos en son de indiferencia, y con la naturalidad más desconcertante expresar “eso es mentira”.
Hacia el jueves 20, ya el tema ocupaba los más alto de la opinión pública. Detrás de “Nos vemos el año que viene”, “buen año nuevo”, o “excelentes navidades”, la frase más ocurrente y contradictoria en la faz de la tierra brotaba por los labios cotidianos de Cuba “¡Feliz fin del mundo!” Se oía decir como guarnición de las felicitaciones, o tal vez como mecanismo de defensa para no tomar en serio algo supuestamente grande, o porque la negativa frente a una catástrofe era lo más recomendable para no caer en la absurda paranoia.
Y así fue, los días 21 y 22 de diciembre transcurrieron con normalidad, echando por tierra las tantas teorías desgarradoras que lograron provocar olas de suicido en el mundo y atiborrar los bolsillos de unos poco magnates de los medios de comunicación. Y en nuestra tierra, como regalo de Dios para los fanáticos apocalípticos, fueron las jornadas más hermosas de todo diciembre; el sol radiante y la temperatura de nuestro invierno otoñal, a la sazón de un cielo bien azul perturbado por apenas algunas nubes.
Hoy, cuando el 2012 se despidió junto con el 13 kaktún maya, nos queda, a algunos, la sonrisa dibujada de la falsedad del final, a otros el sinsabor de si por mala ventura alguna remota posibilidad podía llevar a hechos lo que en teoría estaba. De todas formas los cubanos teníamos razón y pasamos un feliz fin del mundo, llenos de la alegría para un 25 de diciembre tradicional, y una despedida sublime para decirle adiós a un 2012 donde, en materia social, significó un paso de grato avance para nuestra realidad.
¡Si todos los fines del mundo son como este, pues espero se repita el próximo diciembre!